Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
Dicen que el fútbol no es para caderas anchas.
Lo dicen como quien dicta una ley natural, como si la biología fuera un alambrado y el juego una propiedad privada.
Lo dicen desde un púlpito viejo, carcomido por el tiempo, creyendo que la historia es un museo y no un río.
La frase cayó como una piedra arrojada desde el pasado. “La mujer está hecha para dar a luz, con caderas más anchas. Y el fútbol no está hecho para caderas anchas.”
No fue un anónimo de bar ni un provocador de ocasión. Fue Guy Roux, reliquia venerada del fútbol francés, estatua con voz, prócer de un club al que condujo durante 44 años. Un hombre que confundió longevidad con autoridad moral, experiencia con verdad.
Sí, es cierto. Llevó al Auxerre del barro al mármol, del amateurismo a la gloria, ganó ligas, copas y honores. Incluso fue ungido Caballero por la República.
Pero ninguna medalla sirve para tapar la miseria de una idea. Ningún pergamino vuelve inteligente a una frase estúpida. La historia no absuelve el machismo por trayectoria.
Porque cuando Roux habla de cuerpos, no describe; excluye.
Cuando compara a las futbolistas con niños, no analiza; humilla.
Cuando reduce el fútbol a una cuestión de caderas, no opina; delimita fronteras.
El argumento es viejo como el patriarcado. El cuerpo femenino como destino, la maternidad como condena, el juego como privilegio masculino.
Según esa lógica, las mujeres no juegan, sino que invaden.
No compiten, imitan.
No crean fútbol, lo deforman.
Pero el fútbol nunca fue una cuestión de medidas.
Nunca fue para tobillos finos ni para torsos simétricos.
El fútbol nació en el potrero, no en la cátedra. En el deseo, no en la anatomía.
Fue siempre un acto de rebeldía. Contra la pobreza, contra el orden, contra los que dicen “esto no es para vos”.
Que vengan entonces las caderas anchas.
Que entren a la cancha con su historia, con su fuerza, con su potencia.
Que jueguen las que paren hijos, las que no, las que eligen, las que dudan.
Porque el fútbol no se juega con la pelvis; se juega con el coraje.
Resulta grotesco que semejante frase emerja de una tierra que parió dos de las mayores revoluciones de la humanidad.
La de 1789, que decapitó reyes.
La de mayo del 68, que incendió certezas.
Y sin embargo, ahí está. Otro pelotudo a pedal demostrando que la estupidez no reconoce fronteras ni edades, que puede anidar incluso en los altares del deporte. La reacción conservadora siempre llega tarde a la historia, pero llega gritando.
Así que no, viejo mundo. El problema no son las caderas. El problema es el miedo.
El miedo a perder el monopolio del juego.
El miedo a que el fútbol deje de ser un club cerrado.
El miedo a que la cancha, como la historia, se llene de quienes nunca pidieron permiso.
¿Y si el fútbol sí es para caderas anchas?
Entonces que tiemble el relato.
Porque cuando las mujeres ocupan el juego, no lo empequeñecen; lo agrandan.

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
Dicen que el fútbol no es para caderas anchas.
Lo dicen como quien dicta una ley natural, como si la biología fuera un alambrado y el juego una propiedad privada.
Lo dicen desde un púlpito viejo, carcomido por el tiempo, creyendo que la historia es un museo y no un río.
La frase cayó como una piedra arrojada desde el pasado. “La mujer está hecha para dar a luz, con caderas más anchas. Y el fútbol no está hecho para caderas anchas.”
No fue un anónimo de bar ni un provocador de ocasión. Fue Guy Roux, reliquia venerada del fútbol francés, estatua con voz, prócer de un club al que condujo durante 44 años. Un hombre que confundió longevidad con autoridad moral, experiencia con verdad.
Sí, es cierto. Llevó al Auxerre del barro al mármol, del amateurismo a la gloria, ganó ligas, copas y honores. Incluso fue ungido Caballero por la República.
Pero ninguna medalla sirve para tapar la miseria de una idea. Ningún pergamino vuelve inteligente a una frase estúpida. La historia no absuelve el machismo por trayectoria.
Porque cuando Roux habla de cuerpos, no describe; excluye.
Cuando compara a las futbolistas con niños, no analiza; humilla.
Cuando reduce el fútbol a una cuestión de caderas, no opina; delimita fronteras.
El argumento es viejo como el patriarcado. El cuerpo femenino como destino, la maternidad como condena, el juego como privilegio masculino.
Según esa lógica, las mujeres no juegan, sino que invaden.
No compiten, imitan.
No crean fútbol, lo deforman.
Pero el fútbol nunca fue una cuestión de medidas.
Nunca fue para tobillos finos ni para torsos simétricos.
El fútbol nació en el potrero, no en la cátedra. En el deseo, no en la anatomía.
Fue siempre un acto de rebeldía. Contra la pobreza, contra el orden, contra los que dicen “esto no es para vos”.
Que vengan entonces las caderas anchas.
Que entren a la cancha con su historia, con su fuerza, con su potencia.
Que jueguen las que paren hijos, las que no, las que eligen, las que dudan.
Porque el fútbol no se juega con la pelvis; se juega con el coraje.
Resulta grotesco que semejante frase emerja de una tierra que parió dos de las mayores revoluciones de la humanidad.
La de 1789, que decapitó reyes.
La de mayo del 68, que incendió certezas.
Y sin embargo, ahí está. Otro pelotudo a pedal demostrando que la estupidez no reconoce fronteras ni edades, que puede anidar incluso en los altares del deporte. La reacción conservadora siempre llega tarde a la historia, pero llega gritando.
Así que no, viejo mundo. El problema no son las caderas. El problema es el miedo.
El miedo a perder el monopolio del juego.
El miedo a que el fútbol deje de ser un club cerrado.
El miedo a que la cancha, como la historia, se llene de quienes nunca pidieron permiso.
¿Y si el fútbol sí es para caderas anchas?
Entonces que tiemble el relato.
Porque cuando las mujeres ocupan el juego, no lo empequeñecen; lo agrandan.