En Mudas, la poeta y periodista Flor Codagnone se exige a sí misma un ejercicio singular, capaz de hacer resonar las palabras como si fueran cascabeles en una travesía por su cuerpo y el de sus interlocutores hasta lograr un paso, de la angustia a la desnudez, como señal y condición de una feminidad susceptible a la mudez, los malentendidos y las pérdidas.
El libro, publicado por el sello Pánico El Pánico, compone una serie de poemas que sin dar explicaciones sueldan esa suerte de viaje sin mayor énfasis, de modo nada aparatoso sino más bien despojado.
Codagnone nació en Buenos Aires en 1982; es licenciada en Periodismo por la Universidad del Salvador, traductora y reportera free lance para diversos medios.
- Decías en una de tus intervenciones en Hablemos de angustias, de Florencia Fracas y Nicolás Cerruti, que cuando intentás explicar algo del orden poético, aparecen las palabras de otro. ¿Por eso Mudas?
- Lo que intenté decir en Hablemos de angustias es que cuando quiero hablar de mí (y eso involucra a la poesía) suelen aparecer las palabras del otro.
Creo que el Otro me interesa, sobre todo, desde sus palabras, con palabras me atraviesa y en eso hay un doble filo.
El modo en que escucho y me vinculo con el Otro hace que en algunos casos me pierda. En la poesía, sin embargo, estoy yo. Nada me es más propio ni se escucha tan íntimo. Con ella digo, me digo.
Mudas juega con la polisemia que permite la palabra: las mudanzas, el anidamiento, el cambio -de piel, de voz, de un lugar a otro, de ropas-, y también implica el enmudecimiento, pero no se trata sólo enmudecer la voz propia sino también de hacer callar al otro.
El título, además, es femenino y plural y creo que en eso hay una clave.
- Si leés una vez, otra vez, los textos hablan, pero muchos parecen estar atravesados por la angustia, incluso los que podríamos llamar de amor; ni hablar de los llamados de sexo. ¿Esto es así? ¿Por qué?
- Pienso que el amor y la sexualidad están atravesados por la angustia. No se puede construir una intimidad sin angustia; más aún: no se puede construir una mujer.
La angustia interviene, resuena, hace presente algo (un cuerpo, por ejemplo) y, en algunos casos, también permite que pasen cosas distintas.
Es cierto, en la angustia no hay palabras, pero la poesía puede hacer que hable. En ese sentido, tu lectura es correcta, algo de eso atraviesa Mudas. La angustia de un cuerpo de mujer que duele por su condición femenina, que concibe y pierde, que sangra, que ama y es amada, que se construye de a poco, que dice desde la mudez.
- Y ¿cómo habla esa dispersión de mudas? ¿O a quién hablan?
- Una de las primeras cosas que me marcó Luciano Lutereau, editor de Pánico el Pánico, fue la potencia de mi interpelación al otro. Sería muy fácil decir que los poemas hablan a un hombre o a varios hombres, pero también sería una lectura simplista y equivocada.
Aunque hay un yo poético femenino que se dirige, en mayor parte, a un otro masculino, el interlocutor de Mudas es mucho más abarcativo. Creo que algo de eso se juega desde la dedicatoria. El libro está dedicado a un hombre, Salvador, pero también a todos los que en su nombre saben escuchar aquello que escribo.
Más allá del juego y la intención que proponen ese nombre y esa dedicatoria, son muy interesantes las lecturas que recibo de hombres y de mujeres. Se trata de experiencias de lecturas muy interesantes y radicalmente distintas.
- Es extraño leer una colección de poemas escritos por una mujer (inteligente) que antes que quejarse, prefiera ir despojada. Es un libro despojado. ¿Cómo lo fuiste trabajando?
- La verdad es que se fue escribiendo solo, sin demasiado trabajo, como si hubiera escupido, vomitado, expulsado a los poemas.
Tal vez ahí haya algo de ese despojo del que hablás. En el sentido del desnudo, de quitarse el velo, el vestido, y aparecer frente al mundo desnuda, como mujer, sin más que un puñado de poemas, casi ofreciendo un trozo de la intimidad.
El ilustrador de la tapa, Juan Rux, supo leerme muy bien. Despojó a la mujer de ropas y enmarcó la mirada, algo que resulta clave en mis poemas y en mi vida.
- En tus poemas, hay algo muy discreto, tenue, frágil, quebradizo. ¿Creés que las cosas son tan quebradizas, como a veces puede ser la voz?
- Creo que la vida es frágil y la experiencia vital que, en algún punto, marcó Mudas (un embarazo ectópico que me tuvo grave en la cama de una clínica), me hizo sentir esa fragilidaden el cuerpo, en la sangre.
- ¿Y qué escritores te interesan?
- Me interesan las autoras que transitan su feminidad, sus neurosis, sus fantasmas: Louise Bourgeois, Patti Smith, Alejandra Pizarnik, Silvia Plath, Anne Sexton, Susana Thénon... También, los que con la palabra pueden sacudir un poco el malestar de la cultura, interpelarla, los que hacen algo con su subjetividad, con su generación, con la ficción, con la música: Weldon Kees, Frank O´Hara, Julio Cortázar, Héctor Viel Temperley, Juan José Saer, Jacobo Fijman, Acho Estol, Allen Ginsberg, Sergio Pujol, Luis Alberto Spinetta, Sigmund Freud, Manuel Moretti, Fernando Cabrera…
- Te interesa el rock, o cierto rock, y además traducís. ¿Cuál es la diferencia entre la letra de una canción (de Dylan, Cohen, Tom Verlaine, Patti Smith) a la de un poema?
- Tal vez la única diferencia sea que la letra debe supeditarse a una música, algo que no resulta excluyente para el poema. Sin embargo, si uno bucea en mis influencias, entre los escritores que nombro hay músicos y letristas. Se puede hacer y escribir.
En Mudas, la poeta y periodista Flor Codagnone se exige a sí misma un ejercicio singular, capaz de hacer resonar las palabras como si fueran cascabeles en una travesía por su cuerpo y el de sus interlocutores hasta lograr un paso, de la angustia a la desnudez, como señal y condición de una feminidad susceptible a la mudez, los malentendidos y las pérdidas.
El libro, publicado por el sello Pánico El Pánico, compone una serie de poemas que sin dar explicaciones sueldan esa suerte de viaje sin mayor énfasis, de modo nada aparatoso sino más bien despojado.
Codagnone nació en Buenos Aires en 1982; es licenciada en Periodismo por la Universidad del Salvador, traductora y reportera free lance para diversos medios.
- Decías en una de tus intervenciones en Hablemos de angustias, de Florencia Fracas y Nicolás Cerruti, que cuando intentás explicar algo del orden poético, aparecen las palabras de otro. ¿Por eso Mudas?
- Lo que intenté decir en Hablemos de angustias es que cuando quiero hablar de mí (y eso involucra a la poesía) suelen aparecer las palabras del otro.
Creo que el Otro me interesa, sobre todo, desde sus palabras, con palabras me atraviesa y en eso hay un doble filo.
El modo en que escucho y me vinculo con el Otro hace que en algunos casos me pierda. En la poesía, sin embargo, estoy yo. Nada me es más propio ni se escucha tan íntimo. Con ella digo, me digo.
Mudas juega con la polisemia que permite la palabra: las mudanzas, el anidamiento, el cambio -de piel, de voz, de un lugar a otro, de ropas-, y también implica el enmudecimiento, pero no se trata sólo enmudecer la voz propia sino también de hacer callar al otro.
El título, además, es femenino y plural y creo que en eso hay una clave.
- Si leés una vez, otra vez, los textos hablan, pero muchos parecen estar atravesados por la angustia, incluso los que podríamos llamar de amor; ni hablar de los llamados de sexo. ¿Esto es así? ¿Por qué?
- Pienso que el amor y la sexualidad están atravesados por la angustia. No se puede construir una intimidad sin angustia; más aún: no se puede construir una mujer.
La angustia interviene, resuena, hace presente algo (un cuerpo, por ejemplo) y, en algunos casos, también permite que pasen cosas distintas.
Es cierto, en la angustia no hay palabras, pero la poesía puede hacer que hable. En ese sentido, tu lectura es correcta, algo de eso atraviesa Mudas. La angustia de un cuerpo de mujer que duele por su condición femenina, que concibe y pierde, que sangra, que ama y es amada, que se construye de a poco, que dice desde la mudez.
- Y ¿cómo habla esa dispersión de mudas? ¿O a quién hablan?
- Una de las primeras cosas que me marcó Luciano Lutereau, editor de Pánico el Pánico, fue la potencia de mi interpelación al otro. Sería muy fácil decir que los poemas hablan a un hombre o a varios hombres, pero también sería una lectura simplista y equivocada.
Aunque hay un yo poético femenino que se dirige, en mayor parte, a un otro masculino, el interlocutor de Mudas es mucho más abarcativo. Creo que algo de eso se juega desde la dedicatoria. El libro está dedicado a un hombre, Salvador, pero también a todos los que en su nombre saben escuchar aquello que escribo.
Más allá del juego y la intención que proponen ese nombre y esa dedicatoria, son muy interesantes las lecturas que recibo de hombres y de mujeres. Se trata de experiencias de lecturas muy interesantes y radicalmente distintas.
- Es extraño leer una colección de poemas escritos por una mujer (inteligente) que antes que quejarse, prefiera ir despojada. Es un libro despojado. ¿Cómo lo fuiste trabajando?
- La verdad es que se fue escribiendo solo, sin demasiado trabajo, como si hubiera escupido, vomitado, expulsado a los poemas.
Tal vez ahí haya algo de ese despojo del que hablás. En el sentido del desnudo, de quitarse el velo, el vestido, y aparecer frente al mundo desnuda, como mujer, sin más que un puñado de poemas, casi ofreciendo un trozo de la intimidad.
El ilustrador de la tapa, Juan Rux, supo leerme muy bien. Despojó a la mujer de ropas y enmarcó la mirada, algo que resulta clave en mis poemas y en mi vida.
- En tus poemas, hay algo muy discreto, tenue, frágil, quebradizo. ¿Creés que las cosas son tan quebradizas, como a veces puede ser la voz?
- Creo que la vida es frágil y la experiencia vital que, en algún punto, marcó Mudas (un embarazo ectópico que me tuvo grave en la cama de una clínica), me hizo sentir esa fragilidaden el cuerpo, en la sangre.
- ¿Y qué escritores te interesan?
- Me interesan las autoras que transitan su feminidad, sus neurosis, sus fantasmas: Louise Bourgeois, Patti Smith, Alejandra Pizarnik, Silvia Plath, Anne Sexton, Susana Thénon... También, los que con la palabra pueden sacudir un poco el malestar de la cultura, interpelarla, los que hacen algo con su subjetividad, con su generación, con la ficción, con la música: Weldon Kees, Frank O´Hara, Julio Cortázar, Héctor Viel Temperley, Juan José Saer, Jacobo Fijman, Acho Estol, Allen Ginsberg, Sergio Pujol, Luis Alberto Spinetta, Sigmund Freud, Manuel Moretti, Fernando Cabrera…
- Te interesa el rock, o cierto rock, y además traducís. ¿Cuál es la diferencia entre la letra de una canción (de Dylan, Cohen, Tom Verlaine, Patti Smith) a la de un poema?
- Tal vez la única diferencia sea que la letra debe supeditarse a una música, algo que no resulta excluyente para el poema. Sin embargo, si uno bucea en mis influencias, entre los escritores que nombro hay músicos y letristas. Se puede hacer y escribir.