Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
El fútbol es un deporte para mujeres que los hombres aprendieron a jugar.
No es una frase. Es una patada voladora a la línea de tiempo. Linda Caicedo -crack colombiana y figura del Real Madrid- no habló desde la provocación ligera, habló desde una grieta histórica que supura siglos. Dijo lo que debía decirse y lo dijo sin pedir permiso.
Y el eco molestó porque no golpeó el arco. Golpeó el relato dominante.
El problema nunca fue la pelota. El problema fue la narración.
Quién habla, quién firma, quién cobra, quién queda. Quién aparece en el bronce y quién es borrado con goma dura. El fútbol —como casi todo— fue capturado por una épica de conquista. La lógica Kurgan, la del saqueo con bandera, la del héroe individual elevado sobre un montón de cuerpos invisibles.
Bajo ella, lo que no encaja se elimina, lo que incomoda se ridiculiza, lo que desafía se calla.
Pero el cuerpo recuerda. Siempre recuerda.
Antes de los estadios, hubo rondas. Antes de los himnos, hubo ritmos. Antes de la tribuna, hubo comunidad. El fútbol, en su forma más primitiva, no fue guerra sino danza: coordinación, lectura del otro, sensibilidad espacial, intuición. Un idioma del cuerpo que no necesitaba permiso ni árbitro. Un lenguaje que no gritaba órdenes: escuchaba movimientos. Y en ese origen —incómodo para la historia escrita con puño masculino— estaban ellas.
La historia, esa señora solemne que se presenta como objetiva, fue redactada con molde grueso y tinta patriarcal. Nos dijeron quién inventó el mundo, quién lo explicó, quién lo gobernó. Nos repitieron que el genio tenía barba, que la fuerza tenía voz grave, que la inteligencia venía con apellido de varón. Pero basta correr el velo y aparecen las manos ocultas. La doble hélice del ADN, las bolsas de papel, los pañales descartables, el limpiaparabrisas, la literatura, el lavavajillas, el Kevlar cinco veces más fuerte que el acero, los algoritmos, el software computacional, el identificador de llamadas y la llamada en espera, el receptor opioide, el aislamiento de células madre, las baterías que mantienen viva a la Estación Espacial Internacional en el vacío.
Inventos que sostienen la vida contemporánea y que fueron tratados como anomalías, como accidentes, como notas al pie.
Genialidades toleradas, nunca celebradas como sistema.
Así también con el fútbol.

Durante décadas, se permitió que las mujeres jugaran solo si no molestaban. En horarios invisibles, en canchas prestadas, sin cámaras, sin contratos, sin relato. Se les exigió excelencia para obtener migajas. Se las comparó constantemente con los hombres, como si el patrón fuera uno solo, como si la medida fuera única, como si el juego no pudiera expandirse. Se las quiso disciplinar.
Menos fuerza, menos garra, menos épica. Como si la épica no naciera justamente de resistir la negación.
Por eso la frase de Caicedo irrita. Porque no se limita a pedir lugar sino que cuestiona la propiedad. No dice “también podemos”, dice “siempre estuvimos”. Y eso es dinamita pura. Porque obliga a revisar el origen, a sospechar del relato fundacional, a aceptar que tal vez —solo tal vez— el juego fue arrebatado, reglamentado, encerrado y mercantilizado por quienes no lo inventaron.
¿Y si las pinturas rupestres no fueron la glorificación de cazadores heroicos sino mapas de cuidado, de tránsito, de regreso? ¿Y si las manos impresas en la piedra no marcaban dominio sino pertenencia? ¿Y si el primer fútbol no fue competencia sino celebración corporal, juego colectivo, pulsión vital? ¿Y si, como tantas otras cosas, se lo apropiaron después, le pusieron nombre, reglas, dueños y prohibiciones?
El patriarcado no solo excluye; reescribe. No solo quita derechos; quita memoria. Convierte el robo en tradición y la tradición en ley. Por eso cuando alguien patea el tablero, la respuesta es furia. No hay que ser muy brillante para entender las réplicas airadas, las burlas, las diatribas verbales. Son reflejos defensivos. Cuando el privilegio se siente amenazado, grita. Cuando el mito tambalea, responde con violencia simbólica.
Pero el incendio ya está encendido.
Porque hoy las mujeres no solo juegan; también narran. No solo participan; redefinen. No solo entran a la cancha; cambian el sentido del juego. Traen otra épica, una que no necesita humillar al otro para existir. Una épica de precisión, de lectura fina, de inteligencia colectiva. Una épica donde el cuerpo no es arma sino lenguaje.
Y eso asusta más que cualquier derrota.
El fútbol no necesita salvadores. Necesita memoria. Necesita justicia simbólica. Necesita que se reconozca que fue amputado, reducido, empobrecido por una mirada única. Que se acepte que el juego crece cuando se le devuelve lo que se le robó. Que se entienda que no hay pérdida cuando se amplía el relato, solo ganancia humana.
El fútbol no es de ellos ni de ellas. Es anterior.
Pero si hubo un despojo, si hubo un silencio impuesto, si hubo una historia amputada, entonces la frase de Caicedo no es exageración. Es reparación.
Y no se trata de invertir la opresión ni de cambiar un dueño por otro. Se trata de recordar. De devolver. De aceptar que el juego —como la historia— fue más amplio, más diverso, más femenino de lo que nos contaron.
El fútbol no necesita permiso para volver a casa.
Solo necesita que dejen de negarlo.

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
El fútbol es un deporte para mujeres que los hombres aprendieron a jugar.
No es una frase. Es una patada voladora a la línea de tiempo. Linda Caicedo -crack colombiana y figura del Real Madrid- no habló desde la provocación ligera, habló desde una grieta histórica que supura siglos. Dijo lo que debía decirse y lo dijo sin pedir permiso.
Y el eco molestó porque no golpeó el arco. Golpeó el relato dominante.
El problema nunca fue la pelota. El problema fue la narración.
Quién habla, quién firma, quién cobra, quién queda. Quién aparece en el bronce y quién es borrado con goma dura. El fútbol —como casi todo— fue capturado por una épica de conquista. La lógica Kurgan, la del saqueo con bandera, la del héroe individual elevado sobre un montón de cuerpos invisibles.
Bajo ella, lo que no encaja se elimina, lo que incomoda se ridiculiza, lo que desafía se calla.
Pero el cuerpo recuerda. Siempre recuerda.
Antes de los estadios, hubo rondas. Antes de los himnos, hubo ritmos. Antes de la tribuna, hubo comunidad. El fútbol, en su forma más primitiva, no fue guerra sino danza: coordinación, lectura del otro, sensibilidad espacial, intuición. Un idioma del cuerpo que no necesitaba permiso ni árbitro. Un lenguaje que no gritaba órdenes: escuchaba movimientos. Y en ese origen —incómodo para la historia escrita con puño masculino— estaban ellas.
La historia, esa señora solemne que se presenta como objetiva, fue redactada con molde grueso y tinta patriarcal. Nos dijeron quién inventó el mundo, quién lo explicó, quién lo gobernó. Nos repitieron que el genio tenía barba, que la fuerza tenía voz grave, que la inteligencia venía con apellido de varón. Pero basta correr el velo y aparecen las manos ocultas. La doble hélice del ADN, las bolsas de papel, los pañales descartables, el limpiaparabrisas, la literatura, el lavavajillas, el Kevlar cinco veces más fuerte que el acero, los algoritmos, el software computacional, el identificador de llamadas y la llamada en espera, el receptor opioide, el aislamiento de células madre, las baterías que mantienen viva a la Estación Espacial Internacional en el vacío.
Inventos que sostienen la vida contemporánea y que fueron tratados como anomalías, como accidentes, como notas al pie.
Genialidades toleradas, nunca celebradas como sistema.
Así también con el fútbol.

Durante décadas, se permitió que las mujeres jugaran solo si no molestaban. En horarios invisibles, en canchas prestadas, sin cámaras, sin contratos, sin relato. Se les exigió excelencia para obtener migajas. Se las comparó constantemente con los hombres, como si el patrón fuera uno solo, como si la medida fuera única, como si el juego no pudiera expandirse. Se las quiso disciplinar.
Menos fuerza, menos garra, menos épica. Como si la épica no naciera justamente de resistir la negación.
Por eso la frase de Caicedo irrita. Porque no se limita a pedir lugar sino que cuestiona la propiedad. No dice “también podemos”, dice “siempre estuvimos”. Y eso es dinamita pura. Porque obliga a revisar el origen, a sospechar del relato fundacional, a aceptar que tal vez —solo tal vez— el juego fue arrebatado, reglamentado, encerrado y mercantilizado por quienes no lo inventaron.
¿Y si las pinturas rupestres no fueron la glorificación de cazadores heroicos sino mapas de cuidado, de tránsito, de regreso? ¿Y si las manos impresas en la piedra no marcaban dominio sino pertenencia? ¿Y si el primer fútbol no fue competencia sino celebración corporal, juego colectivo, pulsión vital? ¿Y si, como tantas otras cosas, se lo apropiaron después, le pusieron nombre, reglas, dueños y prohibiciones?
El patriarcado no solo excluye; reescribe. No solo quita derechos; quita memoria. Convierte el robo en tradición y la tradición en ley. Por eso cuando alguien patea el tablero, la respuesta es furia. No hay que ser muy brillante para entender las réplicas airadas, las burlas, las diatribas verbales. Son reflejos defensivos. Cuando el privilegio se siente amenazado, grita. Cuando el mito tambalea, responde con violencia simbólica.
Pero el incendio ya está encendido.
Porque hoy las mujeres no solo juegan; también narran. No solo participan; redefinen. No solo entran a la cancha; cambian el sentido del juego. Traen otra épica, una que no necesita humillar al otro para existir. Una épica de precisión, de lectura fina, de inteligencia colectiva. Una épica donde el cuerpo no es arma sino lenguaje.
Y eso asusta más que cualquier derrota.
El fútbol no necesita salvadores. Necesita memoria. Necesita justicia simbólica. Necesita que se reconozca que fue amputado, reducido, empobrecido por una mirada única. Que se acepte que el juego crece cuando se le devuelve lo que se le robó. Que se entienda que no hay pérdida cuando se amplía el relato, solo ganancia humana.
El fútbol no es de ellos ni de ellas. Es anterior.
Pero si hubo un despojo, si hubo un silencio impuesto, si hubo una historia amputada, entonces la frase de Caicedo no es exageración. Es reparación.
Y no se trata de invertir la opresión ni de cambiar un dueño por otro. Se trata de recordar. De devolver. De aceptar que el juego —como la historia— fue más amplio, más diverso, más femenino de lo que nos contaron.
El fútbol no necesita permiso para volver a casa.
Solo necesita que dejen de negarlo.