Autismo: “El diagnóstico no etiqueta para limitar”

La psicóloga y neuropsicóloga de Chubut explica qué es el trastorno del espectro autista, cuáles son las cuatro claves para su detección y por qué la información es fundamental para derribar prejuicios y promover una inclusión real.

Psicóloga y especialista en neurodesarrollo Moira Biedma.
28 FEB 2026 - 10:20 | Actualizado 28 FEB 2026 - 10:28

Por Lorena Leeming / Redacción Jornada

La psicóloga y especialista en neurodesarrollo Moira Biedma advierte que hablar de autismo exige precisión conceptual y, sobre todo, compromiso social. El autismo -explica- está denominado como Trastorno del Espectro Autista (TEA), una condición del neurodesarrollo que acompaña a la persona a lo largo de toda su vida y cuya comprensión ha evolucionado en los manuales diagnósticos internacionales como el DSM-5 en su texto revisado.

“Allí se elimina lo que era el diagnóstico de Asperger y se unifica bajo el término trastorno del espectro autista, diferenciando nivel 1, nivel 2 y nivel 3 según los apoyos necesarios”, detalla.

El concepto de espectro, subraya, es central: “No existe una única forma de autismo. Cada persona presenta combinaciones diferentes en su manera de comunicarse, de interactuar socialmente, de procesar la información sensorial y de organizar su conducta”.

Para Biedma, hay cuatro ejes clínicos que no pueden faltar dentro del espectro: la sociabilización, el lenguaje, la comunicación y las conductas repetitivas —a las que denomina “periódicas”.

“Después hay variables. Algunas características están más marcadas que otras según la persona, pero esas cuatro claves deben estar presentes”, explica. Y agrega que, ante la presencia de estos indicadores en la infancia, la adolescencia o incluso en la adultez, es importante consultar: “Si algo hace ruido, hay que buscar orientación profesional”.

La especialista remarca que el diagnóstico puede comenzar a trabajarse desde los dos años de edad mediante técnicas específicas aplicadas por profesionales formados. Pero también señala que muchos adultos llegan a la consulta tras años de sentirse incomprendidos. “Cuando no hubo diagnóstico en la infancia, muchas personas aprendieron a enmascararse, a adaptarse y bajar sus niveles para poder pertenecer. Vivieron adecuándose a una sociedad que no los comprendía”, describe.

En ese contexto, insiste en una idea que atraviesa toda su práctica clínica: “El diagnóstico no etiqueta para limitar sino que te orienta para acompañar”. Para muchas familias, explica, recibir un diagnóstico puede generar incertidumbre, miedos o incluso un proceso de duelo por las expectativas previas. Sin embargo, también puede significar alivio y claridad. “Es ponerle un nombre a algo que necesitabas comprender para buscar apoyos adecuados y dejar de atribuir las dificultades a caprichos o falta de límites”.

Biedma enfatiza que el autismo no es una enfermedad, sino una condición del neurodesarrollo. “No hablamos de déficit, hablamos de diversidad. Cada persona dentro del espectro es distinta, es una forma diferente de pensar y sentir. La sociedad debe actualizarse y adecuarse para incluir”. Desde su mirada, el desafío no es “normalizar” sino potenciar fortalezas y reducir barreras.

La falta de adecuación, advierte, suele convertir a niños y adolescentes con autismo en foco de bullying. “Cuando no hay inclusión ni comprensión en la escuela, la persona termina siendo señalada. Es clave que las instituciones generen abordajes que permitan al grupo entender qué es el autismo y cómo ser inclusivos”.

En Chubut, señala, todavía existe una deuda en materia de formación profesional y compromiso con el neurodesarrollo. “Más allá del título, se necesita involucrarse, investigar y actualizarse. Está muy presente el tema del autismo en la agenda pública, pero faltan profesionales comprometidos que sepan orientar cuando llega un paciente buscando respuestas”.

Para la especialista, la información cumple un rol transformador. “El desconocimiento genera prejuicios y siempre digo que la información genera empatía”. Desestigmatizar implica dejar de hablar únicamente de dificultades y comenzar a reconocer derechos, promover apoyos adecuados y construir entornos más previsibles y respetuosos.

Finalmente, Biedma hace un llamado tanto a quienes tienen dudas personales como a la comunidad en general. “Consultar es el primer paso para empezar a reconocerse y entender por qué uno funciona de determinado modo. Y a la sociedad le pido compromiso: promover entornos menos rígidos, más inclusivos y adecuados con el otro”.

Psicóloga y especialista en neurodesarrollo Moira Biedma.
28 FEB 2026 - 10:20

Por Lorena Leeming / Redacción Jornada

La psicóloga y especialista en neurodesarrollo Moira Biedma advierte que hablar de autismo exige precisión conceptual y, sobre todo, compromiso social. El autismo -explica- está denominado como Trastorno del Espectro Autista (TEA), una condición del neurodesarrollo que acompaña a la persona a lo largo de toda su vida y cuya comprensión ha evolucionado en los manuales diagnósticos internacionales como el DSM-5 en su texto revisado.

“Allí se elimina lo que era el diagnóstico de Asperger y se unifica bajo el término trastorno del espectro autista, diferenciando nivel 1, nivel 2 y nivel 3 según los apoyos necesarios”, detalla.

El concepto de espectro, subraya, es central: “No existe una única forma de autismo. Cada persona presenta combinaciones diferentes en su manera de comunicarse, de interactuar socialmente, de procesar la información sensorial y de organizar su conducta”.

Para Biedma, hay cuatro ejes clínicos que no pueden faltar dentro del espectro: la sociabilización, el lenguaje, la comunicación y las conductas repetitivas —a las que denomina “periódicas”.

“Después hay variables. Algunas características están más marcadas que otras según la persona, pero esas cuatro claves deben estar presentes”, explica. Y agrega que, ante la presencia de estos indicadores en la infancia, la adolescencia o incluso en la adultez, es importante consultar: “Si algo hace ruido, hay que buscar orientación profesional”.

La especialista remarca que el diagnóstico puede comenzar a trabajarse desde los dos años de edad mediante técnicas específicas aplicadas por profesionales formados. Pero también señala que muchos adultos llegan a la consulta tras años de sentirse incomprendidos. “Cuando no hubo diagnóstico en la infancia, muchas personas aprendieron a enmascararse, a adaptarse y bajar sus niveles para poder pertenecer. Vivieron adecuándose a una sociedad que no los comprendía”, describe.

En ese contexto, insiste en una idea que atraviesa toda su práctica clínica: “El diagnóstico no etiqueta para limitar sino que te orienta para acompañar”. Para muchas familias, explica, recibir un diagnóstico puede generar incertidumbre, miedos o incluso un proceso de duelo por las expectativas previas. Sin embargo, también puede significar alivio y claridad. “Es ponerle un nombre a algo que necesitabas comprender para buscar apoyos adecuados y dejar de atribuir las dificultades a caprichos o falta de límites”.

Biedma enfatiza que el autismo no es una enfermedad, sino una condición del neurodesarrollo. “No hablamos de déficit, hablamos de diversidad. Cada persona dentro del espectro es distinta, es una forma diferente de pensar y sentir. La sociedad debe actualizarse y adecuarse para incluir”. Desde su mirada, el desafío no es “normalizar” sino potenciar fortalezas y reducir barreras.

La falta de adecuación, advierte, suele convertir a niños y adolescentes con autismo en foco de bullying. “Cuando no hay inclusión ni comprensión en la escuela, la persona termina siendo señalada. Es clave que las instituciones generen abordajes que permitan al grupo entender qué es el autismo y cómo ser inclusivos”.

En Chubut, señala, todavía existe una deuda en materia de formación profesional y compromiso con el neurodesarrollo. “Más allá del título, se necesita involucrarse, investigar y actualizarse. Está muy presente el tema del autismo en la agenda pública, pero faltan profesionales comprometidos que sepan orientar cuando llega un paciente buscando respuestas”.

Para la especialista, la información cumple un rol transformador. “El desconocimiento genera prejuicios y siempre digo que la información genera empatía”. Desestigmatizar implica dejar de hablar únicamente de dificultades y comenzar a reconocer derechos, promover apoyos adecuados y construir entornos más previsibles y respetuosos.

Finalmente, Biedma hace un llamado tanto a quienes tienen dudas personales como a la comunidad en general. “Consultar es el primer paso para empezar a reconocerse y entender por qué uno funciona de determinado modo. Y a la sociedad le pido compromiso: promover entornos menos rígidos, más inclusivos y adecuados con el otro”.