Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
Hay derechos que llegan caminando.
Y hay derechos que llegan después de haber atravesado tormentas, puertas cerradas, burlas, silencios y demasiados años de espera.
El voto femenino en la Argentina pertenece a esa segunda categoría.
El 23 de septiembre de 1947 no cayó del cielo. No fue una gentileza del poder ni una concesión de quienes, durante décadas, habían decidido que la mitad de la sociedad podía trabajar, educar, criar, luchar y sostener un país, pero no podía decidir sobre él.
Ese día se promulgó la Ley 13.010.
Y una puerta que había permanecido cerrada durante demasiado tiempo comenzó a abrirse.
No fue una concesión. Fue una conquista.
Detrás de esa ley había décadas de mujeres organizándose, reclamando, escribiendo, militando y enfrentándose a una sociedad que había naturalizado que la política era territorio masculino.
Había nombres conocidos. Y muchos otros que la historia apenas recuerda.
Había mujeres que hablaron en tribunas y mujeres que hablaron en voz baja. Mujeres que escribieron, que marcharon, que discutieron, que insistieron. Mujeres que fueron perseguidas, ridiculizadas o simplemente ignoradas.
Todas empujaron aquella puerta.
Y cuando en 1946 Eva Perón tomó como propia la bandera del sufragio femenino, aquella demanda dejó de ser solamente una reivindicación de algunos sectores para convertirse en una cuestión central de la agenda política nacional.
Evita puso el cuerpo, la voz y la palabra. Y la historia hizo el resto.
El 23 de septiembre de 1947, Juan Domingo Perón promulgó la Ley 13.010, que reconoció a las mujeres argentinas el derecho a votar y a ser elegidas para cargos políticos nacionales.
Pero todavía faltaba atravesar otra frontera.
El 11 de noviembre de 1951, las mujeres votaron por primera vez en una elección nacional.
Aquellas mujeres que durante generaciones habían mirado la política desde la vereda entraron finalmente a la casa de la democracia y llevaron consigo sus nombres, sus historias, sus dolores y sus esperanzas.
Llevaron también una verdad elemental. Si una sociedad tiene mujeres para trabajar, para educar, para criar y para luchar, también debe tener mujeres para decidir.
Por eso reducir aquella conquista a una fecha de calendario es achicar la historia. Porque el voto no fue solamente colocar una boleta dentro de una urna. Fue romper un muro. Fue correr una frontera. Fue decir que la ciudadanía no tiene sexo. Fue arrancarle a la historia una palabra que durante demasiado tiempo había estado escrita solamente en masculino.
Y por eso aquella conquista sigue hablando.
Porque los derechos no son piezas de museo.
No permanecen eternamente a salvo detrás de una vitrina.
Los derechos son como el fuego; es decir que hay que encenderlos, cuidarlos y defenderlos.
Desde un movimiento obrero se sabe; desde una institución social, cultural, deportiva o política, también. Desde un lugar de trabajo ni hablemos y menos que menos desde un hogar.
Ningún derecho importante llegó sin organización. Ninguna conquista profunda fue producto de la generosidad de quienes tenían el poder de concederla.
La jornada laboral, el descanso, las vacaciones, la educación, el voto, la representación política.
Detrás de cada derecho hubo alguien que empujó. Alguien que insistió y alguien que no aceptó el lugar que le habían asignado.
Por eso, 79 años después de aquella ley, recordar no alcanza. Hay que mirar alrededor.
Porque el techo de cristal no desapareció aquella noche de 1947. Algunas mujeres pudieron atravesarlo; pero otras…otras todavía lo encuentran sobre sus cabezas.
Cambian las épocas, cambian los discursos, cambian los obstáculos; pero la vieja tentación de decirle a las mujeres dónde pueden estar, cuánto pueden hablar y hasta dónde pueden llegar sigue apareciendo, algunas veces disfrazada de tradición, otras de superioridad y otras, sencillamente, de miedo.
Pero las mujeres ya aprendieron el camino. Y una vez que alguien aprende que una puerta puede abrirse, resulta mucho más difícil convencerla de que nació para permanecer afuera.
Por aquellas mujeres.
Por las que dieron la batalla cuando nadie les garantizaba la victoria.
Por las que pusieron el cuerpo.
Por las que quedaron en los márgenes de los libros de historia.
Por las mártires y por las silenciosas.
Por las que llegaron a las urnas en 1951.
Por las que después ocuparon bancas, sindicatos, universidades, fábricas, partidos, organizaciones y calles.
Por las que todavía hoy rompen techos de cristal a fuerza de voluntad, organización y coraje.
Y también por las que vendrán.
Porque cada conquista deja una huella y cada huella puede convertirse en camino.
El 23 de septiembre de 1947 no se regaló nada.
Se reconoció, después de décadas de lucha, un derecho que nunca debió haber sido negado.
Por eso la memoria no debe arrodillarse ante la efeméride. Debe ponerse de pie. Debe recordar que hubo mujeres que empujaron la historia cuando la historia les decía que esperaran. Y que cada vez que alguien pretenda convertir un derecho en privilegio, habrá que volver a mirar aquella puerta que se abrió en 1947.
Y recordar.
Recordar que ninguna conquista es eterna si una sociedad deja de defenderla.
Que la democracia necesita voces. Que la igualdad necesita participación. Que la justicia necesita organización. Y que detrás de cada derecho que hoy parece natural hubo, alguna vez, alguien que tuvo que pelear para que dejara de ser imposible.
No fue una concesión. Fue una conquista. Y las conquistas, cuando son verdaderamente del pueblo, no se agradecen. Se defienden.
Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
Hay derechos que llegan caminando.
Y hay derechos que llegan después de haber atravesado tormentas, puertas cerradas, burlas, silencios y demasiados años de espera.
El voto femenino en la Argentina pertenece a esa segunda categoría.
El 23 de septiembre de 1947 no cayó del cielo. No fue una gentileza del poder ni una concesión de quienes, durante décadas, habían decidido que la mitad de la sociedad podía trabajar, educar, criar, luchar y sostener un país, pero no podía decidir sobre él.
Ese día se promulgó la Ley 13.010.
Y una puerta que había permanecido cerrada durante demasiado tiempo comenzó a abrirse.
No fue una concesión. Fue una conquista.
Detrás de esa ley había décadas de mujeres organizándose, reclamando, escribiendo, militando y enfrentándose a una sociedad que había naturalizado que la política era territorio masculino.
Había nombres conocidos. Y muchos otros que la historia apenas recuerda.
Había mujeres que hablaron en tribunas y mujeres que hablaron en voz baja. Mujeres que escribieron, que marcharon, que discutieron, que insistieron. Mujeres que fueron perseguidas, ridiculizadas o simplemente ignoradas.
Todas empujaron aquella puerta.
Y cuando en 1946 Eva Perón tomó como propia la bandera del sufragio femenino, aquella demanda dejó de ser solamente una reivindicación de algunos sectores para convertirse en una cuestión central de la agenda política nacional.
Evita puso el cuerpo, la voz y la palabra. Y la historia hizo el resto.
El 23 de septiembre de 1947, Juan Domingo Perón promulgó la Ley 13.010, que reconoció a las mujeres argentinas el derecho a votar y a ser elegidas para cargos políticos nacionales.
Pero todavía faltaba atravesar otra frontera.
El 11 de noviembre de 1951, las mujeres votaron por primera vez en una elección nacional.
Aquellas mujeres que durante generaciones habían mirado la política desde la vereda entraron finalmente a la casa de la democracia y llevaron consigo sus nombres, sus historias, sus dolores y sus esperanzas.
Llevaron también una verdad elemental. Si una sociedad tiene mujeres para trabajar, para educar, para criar y para luchar, también debe tener mujeres para decidir.
Por eso reducir aquella conquista a una fecha de calendario es achicar la historia. Porque el voto no fue solamente colocar una boleta dentro de una urna. Fue romper un muro. Fue correr una frontera. Fue decir que la ciudadanía no tiene sexo. Fue arrancarle a la historia una palabra que durante demasiado tiempo había estado escrita solamente en masculino.
Y por eso aquella conquista sigue hablando.
Porque los derechos no son piezas de museo.
No permanecen eternamente a salvo detrás de una vitrina.
Los derechos son como el fuego; es decir que hay que encenderlos, cuidarlos y defenderlos.
Desde un movimiento obrero se sabe; desde una institución social, cultural, deportiva o política, también. Desde un lugar de trabajo ni hablemos y menos que menos desde un hogar.
Ningún derecho importante llegó sin organización. Ninguna conquista profunda fue producto de la generosidad de quienes tenían el poder de concederla.
La jornada laboral, el descanso, las vacaciones, la educación, el voto, la representación política.
Detrás de cada derecho hubo alguien que empujó. Alguien que insistió y alguien que no aceptó el lugar que le habían asignado.
Por eso, 79 años después de aquella ley, recordar no alcanza. Hay que mirar alrededor.
Porque el techo de cristal no desapareció aquella noche de 1947. Algunas mujeres pudieron atravesarlo; pero otras…otras todavía lo encuentran sobre sus cabezas.
Cambian las épocas, cambian los discursos, cambian los obstáculos; pero la vieja tentación de decirle a las mujeres dónde pueden estar, cuánto pueden hablar y hasta dónde pueden llegar sigue apareciendo, algunas veces disfrazada de tradición, otras de superioridad y otras, sencillamente, de miedo.
Pero las mujeres ya aprendieron el camino. Y una vez que alguien aprende que una puerta puede abrirse, resulta mucho más difícil convencerla de que nació para permanecer afuera.
Por aquellas mujeres.
Por las que dieron la batalla cuando nadie les garantizaba la victoria.
Por las que pusieron el cuerpo.
Por las que quedaron en los márgenes de los libros de historia.
Por las mártires y por las silenciosas.
Por las que llegaron a las urnas en 1951.
Por las que después ocuparon bancas, sindicatos, universidades, fábricas, partidos, organizaciones y calles.
Por las que todavía hoy rompen techos de cristal a fuerza de voluntad, organización y coraje.
Y también por las que vendrán.
Porque cada conquista deja una huella y cada huella puede convertirse en camino.
El 23 de septiembre de 1947 no se regaló nada.
Se reconoció, después de décadas de lucha, un derecho que nunca debió haber sido negado.
Por eso la memoria no debe arrodillarse ante la efeméride. Debe ponerse de pie. Debe recordar que hubo mujeres que empujaron la historia cuando la historia les decía que esperaran. Y que cada vez que alguien pretenda convertir un derecho en privilegio, habrá que volver a mirar aquella puerta que se abrió en 1947.
Y recordar.
Recordar que ninguna conquista es eterna si una sociedad deja de defenderla.
Que la democracia necesita voces. Que la igualdad necesita participación. Que la justicia necesita organización. Y que detrás de cada derecho que hoy parece natural hubo, alguna vez, alguien que tuvo que pelear para que dejara de ser imposible.
No fue una concesión. Fue una conquista. Y las conquistas, cuando son verdaderamente del pueblo, no se agradecen. Se defienden.