Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
En Moreno (uno de los cordones del conurbano bonaerense) el fútbol no era un pasatiempo; sino un idioma. Un lenguaje áspero aprendido entre potreros y calles bravas, donde la pelota rodaba como una promesa contra el polvo. Allí creció Nico. Nico Álvarez.
Allí empezó a patear con varones porque no había equipo para nenas. No era rebeldía, era supervivencia. Si la cancha estaba de un lado, había que cruzar.
Después vino el tiempo del cuerpo.
El tiempo en que la pubertad se convierte en frontera y la regla empieza a marcar destinos como si fueran líneas de cal. Las mismas piernas, el mismo talento, la misma pasión. Pero otra categoría. Entonces encontró en el torneo femenino un lugar donde seguir compitiendo. Un espacio que no solo le permitió jugar, sino también empezar a sentirse él mismo.
Porque el fútbol —antes que cualquier formulario— fue espejo.
A los 23 años pudo nombrarse. Poner en palabras lo que llevaba adentro. Era un pibe trans. Y cuando en diciembre de 2023 modificó su DNI de F a M, creyó que estaba alineando su identidad con el mundo. Pero el mundo del fútbol le devolvió una tarjeta roja invisible.
Con la M en el documento quedó automáticamente inhabilitado para disputar el campeonato femenino según las reglas de la Asociación del Fútbol Argentino, que no contemplan identidades fuera del binarismo. La letra del reglamento pesó más que los años de formación. Más que los entrenamientos. Más que su historia.
¿Desde cuándo una identidad se convierte en infracción?
¿En qué artículo se tipifica el derecho a ser?
Meses enteros entrenando sin jugar. Prepararse para partidos que no llegaban. Ver la pelota rodar desde afuera. El cuerpo listo y el sistema en pausa. Como si el talento necesitara permiso burocrático. Como si la pasión tuviera que esperar una firma.
Hasta que el cierre del libro de pases apretó como un ultimátum. Y entonces tomó una decisión extrema: volvió a cambiar la M por la F para recuperar la habilitación. Un movimiento que no fue confusión, sino estrategia de supervivencia. Un ida y vuelta registral para poder volver a hacer lo único que siempre hizo que es jugar.
Pero las preguntas quedaron flotando, ardientes.
¿Puede un reglamento obligar a alguien a negociar su identidad para patear una pelota?
¿Es inclusión permitir jugar, pero al precio de borrarse en el documento?
¿Es justicia deportiva o es exilio administrativo?
Porque el fútbol masculino no abre la puerta.
Porque el femenino la abre con condiciones.
Porque el sistema parece decirle elegí quién sos o elegí dónde jugás.
Y Nico responde desde la cancha que no debería ser una elección.
El choque —dice— no es con el fútbol en sí. Es con un sistema rígido que todavía piensa el deporte en blanco y negro, cuando la vida es una gama infinita. El fútbol le dio valores como compañerismo, disciplina y comunidad. Le dio identidad. Y ahora parece disputársela.
En cada partido hay batallas invisibles. Un pronombre mal usado puede ser más filoso que una plancha. Un murmullo desde la tribuna puede desordenar más que cualquier táctica rival. Pero cuando la pelota toca su pie, todo se acomoda. Ahí no hay letra que lo invalide. Ahí es Nicolás. Sin asteriscos.
Su historia no es un caso aislado; es síntoma. Es la grieta entre la Ley de Identidad de Género y normativas deportivas que no evolucionaron al mismo ritmo. Es la pregunta que el fútbol argentino todavía no quiere responder del todo.
¿Dónde juegan los varones trans?
¿En qué torneo se inscribe una vida que no encaja en el casillero?
¿Quién decide qué cuerpo pertenece a qué arco?
Los clubes forman personas, no solo deportistas. Entonces, ¿Qué están formando cuando excluyen? ¿Qué enseñan cuando el reglamento pesa más que la escucha? ¿Puede el deporte hablar de inclusión mientras obliga a alguien a reescribir su DNI para entrar a la cancha?
Nico no buscó convertirse en bandera. Pero su historia arde. Porque hay otros pibes trans mirando. Porque cada decisión administrativa puede abrir o cerrar una puerta. Porque imaginar un futuro en el fútbol no debería ser un acto de fe.
Si algo queda claro es que la identidad no es una posición en la planilla. No es un casillero fijo. No es una falta técnica. Es una verdad profunda que no debería ser negociable.
El fútbol argentino —épico, pasional, contradictorio— enfrenta hoy su propio desafío histórico. No se trata de goles ni de campeonatos. Se trata de ampliar la cancha.
La pregunta es si el reglamento estará a la altura cuando eso ocurra.
Si su caso logra cambiar una línea en esa norma, no será solo tinta sobre papel. Será una puerta abierta. Será decirle al Nico de 12 años —y a tantos otros— que no están rotos, que no están solos, que no tienen que elegir entre ser quienes son y hacer lo que aman.
El fútbol argentino, cuna de rebeldías y epopeyas, tiene ahora su propio desafío. ¿Va a seguir defendiendo un esquema rígido como si fuera un resultado parcial?. ¿O se animará a ampliar la cancha?
Porque la pelota siempre encuentra un hueco.
La identidad también.
Y cuando ambas se juntan, no hay reglamento alguno que alcance para detenerlas.

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
En Moreno (uno de los cordones del conurbano bonaerense) el fútbol no era un pasatiempo; sino un idioma. Un lenguaje áspero aprendido entre potreros y calles bravas, donde la pelota rodaba como una promesa contra el polvo. Allí creció Nico. Nico Álvarez.
Allí empezó a patear con varones porque no había equipo para nenas. No era rebeldía, era supervivencia. Si la cancha estaba de un lado, había que cruzar.
Después vino el tiempo del cuerpo.
El tiempo en que la pubertad se convierte en frontera y la regla empieza a marcar destinos como si fueran líneas de cal. Las mismas piernas, el mismo talento, la misma pasión. Pero otra categoría. Entonces encontró en el torneo femenino un lugar donde seguir compitiendo. Un espacio que no solo le permitió jugar, sino también empezar a sentirse él mismo.
Porque el fútbol —antes que cualquier formulario— fue espejo.
A los 23 años pudo nombrarse. Poner en palabras lo que llevaba adentro. Era un pibe trans. Y cuando en diciembre de 2023 modificó su DNI de F a M, creyó que estaba alineando su identidad con el mundo. Pero el mundo del fútbol le devolvió una tarjeta roja invisible.
Con la M en el documento quedó automáticamente inhabilitado para disputar el campeonato femenino según las reglas de la Asociación del Fútbol Argentino, que no contemplan identidades fuera del binarismo. La letra del reglamento pesó más que los años de formación. Más que los entrenamientos. Más que su historia.
¿Desde cuándo una identidad se convierte en infracción?
¿En qué artículo se tipifica el derecho a ser?
Meses enteros entrenando sin jugar. Prepararse para partidos que no llegaban. Ver la pelota rodar desde afuera. El cuerpo listo y el sistema en pausa. Como si el talento necesitara permiso burocrático. Como si la pasión tuviera que esperar una firma.
Hasta que el cierre del libro de pases apretó como un ultimátum. Y entonces tomó una decisión extrema: volvió a cambiar la M por la F para recuperar la habilitación. Un movimiento que no fue confusión, sino estrategia de supervivencia. Un ida y vuelta registral para poder volver a hacer lo único que siempre hizo que es jugar.
Pero las preguntas quedaron flotando, ardientes.
¿Puede un reglamento obligar a alguien a negociar su identidad para patear una pelota?
¿Es inclusión permitir jugar, pero al precio de borrarse en el documento?
¿Es justicia deportiva o es exilio administrativo?
Porque el fútbol masculino no abre la puerta.
Porque el femenino la abre con condiciones.
Porque el sistema parece decirle elegí quién sos o elegí dónde jugás.
Y Nico responde desde la cancha que no debería ser una elección.
El choque —dice— no es con el fútbol en sí. Es con un sistema rígido que todavía piensa el deporte en blanco y negro, cuando la vida es una gama infinita. El fútbol le dio valores como compañerismo, disciplina y comunidad. Le dio identidad. Y ahora parece disputársela.
En cada partido hay batallas invisibles. Un pronombre mal usado puede ser más filoso que una plancha. Un murmullo desde la tribuna puede desordenar más que cualquier táctica rival. Pero cuando la pelota toca su pie, todo se acomoda. Ahí no hay letra que lo invalide. Ahí es Nicolás. Sin asteriscos.
Su historia no es un caso aislado; es síntoma. Es la grieta entre la Ley de Identidad de Género y normativas deportivas que no evolucionaron al mismo ritmo. Es la pregunta que el fútbol argentino todavía no quiere responder del todo.
¿Dónde juegan los varones trans?
¿En qué torneo se inscribe una vida que no encaja en el casillero?
¿Quién decide qué cuerpo pertenece a qué arco?
Los clubes forman personas, no solo deportistas. Entonces, ¿Qué están formando cuando excluyen? ¿Qué enseñan cuando el reglamento pesa más que la escucha? ¿Puede el deporte hablar de inclusión mientras obliga a alguien a reescribir su DNI para entrar a la cancha?
Nico no buscó convertirse en bandera. Pero su historia arde. Porque hay otros pibes trans mirando. Porque cada decisión administrativa puede abrir o cerrar una puerta. Porque imaginar un futuro en el fútbol no debería ser un acto de fe.
Si algo queda claro es que la identidad no es una posición en la planilla. No es un casillero fijo. No es una falta técnica. Es una verdad profunda que no debería ser negociable.
El fútbol argentino —épico, pasional, contradictorio— enfrenta hoy su propio desafío histórico. No se trata de goles ni de campeonatos. Se trata de ampliar la cancha.
La pregunta es si el reglamento estará a la altura cuando eso ocurra.
Si su caso logra cambiar una línea en esa norma, no será solo tinta sobre papel. Será una puerta abierta. Será decirle al Nico de 12 años —y a tantos otros— que no están rotos, que no están solos, que no tienen que elegir entre ser quienes son y hacer lo que aman.
El fútbol argentino, cuna de rebeldías y epopeyas, tiene ahora su propio desafío. ¿Va a seguir defendiendo un esquema rígido como si fuera un resultado parcial?. ¿O se animará a ampliar la cancha?
Porque la pelota siempre encuentra un hueco.
La identidad también.
Y cuando ambas se juntan, no hay reglamento alguno que alcance para detenerlas.