Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
¿Qué carajo nos pasó?
Había una vez un río que crecía. No era de agua; era de botines, de rodillas raspadas, de gargantas que gritaban gol en canchas de tierra. Era un río de pibas. Y ese río corría fuerte por el Valle.
Al principio eran diez, luego catorce, luego más. Después dieciocho. No todas juntas. No todas a la vez. Pero eran dieciocho. Todo comenzó en el 2014. Hace 12 años. Todas de primera división.
Dieciocho banderas flameando en el mismo viento.
Dieciocho camisetas peleando cada pelota como si fuera un pedazo de futuro.
Estaban Barraca Central, Germinal, Alberdi, Racing, Ever Ready, Deportivo Madryn, Los Aromos, Huracán, Independiente y Defensores de la Ribera.
Después llegaron Alumni, Alianza Fontana Oeste, Guillermo Brown, J.J. Moreno y Defensores del Parque.
Y el mapa siguió creciendo. Con Gaiman FC, el CEC, Atlas, Roca.
Cada club era una chispa.Cada equipo, una trinchera contra siglos de silencio.
El fútbol femenino no pedía permiso, sino que avanzaba.
Era una marea.
Una marea que traía madres a la tribuna, pibas soñando con una camiseta y entrenadores aprendiendo —a los golpes algunos, con convicción otros— que la pelota también era de ellas.

Pero algo pasó. Algo se apagó.
Hoy el río es un hilo de agua.
Donde antes rugían dieciocho equipos, hoy apenas resisten seis. Defensores de la Ribera, Deportivo Roca, Moreno, Huracán, Brown e Independiente.
Seis.
Seis faroles en una avenida que antes estaba iluminada.
¿Qué pasó con los otros? ¿En qué cajón se guardó la ilusión? ¿En qué escritorio se archivó el futuro?
Porque no fue falta de fútbol.
Las pibas siguen jugando en los barrios y siguen pateando contra la pared. Y siguen soñando goles que nadie todavía les pagó ni les transmitió.
Entonces la pregunta no es deportiva.
La pregunta es política. Cultural. Dirigencial.
Porque mientras el fútbol femenino crece en todo el país, mientras llega a la AFA, mientras se juega en mejores estadios, organiza capacitaciones de toda índole y rompe prejuicios como quien rompe un vidrio viejo… en el Valle Inferior del Río Chubut retrocede.
Retrocede como si alguien hubiera tirado del freno de mano.
¿Fue desidia? ¿Fue machismo? ¿Fue comodidad dirigencial?
¿Fue el viejo reflejo de considerar que el fútbol de mujeres es un adorno y no un derecho? ¿Mucho costo? ¿Poca gente?

Porque cuando un club baja un equipo femenino, no baja un equipo.
Baja una puerta. Se cierra un vestuario. Se apaga una cancha.
Se le dice a una piba que “tu lugar no es acá”.
Y eso, en el fútbol, es un crimen silencioso.
El fútbol femenino del Valle no murió.
Está herido.
Late en las seis camisetas que todavía se animan.
Late en cada jugadora que entrena después de estudiar o trabajar.
Late en cada madre que lava una camiseta embarrada con orgullo.
Pero también late una pregunta que arde. ¿Qué carajo nos pasó?
Porque el fútbol —como la historia— tiene memoria.
Y las pibas, tarde o temprano, vuelven a abrir las puertas que algunos dirigentes se empeñan en cerrar.
La pelota, tarde o temprano, vuelve a rodar.
Y cuando vuelva a rodar en serio, más vale que los clubes estén a la altura de esa marea.
Porque el fútbol femenino no vino a pedir permiso.
Vino a quedarse. Y a incendiar las viejas estructuras del juego.

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
¿Qué carajo nos pasó?
Había una vez un río que crecía. No era de agua; era de botines, de rodillas raspadas, de gargantas que gritaban gol en canchas de tierra. Era un río de pibas. Y ese río corría fuerte por el Valle.
Al principio eran diez, luego catorce, luego más. Después dieciocho. No todas juntas. No todas a la vez. Pero eran dieciocho. Todo comenzó en el 2014. Hace 12 años. Todas de primera división.
Dieciocho banderas flameando en el mismo viento.
Dieciocho camisetas peleando cada pelota como si fuera un pedazo de futuro.
Estaban Barraca Central, Germinal, Alberdi, Racing, Ever Ready, Deportivo Madryn, Los Aromos, Huracán, Independiente y Defensores de la Ribera.
Después llegaron Alumni, Alianza Fontana Oeste, Guillermo Brown, J.J. Moreno y Defensores del Parque.
Y el mapa siguió creciendo. Con Gaiman FC, el CEC, Atlas, Roca.
Cada club era una chispa.Cada equipo, una trinchera contra siglos de silencio.
El fútbol femenino no pedía permiso, sino que avanzaba.
Era una marea.
Una marea que traía madres a la tribuna, pibas soñando con una camiseta y entrenadores aprendiendo —a los golpes algunos, con convicción otros— que la pelota también era de ellas.

Pero algo pasó. Algo se apagó.
Hoy el río es un hilo de agua.
Donde antes rugían dieciocho equipos, hoy apenas resisten seis. Defensores de la Ribera, Deportivo Roca, Moreno, Huracán, Brown e Independiente.
Seis.
Seis faroles en una avenida que antes estaba iluminada.
¿Qué pasó con los otros? ¿En qué cajón se guardó la ilusión? ¿En qué escritorio se archivó el futuro?
Porque no fue falta de fútbol.
Las pibas siguen jugando en los barrios y siguen pateando contra la pared. Y siguen soñando goles que nadie todavía les pagó ni les transmitió.
Entonces la pregunta no es deportiva.
La pregunta es política. Cultural. Dirigencial.
Porque mientras el fútbol femenino crece en todo el país, mientras llega a la AFA, mientras se juega en mejores estadios, organiza capacitaciones de toda índole y rompe prejuicios como quien rompe un vidrio viejo… en el Valle Inferior del Río Chubut retrocede.
Retrocede como si alguien hubiera tirado del freno de mano.
¿Fue desidia? ¿Fue machismo? ¿Fue comodidad dirigencial?
¿Fue el viejo reflejo de considerar que el fútbol de mujeres es un adorno y no un derecho? ¿Mucho costo? ¿Poca gente?

Porque cuando un club baja un equipo femenino, no baja un equipo.
Baja una puerta. Se cierra un vestuario. Se apaga una cancha.
Se le dice a una piba que “tu lugar no es acá”.
Y eso, en el fútbol, es un crimen silencioso.
El fútbol femenino del Valle no murió.
Está herido.
Late en las seis camisetas que todavía se animan.
Late en cada jugadora que entrena después de estudiar o trabajar.
Late en cada madre que lava una camiseta embarrada con orgullo.
Pero también late una pregunta que arde. ¿Qué carajo nos pasó?
Porque el fútbol —como la historia— tiene memoria.
Y las pibas, tarde o temprano, vuelven a abrir las puertas que algunos dirigentes se empeñan en cerrar.
La pelota, tarde o temprano, vuelve a rodar.
Y cuando vuelva a rodar en serio, más vale que los clubes estén a la altura de esa marea.
Porque el fútbol femenino no vino a pedir permiso.
Vino a quedarse. Y a incendiar las viejas estructuras del juego.