“De la punta de un lápiz pueden nacer mundos”

Liliana Ostrovsky, es una alquimista del lápiz. Desde pequeña se dedicó al dibujo. Nació en Comodoro Rivadavia, recorrió el mundo durante 22 años haciendo caricaturas y hoy combina sus ilustraciones con música.


11 OCT 2026 - 17:33 | Actualizado 11 OCT 2026 - 18:05

La historia de Liliana Ostrovsky es la de una mujer que nunca dejó de emocionarse frente a una hoja en blanco y que, en tiempos de inteligencia artificial, sigue creyendo en la magia de crear con las manos. No es un aplauso, una exposición ni el reconocimiento de quienes admiran sus dibujos. Es algo mucho más sencillo: el instante en que la punta de un lápiz toca una hoja de papel y comienza a aparecer una imagen que, hasta ese momento, solamente existía en su imaginación.

Después de tantos años, de miles de rostros dibujados, de viajes y experiencias, esa sensación permanece intacta en Liliana Ostrovsky. Antes que una profesión, el dibujo fue un lugar donde sentirse cómoda. Un espacio propio, íntimo, donde podía expresarse con libertad y encontrar una manera de relacionarse con el mundo.

"Mi dibujo, desde los comienzos, siempre fue mi forma de comunicarme, el lugar donde me sentía más cómoda", recuerda.La niña que encontraba respuestas en un papel sigue estando presente en cada trabajo que realiza. "Después empecé a estudiar, se transformó en una herramienta de trabajo y hasta hoy lo sigue siendo, pero para mí es mi pasión, antes que nada", asegura.


Un lápiz por el mundo

Liliana nació en Comodoro Rivadavia, aunque su historia artística la llevó mucho más allá de los paisajes patagónicos. Durante 22 años viajó realizando caricaturas en vivo, una experiencia que cambió su manera de entender el dibujo y también su propia vida.

Una persona se sentaba frente a ella y, en cuestión de minutos, aparecía su rostro sobre el papel. A veces una sonrisa, otras una expresión de sorpresa. En ese pequeño encuentro entre la artista y quien se dejaba retratar ocurría algo que iba mucho más allá de una caricatura.

"Para mí, la caricatura en vivo fue lo que marcó un quiebre en mi carrera, porque me di cuenta de que a la gente le gustaba lo que hacía en vivo", cuenta.

Aquella revelación terminó abriéndole las puertas a un recorrido de más de dos décadas. Viajó, conoció otras culturas y se encontró con personas que hablaban idiomas diferentes al suyo. Y allí descubrió algo que quizás siempre había sabido: para comunicarse no necesariamente hacen falta palabras.

"Me permitió viajar y conocer otra cultura, y estar 22 años viajando sin saber otra lengua extranjera. Realmente, la caricatura en vivo es algo muy maravilloso", expresa.

Su lápiz se convirtió en una especie de pasaporte. Una herramienta capaz de acercarla a personas desconocidas y generar una conexión a partir de algo tan simple como un dibujo.



La música empezó a tener colores y formas

Después de tantos caminos recorridos, Comodoro volvió a ser escenario de una nueva etapa de su vida artística. Esta vez, el desafío no consistía en dibujar un rostro, sino en intentar algo diferente: darle imágenes a una canción.

La idea nació cuando coincidió con una cantante que también había llegado recientemente a la ciudad. Ambas buscaban abrir un espacio de trabajo distinto, una propuesta que pudiera unir disciplinas y ofrecer algo nuevo.

Mientras los músicos interpretan una canción, ella dibuja. Las melodías avanzan y las líneas comienzan a encontrar su lugar sobre el papel. Al principio fue una manera de diferenciarse. Después ocurrió algo que ninguna había imaginado: la emoción de quienes presenciaban aquella combinación de lenguajes.

"Fuimos encontrándonos con la repercusión, la emoción que tiene la gente cuando nos ve. Hay algo muy bonito que no esperábamos", reconoce.

Ostrovsky ha visto cambiar el mundo. Vivió tiempos en los que dibujar significaba sentarse frente a una hoja y dedicarle horas a una imagen. Hoy observa cómo la tecnología permite producir ilustraciones en apenas segundos.

No desconoce esos avances, pero hay algo que le preocupa: que las nuevas generaciones pierdan la oportunidad de descubrir lo que se siente al crear algo por sí mismas.Sin embargo, también encuentra una esperanza en medio de tantas pantallas.

"Pienso que se está revalorizando lo que se hace a mano, porque la gente ya está saturada de inteligencia artificial. El trabajo hecho a mano y la experiencia de dibujar, ensuciarse las manos, todo lo que vas viviendo cuando querés dibujar o pintar. Es una cosa que no te la da nadie, es única", sostiene.

Y lo dice con una convicción que parece nacida de toda una vida dedicada al arte: "Eso no va a morir nunca". Como profesora, intenta transmitir esa misma pasión a sus alumnos. No solamente enseñarles a dibujar mejor, sino ayudarlos a descubrir que cada línea puede convertirse en una manera de decir algo, de compartir un sentimiento o de encontrar una voz propia.

"Si pudiera dibujar algo ya, dibujaría un abrazo”, propone."Me gusta hacer algo que transmita el amor, lo que es bueno, porque estamos bombardeados de cosas feas todos los días".

Desde su esencia, comprendió que lo más importante no siempre es aquello que se puede mostrar, sino lo que se logra despertar en los demás.
"A mí me conmueve el trazo que sale del lápiz. Hasta ahora, para mí es algo mágico, porque es increíble que de la punta del lápiz salgan mundos y puedas transmitir un montón de cosas", confiesa.




11 OCT 2026 - 17:33

La historia de Liliana Ostrovsky es la de una mujer que nunca dejó de emocionarse frente a una hoja en blanco y que, en tiempos de inteligencia artificial, sigue creyendo en la magia de crear con las manos. No es un aplauso, una exposición ni el reconocimiento de quienes admiran sus dibujos. Es algo mucho más sencillo: el instante en que la punta de un lápiz toca una hoja de papel y comienza a aparecer una imagen que, hasta ese momento, solamente existía en su imaginación.

Después de tantos años, de miles de rostros dibujados, de viajes y experiencias, esa sensación permanece intacta en Liliana Ostrovsky. Antes que una profesión, el dibujo fue un lugar donde sentirse cómoda. Un espacio propio, íntimo, donde podía expresarse con libertad y encontrar una manera de relacionarse con el mundo.

"Mi dibujo, desde los comienzos, siempre fue mi forma de comunicarme, el lugar donde me sentía más cómoda", recuerda.La niña que encontraba respuestas en un papel sigue estando presente en cada trabajo que realiza. "Después empecé a estudiar, se transformó en una herramienta de trabajo y hasta hoy lo sigue siendo, pero para mí es mi pasión, antes que nada", asegura.


Un lápiz por el mundo

Liliana nació en Comodoro Rivadavia, aunque su historia artística la llevó mucho más allá de los paisajes patagónicos. Durante 22 años viajó realizando caricaturas en vivo, una experiencia que cambió su manera de entender el dibujo y también su propia vida.

Una persona se sentaba frente a ella y, en cuestión de minutos, aparecía su rostro sobre el papel. A veces una sonrisa, otras una expresión de sorpresa. En ese pequeño encuentro entre la artista y quien se dejaba retratar ocurría algo que iba mucho más allá de una caricatura.

"Para mí, la caricatura en vivo fue lo que marcó un quiebre en mi carrera, porque me di cuenta de que a la gente le gustaba lo que hacía en vivo", cuenta.

Aquella revelación terminó abriéndole las puertas a un recorrido de más de dos décadas. Viajó, conoció otras culturas y se encontró con personas que hablaban idiomas diferentes al suyo. Y allí descubrió algo que quizás siempre había sabido: para comunicarse no necesariamente hacen falta palabras.

"Me permitió viajar y conocer otra cultura, y estar 22 años viajando sin saber otra lengua extranjera. Realmente, la caricatura en vivo es algo muy maravilloso", expresa.

Su lápiz se convirtió en una especie de pasaporte. Una herramienta capaz de acercarla a personas desconocidas y generar una conexión a partir de algo tan simple como un dibujo.



La música empezó a tener colores y formas

Después de tantos caminos recorridos, Comodoro volvió a ser escenario de una nueva etapa de su vida artística. Esta vez, el desafío no consistía en dibujar un rostro, sino en intentar algo diferente: darle imágenes a una canción.

La idea nació cuando coincidió con una cantante que también había llegado recientemente a la ciudad. Ambas buscaban abrir un espacio de trabajo distinto, una propuesta que pudiera unir disciplinas y ofrecer algo nuevo.

Mientras los músicos interpretan una canción, ella dibuja. Las melodías avanzan y las líneas comienzan a encontrar su lugar sobre el papel. Al principio fue una manera de diferenciarse. Después ocurrió algo que ninguna había imaginado: la emoción de quienes presenciaban aquella combinación de lenguajes.

"Fuimos encontrándonos con la repercusión, la emoción que tiene la gente cuando nos ve. Hay algo muy bonito que no esperábamos", reconoce.

Ostrovsky ha visto cambiar el mundo. Vivió tiempos en los que dibujar significaba sentarse frente a una hoja y dedicarle horas a una imagen. Hoy observa cómo la tecnología permite producir ilustraciones en apenas segundos.

No desconoce esos avances, pero hay algo que le preocupa: que las nuevas generaciones pierdan la oportunidad de descubrir lo que se siente al crear algo por sí mismas.Sin embargo, también encuentra una esperanza en medio de tantas pantallas.

"Pienso que se está revalorizando lo que se hace a mano, porque la gente ya está saturada de inteligencia artificial. El trabajo hecho a mano y la experiencia de dibujar, ensuciarse las manos, todo lo que vas viviendo cuando querés dibujar o pintar. Es una cosa que no te la da nadie, es única", sostiene.

Y lo dice con una convicción que parece nacida de toda una vida dedicada al arte: "Eso no va a morir nunca". Como profesora, intenta transmitir esa misma pasión a sus alumnos. No solamente enseñarles a dibujar mejor, sino ayudarlos a descubrir que cada línea puede convertirse en una manera de decir algo, de compartir un sentimiento o de encontrar una voz propia.

"Si pudiera dibujar algo ya, dibujaría un abrazo”, propone."Me gusta hacer algo que transmita el amor, lo que es bueno, porque estamos bombardeados de cosas feas todos los días".

Desde su esencia, comprendió que lo más importante no siempre es aquello que se puede mostrar, sino lo que se logra despertar en los demás.
"A mí me conmueve el trazo que sale del lápiz. Hasta ahora, para mí es algo mágico, porque es increíble que de la punta del lápiz salgan mundos y puedas transmitir un montón de cosas", confiesa.