Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
Algunos lo dicen entre carcajadas, como quien comenta la última rareza viral antes de que el café se enfríe. Otros lo señalan con ironía de sobremesa, creyéndose inmunes a toda excentricidad. Creen que es una moda pasajera, como aquellas tribus urbanas llamadas Emo y/o Floggers con la hoy la ignota Cumbio y el combativo Facundo Jones Huala como militantes. La mayoría lo subestima. Grave error. La historia está plagada de fenómenos que comenzaron como chiste y terminaron escribiendo capítulos densos, a veces trágicos. Nada más peligroso que reírse demasiado pronto.
Hablan todos. Los opinadores seriales de las redes, los académicos con bibliografía subrayada, los indignados profesionales y los que convierten cualquier asunto en tendencia. Psicólogos, sociólogos, antropólogos y streamers. Se multiplican los análisis, los hilos explicativos, las mesas redondas. El objeto de estudio son los Therians. Esos humanos que se autoperciben animales y deciden vivir como tales. Que miran el espejo y no ven rostro sino hocico; tampoco manos sino garras y no escuchan palabras sino aullidos.
Este lunes, en la Plaza Independencia de Trelew se reunían con el objetivo de “crear un ámbito de intercambio y convivencia, donde los asistentes puedan compartir experiencias, dialogar sobre intereses comunes y disfrutar de una jornada recreativa al aire libre”, apuntando a “consolidar una comunidad local en torno a esta expresión cultural”. La misma estaba programada en horas de la tarde en la plaza central en donde más los curiosos triplicaban a los protagonistas directos.
Y allí están. Caminando en cuatro patas por la jungla digital. Ladrando a la luna del algoritmo. Maullando contra el patriarcado del cemento. Trepando tejados reales o simbólicos. Marcando territorio en plazas, en timelines, en patios escolares. Extraños, sí. Performáticos. Provocadores. Pero, ¿Peligrosos? No necesariamente.
Porque ser perro, gato o pájaro tiene algo de inocente. Es una metáfora viviente. Una huida del traje gris de la oficina, del Excel infinito, del jefe que respira en la nuca o de la rutina que aplasta. Es un acto de desobediencia estética. Un gesto de ruptura con la rigidez de la especie. Se puede vivir como perro y aceptar la correa. Como gato y elegir el tejado. Como pájaro y fracasar gloriosamente en el intento de volar. A lo sumo habrá rasguños, alguna incomodidad social, una selfie viral.

Pero hay otro Therian. Uno más sofisticado. Más silencioso. Más devastador.
El Therian rico.
Ese no se arrastra. Ese escala. O cree que escala. Y muerde.
Porque una cosa es autopercibirse animal —lo cual es, en definitiva, un juego identitario— y otra muy distinta es autopercibirse rico cuando no se lo es. Ahí la fantasía deja de ser metáfora y se vuelve ideología. Se vuelve sistema de creencias. Se vuelve dogma.
¿Cómo se construye esa ficción?
¿Te vestís con marcas truchas y jurás que “las trajeron de afuera”?
¿Pagás un Rolex falso como si el tiempo también pudiera imitarse?
¿Le pegás el logo de una automotriz de alta gama a una Renoleta cansada, esperando que el emblema empuje al motor?
¿Aplaudís al tipo que no te quiere, al modelo que te escupe, al sistema que te necesita pobre pero obediente?
El Therian rico no ladra, sino que pontifica. Tampoco maúlla. En todo caso sentencia y no le aúlla a la luna, pero sí aplaude al sol que lo quema.
Se autopercibe millonario en un monoambiente alquilado. Defiende exenciones impositivas para fortunas que jamás tocará.
Justifica despidos que podrían alcanzarlo. Celebra modelos económicos que lo miran con desprecio, pero él traduce ese desprecio como aspiración. Confunde servidumbre con pertenencia.
Es épico en su autoengaño. Un Quijote sin lanza que combate molinos creyendo que son ascensores sociales. Cree que la riqueza es una identidad moral. Que el dinero es una virtud. Que el éxito es una cuestión de actitud. Y mientras tanto, sostiene con su aplauso la estructura que lo aplasta.
Los otros Therians pueden ser extravagantes, ruidosos, disruptivos. Pero no pretenden gobernar la selva. No exigen que todos ladren igual. No redactan manuales de comportamiento animal para el resto.
El Therian rico sí.
Ese redacta reglas. Señala desde abajo como si estuviera arriba. Desprecia la pobreza mientras la habita. Se burla del que reclama derechos, porque él ya se siente del lado del privilegio. No necesita tener millones pues sólo le alcanza con sentirse parte simbólica de ellos.
Y allí radica el peligro.
Porque cuando alguien se autopercibe perro, a lo sumo habrá un ladrido. En caso del gato, quizás un zarpazo.
Pero cuando alguien se autopercibe rico, vota como rico, piensa como rico, defiende como rico… aunque su cuenta bancaria diga otra cosa.
Y eso transforma sociedades.
Cada quien es libre de vivir su fantasía, claro está. La libertad es un territorio amplio mientras no invada el del otro. Pero el Therian rico no juega en el margen. Juega en el centro. Incide, opina, legitima. Es la infantería cultural de un modelo que lo usa como tropa sin uniforme.
No necesita colmillos ni alas.
Le basta con un discurso aprendido y una selfie aspiracional.
Los Therian animales corren por los parques, trepan árboles, hacen ruido en redes.
El Therian rico administra símbolos, reproduce jerarquías, naturaliza desigualdades. Administra el látigo… aunque nunca lo tenga en la mano.
Uno juega a ser bestia.
El otro juega a ser amo.
Y en esa diferencia, brutal y casi invisible, se esconde la verdadera fiera.

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
Algunos lo dicen entre carcajadas, como quien comenta la última rareza viral antes de que el café se enfríe. Otros lo señalan con ironía de sobremesa, creyéndose inmunes a toda excentricidad. Creen que es una moda pasajera, como aquellas tribus urbanas llamadas Emo y/o Floggers con la hoy la ignota Cumbio y el combativo Facundo Jones Huala como militantes. La mayoría lo subestima. Grave error. La historia está plagada de fenómenos que comenzaron como chiste y terminaron escribiendo capítulos densos, a veces trágicos. Nada más peligroso que reírse demasiado pronto.
Hablan todos. Los opinadores seriales de las redes, los académicos con bibliografía subrayada, los indignados profesionales y los que convierten cualquier asunto en tendencia. Psicólogos, sociólogos, antropólogos y streamers. Se multiplican los análisis, los hilos explicativos, las mesas redondas. El objeto de estudio son los Therians. Esos humanos que se autoperciben animales y deciden vivir como tales. Que miran el espejo y no ven rostro sino hocico; tampoco manos sino garras y no escuchan palabras sino aullidos.
Este lunes, en la Plaza Independencia de Trelew se reunían con el objetivo de “crear un ámbito de intercambio y convivencia, donde los asistentes puedan compartir experiencias, dialogar sobre intereses comunes y disfrutar de una jornada recreativa al aire libre”, apuntando a “consolidar una comunidad local en torno a esta expresión cultural”. La misma estaba programada en horas de la tarde en la plaza central en donde más los curiosos triplicaban a los protagonistas directos.
Y allí están. Caminando en cuatro patas por la jungla digital. Ladrando a la luna del algoritmo. Maullando contra el patriarcado del cemento. Trepando tejados reales o simbólicos. Marcando territorio en plazas, en timelines, en patios escolares. Extraños, sí. Performáticos. Provocadores. Pero, ¿Peligrosos? No necesariamente.
Porque ser perro, gato o pájaro tiene algo de inocente. Es una metáfora viviente. Una huida del traje gris de la oficina, del Excel infinito, del jefe que respira en la nuca o de la rutina que aplasta. Es un acto de desobediencia estética. Un gesto de ruptura con la rigidez de la especie. Se puede vivir como perro y aceptar la correa. Como gato y elegir el tejado. Como pájaro y fracasar gloriosamente en el intento de volar. A lo sumo habrá rasguños, alguna incomodidad social, una selfie viral.

Pero hay otro Therian. Uno más sofisticado. Más silencioso. Más devastador.
El Therian rico.
Ese no se arrastra. Ese escala. O cree que escala. Y muerde.
Porque una cosa es autopercibirse animal —lo cual es, en definitiva, un juego identitario— y otra muy distinta es autopercibirse rico cuando no se lo es. Ahí la fantasía deja de ser metáfora y se vuelve ideología. Se vuelve sistema de creencias. Se vuelve dogma.
¿Cómo se construye esa ficción?
¿Te vestís con marcas truchas y jurás que “las trajeron de afuera”?
¿Pagás un Rolex falso como si el tiempo también pudiera imitarse?
¿Le pegás el logo de una automotriz de alta gama a una Renoleta cansada, esperando que el emblema empuje al motor?
¿Aplaudís al tipo que no te quiere, al modelo que te escupe, al sistema que te necesita pobre pero obediente?
El Therian rico no ladra, sino que pontifica. Tampoco maúlla. En todo caso sentencia y no le aúlla a la luna, pero sí aplaude al sol que lo quema.
Se autopercibe millonario en un monoambiente alquilado. Defiende exenciones impositivas para fortunas que jamás tocará.
Justifica despidos que podrían alcanzarlo. Celebra modelos económicos que lo miran con desprecio, pero él traduce ese desprecio como aspiración. Confunde servidumbre con pertenencia.
Es épico en su autoengaño. Un Quijote sin lanza que combate molinos creyendo que son ascensores sociales. Cree que la riqueza es una identidad moral. Que el dinero es una virtud. Que el éxito es una cuestión de actitud. Y mientras tanto, sostiene con su aplauso la estructura que lo aplasta.
Los otros Therians pueden ser extravagantes, ruidosos, disruptivos. Pero no pretenden gobernar la selva. No exigen que todos ladren igual. No redactan manuales de comportamiento animal para el resto.
El Therian rico sí.
Ese redacta reglas. Señala desde abajo como si estuviera arriba. Desprecia la pobreza mientras la habita. Se burla del que reclama derechos, porque él ya se siente del lado del privilegio. No necesita tener millones pues sólo le alcanza con sentirse parte simbólica de ellos.
Y allí radica el peligro.
Porque cuando alguien se autopercibe perro, a lo sumo habrá un ladrido. En caso del gato, quizás un zarpazo.
Pero cuando alguien se autopercibe rico, vota como rico, piensa como rico, defiende como rico… aunque su cuenta bancaria diga otra cosa.
Y eso transforma sociedades.
Cada quien es libre de vivir su fantasía, claro está. La libertad es un territorio amplio mientras no invada el del otro. Pero el Therian rico no juega en el margen. Juega en el centro. Incide, opina, legitima. Es la infantería cultural de un modelo que lo usa como tropa sin uniforme.
No necesita colmillos ni alas.
Le basta con un discurso aprendido y una selfie aspiracional.
Los Therian animales corren por los parques, trepan árboles, hacen ruido en redes.
El Therian rico administra símbolos, reproduce jerarquías, naturaliza desigualdades. Administra el látigo… aunque nunca lo tenga en la mano.
Uno juega a ser bestia.
El otro juega a ser amo.
Y en esa diferencia, brutal y casi invisible, se esconde la verdadera fiera.