Antorcha en mano, rayo en pecho

El 21 de enero de 1961, nació el Sindicato Regional de Luz y Fuerza de la Patagonia. Pasaron más de seis décadas y continúa, con la identidad como trinchera.

Héctor González y Juan Espinoza, de frente a delegados y afiliados.
20 ENE 2026 - 18:03 | Actualizado 21 ENE 2026 - 0:10

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Hace sesenta y cinco años no nació un sindicato. Se encendió una hoguera.

Un 21 de enero de 1961, en el confín del país y contra el viento, nació el Sindicato Regional de Luz y Fuerza de la Patagonia. No pidió permiso. No esperó condiciones ideales.

Gritó porque era invisible y caminó porque quedarse quieto era desaparecer. Nació en un país cercado por proscripciones, persecuciones, despidos y cárceles; un país donde el salario estaba congelado y la dignidad en disputa.

Y aun así, eligió existir.

Eligió la identidad como trinchera.

Desde entonces, Luz y Fuerza es eso: una voz que no se resigna al silencio, una mano que busca otra mano cuando todo parece apagarse, un relámpago que cruza la noche para recordar que la oscuridad no es destino, sino desafío. No es solo una organización gremial; es una forma de estar en el mundo. Un testimonio de resistencia humana, colectiva, obstinada.

Los primeros pasos fueron de barro y coraje. Sábados y domingos robados a la familia para recorrer una geografía inmensa, desvelos donde las soluciones amanecían a fuerza de insistencia, proyectos de país soñados en mesas humildes pero con ambiciones gigantes. Nadie fue reemplazable. Nadie sobró. Cada cual cumplió su misión y pasó la antorcha, mano a mano, corazón a corazón, encendiendo una llama que todavía arde.

Sabían que solos no alcanzarían.

Sabían que la solidaridad era el arma.

Sabían que el compromiso no sería un discurso, sino una forma de vida.

Congreso del Sindicato Regional Patagónico.

Por eso se unieron. Para defender el trabajo como función social. Para organizar a quienes generan, transmiten y distribuyen la energía que hace posible la vida cotidiana. Para pelear por salarios, por condiciones dignas, por capacitación, por cultura, por deporte, por familias protegidas. Para defender convenios, leyes y derechos. Para estrechar lazos con otros trabajadores y construir futuro donde el mercado solo veía -y ve- números.

Luz y Fuerza fue —y es— política en el sentido más noble: la defensa del bien común.

Su historia se escribe en Tierra del Fuego, en Santa Cruz, en Chubut. En cada pueblo donde hay un afiliado, hay una bandera. En cada discusión por los recursos naturales, por las cuencas hídricas, por el rol del Estado y el desarrollo armónico, estuvo (y está) presente. No para especular, sino para plantarse. No para administrar la resignación, sino para discutir el rumbo.

Ese resplandor de fuegos que no se apagan resume su anatomía moral: modestia en los gestos, grandeza en los objetivos.

Y llegó el día del salto de fe.

El 7 de septiembre de 2007.

Hay hombres que vuelan solos y hacen historia. Y hay otros que, pudiendo volar solos, eligen hacer volar a los demás. Ese día, el Sindicato decidió asumir su plena autonomía.Fue un acto de coraje. De responsabilidad. De madurez política. Un nuevo comienzo con el peso de decidir sin red, sin tutelas, con la convicción de que la libertad también se construye.

No fue fácil. Nunca lo es.

Pero se ratificó el camino. Defender a los trabajadores y sus familias, sostener las conquistas, profundizar la igualdad y la equidad social. Amar en defensa propia. Convertir el alma en imán. Hacer que el azar, alguna vez, juegue a favor.

Le pusieron grillos, le escondieron la paz, le ocuparon las manos. Le taparon la boca y le abrieron heridas. Y aun así, siguió caminando. Cambió comodidad por riesgo vital. Encendió antorchas. Tomó rayos. Maldijo la oscuridad y avanzó.

Claro que hubo horas muertas.

Pero también belleza.

Huella.

Sentido.

Sesenta y cinco años después, no hay nostalgia paralizante. Hay memoria activa. Fotos en blanco y negro que conmueven no por su estética, sino por su vocación popular. Nombres propios que son multitud: los Luciano, los Francisco, los Héctor, los Rogelio. Los Juan, los Pirucho, los Antonio los Rolando. Los que ya no están y los que llegan con coraje fresco, dispuestos a asumir riesgos, decir verdades incómodas y poner el cuerpo.

Pero, la historia también se escribe en lo pequeño. En un abrazo. En 1968, cuando un diagnóstico devastador —leucemia— cayó sobre un afiliado y su hijo de tres años. Y apareció Luz y Fuerza. Incipiente, pero inmensa. Con medicamentos. Con profesionales de la salud. Con la L-asparaginasa. Y el cáncer fue vencido.

Y con turismo social, con educación y con esperanza; ese niño entendió algo que no se aprende en los libros: que no hay que confundir valor con precio. Y que la memoria se construye con felicidad compartida. Que la solidaridad salva.

La historia es confusa, fragmentada, llena de claroscuros. Pero es historia. Y esta organización la honra estando de pie.

Hoy, el Sindicato Regional de Luz y Fuerza de la Patagonia asume un compromiso simple y gigantesco: seguir escribiendo su legado. Con unidad. Con pasión. Con discusión. Con futuro. Para una sociedad más justa, más libre y más soberana.

Héctor González, Rolando Arias y las seccionales.

En síntesis, ser guardianes de su propia historia. Transformar la palabra en ley. Y seguir encendiendo, cuando todo parece apagarse,
luz y fuerza.

Como una voz que atraviesa la historia,. Como ungrito que se niega a ser silencio, la mano que en la oscuridad busca otra mano y encuentra en su fuerza un refugio eterno.

Claro testimonio de la resistencia humana. La de la referencia y pertenencia. La de la identidad.

Eso es Luz y Fuerza. Nada más. Ni nada menos.

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Héctor González y Juan Espinoza, de frente a delegados y afiliados.
20 ENE 2026 - 18:03

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Hace sesenta y cinco años no nació un sindicato. Se encendió una hoguera.

Un 21 de enero de 1961, en el confín del país y contra el viento, nació el Sindicato Regional de Luz y Fuerza de la Patagonia. No pidió permiso. No esperó condiciones ideales.

Gritó porque era invisible y caminó porque quedarse quieto era desaparecer. Nació en un país cercado por proscripciones, persecuciones, despidos y cárceles; un país donde el salario estaba congelado y la dignidad en disputa.

Y aun así, eligió existir.

Eligió la identidad como trinchera.

Desde entonces, Luz y Fuerza es eso: una voz que no se resigna al silencio, una mano que busca otra mano cuando todo parece apagarse, un relámpago que cruza la noche para recordar que la oscuridad no es destino, sino desafío. No es solo una organización gremial; es una forma de estar en el mundo. Un testimonio de resistencia humana, colectiva, obstinada.

Los primeros pasos fueron de barro y coraje. Sábados y domingos robados a la familia para recorrer una geografía inmensa, desvelos donde las soluciones amanecían a fuerza de insistencia, proyectos de país soñados en mesas humildes pero con ambiciones gigantes. Nadie fue reemplazable. Nadie sobró. Cada cual cumplió su misión y pasó la antorcha, mano a mano, corazón a corazón, encendiendo una llama que todavía arde.

Sabían que solos no alcanzarían.

Sabían que la solidaridad era el arma.

Sabían que el compromiso no sería un discurso, sino una forma de vida.

Congreso del Sindicato Regional Patagónico.

Por eso se unieron. Para defender el trabajo como función social. Para organizar a quienes generan, transmiten y distribuyen la energía que hace posible la vida cotidiana. Para pelear por salarios, por condiciones dignas, por capacitación, por cultura, por deporte, por familias protegidas. Para defender convenios, leyes y derechos. Para estrechar lazos con otros trabajadores y construir futuro donde el mercado solo veía -y ve- números.

Luz y Fuerza fue —y es— política en el sentido más noble: la defensa del bien común.

Su historia se escribe en Tierra del Fuego, en Santa Cruz, en Chubut. En cada pueblo donde hay un afiliado, hay una bandera. En cada discusión por los recursos naturales, por las cuencas hídricas, por el rol del Estado y el desarrollo armónico, estuvo (y está) presente. No para especular, sino para plantarse. No para administrar la resignación, sino para discutir el rumbo.

Ese resplandor de fuegos que no se apagan resume su anatomía moral: modestia en los gestos, grandeza en los objetivos.

Y llegó el día del salto de fe.

El 7 de septiembre de 2007.

Hay hombres que vuelan solos y hacen historia. Y hay otros que, pudiendo volar solos, eligen hacer volar a los demás. Ese día, el Sindicato decidió asumir su plena autonomía.Fue un acto de coraje. De responsabilidad. De madurez política. Un nuevo comienzo con el peso de decidir sin red, sin tutelas, con la convicción de que la libertad también se construye.

No fue fácil. Nunca lo es.

Pero se ratificó el camino. Defender a los trabajadores y sus familias, sostener las conquistas, profundizar la igualdad y la equidad social. Amar en defensa propia. Convertir el alma en imán. Hacer que el azar, alguna vez, juegue a favor.

Le pusieron grillos, le escondieron la paz, le ocuparon las manos. Le taparon la boca y le abrieron heridas. Y aun así, siguió caminando. Cambió comodidad por riesgo vital. Encendió antorchas. Tomó rayos. Maldijo la oscuridad y avanzó.

Claro que hubo horas muertas.

Pero también belleza.

Huella.

Sentido.

Sesenta y cinco años después, no hay nostalgia paralizante. Hay memoria activa. Fotos en blanco y negro que conmueven no por su estética, sino por su vocación popular. Nombres propios que son multitud: los Luciano, los Francisco, los Héctor, los Rogelio. Los Juan, los Pirucho, los Antonio los Rolando. Los que ya no están y los que llegan con coraje fresco, dispuestos a asumir riesgos, decir verdades incómodas y poner el cuerpo.

Pero, la historia también se escribe en lo pequeño. En un abrazo. En 1968, cuando un diagnóstico devastador —leucemia— cayó sobre un afiliado y su hijo de tres años. Y apareció Luz y Fuerza. Incipiente, pero inmensa. Con medicamentos. Con profesionales de la salud. Con la L-asparaginasa. Y el cáncer fue vencido.

Y con turismo social, con educación y con esperanza; ese niño entendió algo que no se aprende en los libros: que no hay que confundir valor con precio. Y que la memoria se construye con felicidad compartida. Que la solidaridad salva.

La historia es confusa, fragmentada, llena de claroscuros. Pero es historia. Y esta organización la honra estando de pie.

Hoy, el Sindicato Regional de Luz y Fuerza de la Patagonia asume un compromiso simple y gigantesco: seguir escribiendo su legado. Con unidad. Con pasión. Con discusión. Con futuro. Para una sociedad más justa, más libre y más soberana.

Héctor González, Rolando Arias y las seccionales.

En síntesis, ser guardianes de su propia historia. Transformar la palabra en ley. Y seguir encendiendo, cuando todo parece apagarse,
luz y fuerza.

Como una voz que atraviesa la historia,. Como ungrito que se niega a ser silencio, la mano que en la oscuridad busca otra mano y encuentra en su fuerza un refugio eterno.

Claro testimonio de la resistencia humana. La de la referencia y pertenencia. La de la identidad.

Eso es Luz y Fuerza. Nada más. Ni nada menos.