17 de octubre de 1945 – 17 de octubre de 2026
El 17 de octubre de 1945, los trabajadores fueron a buscar a Perón. Salieron de las fábricas y de los barrios, cruzaron los puentes y llegaron a una Plaza que el poder creía reservada para otros. Habían sostenido siempre al país con sus manos. Aquel día decidieron que también iban a decidir su destino.
Eso fue lo que la oligarquía argentina nunca les perdonó.
Necesitaba su trabajo. Le molestaba su voz. Le molestaba que reclamaran un salario justo, descanso, organización y participación en la riqueza que producían. Le molestaba la igualdad porque la igualdad obliga a compartir el poder.
En aquellos años se consolidaron conquistas que transformaron la vida cotidiana: el aguinaldo, la ampliación de las vacaciones pagas, la protección frente al despido y los convenios colectivos. Con el impulso de Eva Perón y de generaciones de mujeres que habían luchado por ese derecho, llegó el voto femenino. También se proclamaron los Derechos de la Ancianidad. La justicia social empezó a sentirse en la mesa familiar, en el descanso, en la posibilidad de hacerse escuchar y en la dignidad de una vejez protegida.
A la oligarquía también le molestó la soberanía. Porque un pueblo organizado pregunta quién controla la energía, quién dispone de la tierra y quién se beneficia con nuestros recursos. En la Patagonia, esas preguntas tienen nombre propio: pueblos que producen riqueza y siguen esperando infraestructura, trabajo y posibilidades de desarrollo.
Pasaron ochenta y un años. El movimiento obrero amplió derechos y resistió la proscripción, la persecución, la dictadura, las privatizaciones y el desempleo. También debe mirar de frente a quienes quedaron afuera: trabajadores sin registrar, jóvenes sin convenio y jubilados que no pueden vivir con dignidad. Ellos son parte de la responsabilidad que asumimos cada vez que invocamos aquel 17 de octubre.
Hoy, para cierta derecha argentina, la violencia empieza cuando el trabajador levanta la voz. Mientras pierde salario, teme un despido o hace cuentas para comprar un medicamento, todo parece estar en orden. El problema aparece cuando protesta. Les molesta más el grito del que sufre que la decisión que lo hizo sufrir.
Todavía estamos esperando los “brotes verdes” que prometía Mauricio Macri. Mientras se le pedía paciencia al pueblo, Luis Caputo ocupaba un lugar central en la política de endeudamiento de aquel gobierno. Las promesas se fueron; las obligaciones quedaron. Y cuando llegó la hora de afrontar las consecuencias, volvieron a pedir sacrificios a quienes viven de un sueldo o una jubilación.
Hoy Caputo vuelve a conducir la economía, junto a Javier Milei. Vuelven a pedir que se resignen protecciones laborales en nombre de un bienestar futuro. El trabajador debe esperar para cobrar mejor. El jubilado debe esperar para vivir mejor. Los pueblos deben esperar para recibir lo que necesitan. La deuda, en cambio, nunca espera.
Esa es la continuidad que señalamos. Cambian los discursos, pero el sacrificio vuelve a encontrar siempre la misma puerta.
Cuando las cuentas no cierran, discuten el costo de una jubilación, de un salario o de un derecho. Que expliquen también cómo se supone que debe cerrar la vida de la familia que depende de ellos.
Mientras al pueblo le exigen ajustarse, la tierra, la energía y los recursos quedan cada vez más expuestos a decisiones que privilegian el negocio sobre las necesidades de las comunidades. Desde la Patagonia sabemos lo que está en juego. No queremos vivir como extraños en los lugares que ayudamos a construir. Queremos que la riqueza de nuestra tierra sostenga el futuro de nuestros hijos.
Por eso les incomodan los sindicatos. Donde quisieran encontrar a un trabajador aislado, encuentran compañeros organizados. Podrán discutir nuestras medidas y exigirnos respuestas. Nosotros también tenemos la obligación de darlas. Pero nadie puede pedirle silencio al movimiento obrero mientras se debilitan los derechos que hicieron posible una vida mejor para millones de argentinos.
Aquel 17 de octubre, los trabajadores llevaban el cansancio de la fábrica, las preocupaciones de la casa y una esperanza que, al encontrarse con otras, se volvió multitud. Llegaron con sus nombres, sus oficios, sus hijos. Y sintieron que la Argentina también les pertenecía.
De esa historia venimos. De hombres y mujeres que aprendieron a reconocerse como compañeros y a cuidar lo conquistado para que sus hijos no tuvieran que empezar siempre de nuevo.
La lealtad vive en ese cuidado. En no dejar solo al compañero cuando pierde el trabajo. En escuchar al jubilado que necesita ayuda.
En defender la tierra donde nuestros hijos quieren quedarse. En recordar, cuando llega una decisión difícil, a quiénes nos debemos.
Este 17 de octubre, que la memoria nos acerque. Que podamos mirarnos y reconocer todavía aquella esperanza, incluso bajo el cansancio y las heridas de estos años.
Porque mientras haya un compañero dispuesto a tenderle la mano a otro, aquel pueblo que llegó a la Plaza seguirá encontrando el camino.
Por Sindicato Regional de Luz y Fuerza de la Patagonia
Héctor Rubén González – Secretario General
Juan Domingo Espinoza – Secretario General Adjunto

17 de octubre de 1945 – 17 de octubre de 2026
El 17 de octubre de 1945, los trabajadores fueron a buscar a Perón. Salieron de las fábricas y de los barrios, cruzaron los puentes y llegaron a una Plaza que el poder creía reservada para otros. Habían sostenido siempre al país con sus manos. Aquel día decidieron que también iban a decidir su destino.
Eso fue lo que la oligarquía argentina nunca les perdonó.
Necesitaba su trabajo. Le molestaba su voz. Le molestaba que reclamaran un salario justo, descanso, organización y participación en la riqueza que producían. Le molestaba la igualdad porque la igualdad obliga a compartir el poder.
En aquellos años se consolidaron conquistas que transformaron la vida cotidiana: el aguinaldo, la ampliación de las vacaciones pagas, la protección frente al despido y los convenios colectivos. Con el impulso de Eva Perón y de generaciones de mujeres que habían luchado por ese derecho, llegó el voto femenino. También se proclamaron los Derechos de la Ancianidad. La justicia social empezó a sentirse en la mesa familiar, en el descanso, en la posibilidad de hacerse escuchar y en la dignidad de una vejez protegida.
A la oligarquía también le molestó la soberanía. Porque un pueblo organizado pregunta quién controla la energía, quién dispone de la tierra y quién se beneficia con nuestros recursos. En la Patagonia, esas preguntas tienen nombre propio: pueblos que producen riqueza y siguen esperando infraestructura, trabajo y posibilidades de desarrollo.
Pasaron ochenta y un años. El movimiento obrero amplió derechos y resistió la proscripción, la persecución, la dictadura, las privatizaciones y el desempleo. También debe mirar de frente a quienes quedaron afuera: trabajadores sin registrar, jóvenes sin convenio y jubilados que no pueden vivir con dignidad. Ellos son parte de la responsabilidad que asumimos cada vez que invocamos aquel 17 de octubre.
Hoy, para cierta derecha argentina, la violencia empieza cuando el trabajador levanta la voz. Mientras pierde salario, teme un despido o hace cuentas para comprar un medicamento, todo parece estar en orden. El problema aparece cuando protesta. Les molesta más el grito del que sufre que la decisión que lo hizo sufrir.
Todavía estamos esperando los “brotes verdes” que prometía Mauricio Macri. Mientras se le pedía paciencia al pueblo, Luis Caputo ocupaba un lugar central en la política de endeudamiento de aquel gobierno. Las promesas se fueron; las obligaciones quedaron. Y cuando llegó la hora de afrontar las consecuencias, volvieron a pedir sacrificios a quienes viven de un sueldo o una jubilación.
Hoy Caputo vuelve a conducir la economía, junto a Javier Milei. Vuelven a pedir que se resignen protecciones laborales en nombre de un bienestar futuro. El trabajador debe esperar para cobrar mejor. El jubilado debe esperar para vivir mejor. Los pueblos deben esperar para recibir lo que necesitan. La deuda, en cambio, nunca espera.
Esa es la continuidad que señalamos. Cambian los discursos, pero el sacrificio vuelve a encontrar siempre la misma puerta.
Cuando las cuentas no cierran, discuten el costo de una jubilación, de un salario o de un derecho. Que expliquen también cómo se supone que debe cerrar la vida de la familia que depende de ellos.
Mientras al pueblo le exigen ajustarse, la tierra, la energía y los recursos quedan cada vez más expuestos a decisiones que privilegian el negocio sobre las necesidades de las comunidades. Desde la Patagonia sabemos lo que está en juego. No queremos vivir como extraños en los lugares que ayudamos a construir. Queremos que la riqueza de nuestra tierra sostenga el futuro de nuestros hijos.
Por eso les incomodan los sindicatos. Donde quisieran encontrar a un trabajador aislado, encuentran compañeros organizados. Podrán discutir nuestras medidas y exigirnos respuestas. Nosotros también tenemos la obligación de darlas. Pero nadie puede pedirle silencio al movimiento obrero mientras se debilitan los derechos que hicieron posible una vida mejor para millones de argentinos.
Aquel 17 de octubre, los trabajadores llevaban el cansancio de la fábrica, las preocupaciones de la casa y una esperanza que, al encontrarse con otras, se volvió multitud. Llegaron con sus nombres, sus oficios, sus hijos. Y sintieron que la Argentina también les pertenecía.
De esa historia venimos. De hombres y mujeres que aprendieron a reconocerse como compañeros y a cuidar lo conquistado para que sus hijos no tuvieran que empezar siempre de nuevo.
La lealtad vive en ese cuidado. En no dejar solo al compañero cuando pierde el trabajo. En escuchar al jubilado que necesita ayuda.
En defender la tierra donde nuestros hijos quieren quedarse. En recordar, cuando llega una decisión difícil, a quiénes nos debemos.
Este 17 de octubre, que la memoria nos acerque. Que podamos mirarnos y reconocer todavía aquella esperanza, incluso bajo el cansancio y las heridas de estos años.
Porque mientras haya un compañero dispuesto a tenderle la mano a otro, aquel pueblo que llegó a la Plaza seguirá encontrando el camino.
Por Sindicato Regional de Luz y Fuerza de la Patagonia
Héctor Rubén González – Secretario General
Juan Domingo Espinoza – Secretario General Adjunto
