Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
Argentinos del Sur no cumple años. Desafía al tiempo. Noventa y siete inviernos y veranos después, sigue en pie como una llama que se niega a apagarse, como una bandera que no acepta rendición. Hay que marcar el calendario en rojo, sí. Pero no como un trámite; como se marcan las fechas sagradas, las que arden en la memoria colectiva.
Todo empezó en una mesa del bar Oriente, un 24 de abril de 1929, cuando un puñado de hombres —José Meschio, Emilio Gómez, Ruffo Rosales, Hugo Orozco, Miguel Villanueva, Domingo Naso, Ceferino Gatica, Eduardo Williams y Tomás Puw— decidió torcerle el brazo al destino. No fundaron solo un club: encendieron una idea, un latido, una patria chica. Lo llamaron Argentinos del Sud, pero el nombre fue apenas un detalle: lo que nació esa noche fue una identidad que no iba a conocer fronteras.
Desde entonces, esa criatura de calle oscura se vistió de celeste y blanco, como si el cielo bajara a jugar en cada cancha. Fue más que fútbol, aunque el fútbol haya sido su nave insignia, su trinchera, su grito más potente. Tuvo la primera cancha iluminada de verdad en febrero del 74, cuando la noche dejó de ser obstáculo y se convirtió en escenario. Levantó un natatorio que parece un lujo en medio de la historia, y hasta prestó su nombre para que el rugby encontrara casa cuando todavía era apenas un murmullo en el Valle.
Fue también cimiento. Cofundador de la Liga de Fútbol del Valle, donde el título tardó en llegar como llegan las cosas importantes, con sudor, con golpes, con espera. Y en ese recorrido quedaron nombres que son casi mitología. Santos, Williams, Roberts, James, Mac Burney, Sahagún, Ovejero, el inolvidable Julio Cobos, y esa leyenda que todavía respira fútbol, Narciso Ibáñez. Los Llenderosa y tantos otros que pusieron el cuerpo como escudo y el alma como combustible.

Porque Argentinos del Sur no se explica. Se siente. Es una unidad sentimental que desborda Gaiman y abraza todo el valle como un viento que no pide permiso. Vivió épocas de gloria donde todo parecía posible, y también atravesó cenizas, silencios, momentos en los que el olvido rondó como una sombra injusta. Incluso su fútbol, allá por los 90, se apagó en una fusión que murió antes de nacer, como un sueño interrumpido.
Pero hay algo que este club nunca aprendió y es a rendirse.
El fútbol volvió desde abajo, desde las formativas, como vuelven las raíces cuando nadie las ve. Y en ese regreso hay algo sagrado: la magia de volver a pisar las baldosas de la infancia, de reencontrarse con el amor en el umbral. Porque volver no es retroceder sino reafirmar quién se es.
Argentinos del Sur es eso. Una animalidad viva, indomable, que respira en cada historia, en cada recuerdo, en cada pibe que se calza la camiseta sin saber que está cargando casi un siglo de lucha y pertenencia. No vive en los papeles ni en las formas; vive en el pulso de su gente, en la fe que no se negocia, en ese sueño que insiste en ser soñado.
En Gaiman hay un lugar donde el ayer y el hoy se miran a los ojos y se reconocen. Donde la memoria no es pasado sino presente en movimiento. Ese lugar es Argentinos del Sur.
Noventa y siete años. Y sigue latiendo como el primer día. Por muchos más.

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
Argentinos del Sur no cumple años. Desafía al tiempo. Noventa y siete inviernos y veranos después, sigue en pie como una llama que se niega a apagarse, como una bandera que no acepta rendición. Hay que marcar el calendario en rojo, sí. Pero no como un trámite; como se marcan las fechas sagradas, las que arden en la memoria colectiva.
Todo empezó en una mesa del bar Oriente, un 24 de abril de 1929, cuando un puñado de hombres —José Meschio, Emilio Gómez, Ruffo Rosales, Hugo Orozco, Miguel Villanueva, Domingo Naso, Ceferino Gatica, Eduardo Williams y Tomás Puw— decidió torcerle el brazo al destino. No fundaron solo un club: encendieron una idea, un latido, una patria chica. Lo llamaron Argentinos del Sud, pero el nombre fue apenas un detalle: lo que nació esa noche fue una identidad que no iba a conocer fronteras.
Desde entonces, esa criatura de calle oscura se vistió de celeste y blanco, como si el cielo bajara a jugar en cada cancha. Fue más que fútbol, aunque el fútbol haya sido su nave insignia, su trinchera, su grito más potente. Tuvo la primera cancha iluminada de verdad en febrero del 74, cuando la noche dejó de ser obstáculo y se convirtió en escenario. Levantó un natatorio que parece un lujo en medio de la historia, y hasta prestó su nombre para que el rugby encontrara casa cuando todavía era apenas un murmullo en el Valle.
Fue también cimiento. Cofundador de la Liga de Fútbol del Valle, donde el título tardó en llegar como llegan las cosas importantes, con sudor, con golpes, con espera. Y en ese recorrido quedaron nombres que son casi mitología. Santos, Williams, Roberts, James, Mac Burney, Sahagún, Ovejero, el inolvidable Julio Cobos, y esa leyenda que todavía respira fútbol, Narciso Ibáñez. Los Llenderosa y tantos otros que pusieron el cuerpo como escudo y el alma como combustible.

Porque Argentinos del Sur no se explica. Se siente. Es una unidad sentimental que desborda Gaiman y abraza todo el valle como un viento que no pide permiso. Vivió épocas de gloria donde todo parecía posible, y también atravesó cenizas, silencios, momentos en los que el olvido rondó como una sombra injusta. Incluso su fútbol, allá por los 90, se apagó en una fusión que murió antes de nacer, como un sueño interrumpido.
Pero hay algo que este club nunca aprendió y es a rendirse.
El fútbol volvió desde abajo, desde las formativas, como vuelven las raíces cuando nadie las ve. Y en ese regreso hay algo sagrado: la magia de volver a pisar las baldosas de la infancia, de reencontrarse con el amor en el umbral. Porque volver no es retroceder sino reafirmar quién se es.
Argentinos del Sur es eso. Una animalidad viva, indomable, que respira en cada historia, en cada recuerdo, en cada pibe que se calza la camiseta sin saber que está cargando casi un siglo de lucha y pertenencia. No vive en los papeles ni en las formas; vive en el pulso de su gente, en la fe que no se negocia, en ese sueño que insiste en ser soñado.
En Gaiman hay un lugar donde el ayer y el hoy se miran a los ojos y se reconocen. Donde la memoria no es pasado sino presente en movimiento. Ese lugar es Argentinos del Sur.
Noventa y siete años. Y sigue latiendo como el primer día. Por muchos más.