Por Pedro Méndez / Redacción de Jornada
Camila Aguirrezabala forma parte de una nueva generación de autoras patagónicas que escriben desde la intensidad de lo íntimo, sin buscar acomodarse a moldes, ni pedir permiso. En su primer libro, Cuando Todavía, construye un poemario atravesado por los vínculos, el deseo, la memoria y las zonas incómodas de la experiencia humana.
Entre climas sensibles y una escritura de fuerte pulso emocional, la autora abre un universo donde lo cotidiano puede volverse inquietante y profundamente reconocible. En esta entrevista con con Jornada,habla sobre el libro, el proceso de escritura y los temas que atraviesan sus poemas.
- La escritura aparece en tu vida primero como descarga emocional y luego como una forma de reconstrucción.¿En qué momento sentiste que esos textos ya no eran sólo personales, sino también, un libro posible?.
- La escritura apareció primero como una necesidad muy íntima, casi física. Escribía para poder atravesar cosas que no sabía cómo decir en voz alta.Durante mucho tiempo pensé esos textos como algo privado, fragmentos de supervivencia más que otra cosa. El libro apareció después, cuando volví a esos cuadernos y entendí que entre todas esas páginas había una continuidad, una conversación.
Ahí sentí que ya no eran solamente textos personales: había una experiencia compartible, algo que podía acompañar también a otras personas. Y es muy importante para mí contar que este libro no hubiera sido posible sin mi madre literaria: Julia Chaktoura, mi mentora y la persona que me acompañó en todo el recorrido para que esta obra existiera.
- Contaste que al volver a tus cuadernos, te encontraste con “otras Camilas”. ¿Cómo fue ese diálogo con versiones tuyas que quizás ya habías olvidado?.
- Fue un encuentro muy movilizante. Volver a leerme fue encontrarme con versiones mías que ya no existen del todo, pero que siguen habitándome. Algunas escribían desde el dolor, otras desde el deseo, otras desde la confusión o la rabia. Y creo que lo más fuerte fue entender que ninguna estaba equivocada: todas estaban haciendo lo que podían para sobrevivir ese momento. El libro terminó convirtiéndose también en eso, en una especie de archivo emocional de todas las mujeres que fui.
- En el libro conviven poemas escritos en distintos momentos de tu vida. ¿Qué cambia y qué permanece en esa voz que atraviesa los años?
- Cambian muchas cosas: la forma de mirar, el ritmo, incluso la manera de nombrar el amor o el dolor. Hay poemas más impulsivos y otros más conscientes del lenguaje. Pero creo que hay algo que permanece, y es cierta necesidad de honestidad. Incluso en los momentos donde escribía desde lugares muy rotos, siempre hubo una búsqueda de verdad emocional. También permanece la mirada sobre los vínculos, sobre el cuerpo, sobre la memoria y sobre las ausencias.
- Cuando la realidad social golpea tan fuerte, ¿qué cosas encontrás que la poesía puede decir mejor que la militancia o el discurso político?.
- Creo que la poesía puede entrar en lugares donde el discurso político a veces no llega. La militancia necesita consignas, claridad y fuerza colectiva. La poesía, en cambio, puede detenerse en la contradicción, en la fragilidad, en lo que todavía no tiene nombre. Y para mí eso también es profundamente político. Poder escribir el miedo, el deseo, la ternura o el cansancio en medio de una realidad tan violenta es una forma de resistencia. La poesía humaniza lo que muchas veces el discurso termina endureciendo.
- Después de una experiencia tan fuerte como un ACV, muchas personas sienten que deben reconstruirse desde cero. ¿Qué lugar ocupó la palabra en ese proceso personal?.
- Después del ACV hubo una sensación muy fuerte de extrañeza con mi propio cuerpo y conmigo misma. La palabra ocupó un lugar de reconstrucción, pero no desde la idea de “volver a ser quien era”, sino más bien desde aprender a convivir con una nueva versión mía. Escribir me permitió registrar el miedo, la vulnerabilidad y la bronca, pero también todo lo que seguía vivo. Muchas veces la escritura fue el único lugar donde podía ordenar lo que me estaba pasando.

- Hay autores que corrigen obsesivamente sus textos y otros que prefieren conservar la emoción original. En tu caso, ¿cómo fue el trabajo de reescritura de esos poemas antiguos?
- Hubo bastante reescritura, pero traté de no borrar la emoción original de esos textos. Me interesaba que el libro conservara las marcas del tiempo, incluso ciertas imperfecciones. No quería transformar completamente a esa persona que escribió los primeros poemas, porque entonces el libro perdía honestidad. El trabajo fue más bien escuchar qué necesitaba cada texto hoy: a veces era apenas un ajuste mínimo y otras veces sí había que reconstruir partes enteras.
- Dijiste algo muy potente: que el libro es una mujer dialogando con todas las que fue. Si pudieras hoy hablar con aquella Camila que escribió los primeros poemas, ya con el libro en la mano ¿qué le dirías?.
- Creo que le diría que sobrevivió a más cosas de las que imaginaba. Que muchas veces pensó que estaba escribiendo sola, para nadie, y sin embargo esos poemas iban a terminar encontrando lectoras, abrazando otras experiencias. Y también le diría que no se apure tanto en entenderlo todo. Que incluso en los momentos más oscuros estaba construyendo una voz. Una voz que años después iba a convertirse en libro, pero sobre todo en una forma de permanecer.

Por Pedro Méndez / Redacción de Jornada
Camila Aguirrezabala forma parte de una nueva generación de autoras patagónicas que escriben desde la intensidad de lo íntimo, sin buscar acomodarse a moldes, ni pedir permiso. En su primer libro, Cuando Todavía, construye un poemario atravesado por los vínculos, el deseo, la memoria y las zonas incómodas de la experiencia humana.
Entre climas sensibles y una escritura de fuerte pulso emocional, la autora abre un universo donde lo cotidiano puede volverse inquietante y profundamente reconocible. En esta entrevista con con Jornada,habla sobre el libro, el proceso de escritura y los temas que atraviesan sus poemas.
- La escritura aparece en tu vida primero como descarga emocional y luego como una forma de reconstrucción.¿En qué momento sentiste que esos textos ya no eran sólo personales, sino también, un libro posible?.
- La escritura apareció primero como una necesidad muy íntima, casi física. Escribía para poder atravesar cosas que no sabía cómo decir en voz alta.Durante mucho tiempo pensé esos textos como algo privado, fragmentos de supervivencia más que otra cosa. El libro apareció después, cuando volví a esos cuadernos y entendí que entre todas esas páginas había una continuidad, una conversación.
Ahí sentí que ya no eran solamente textos personales: había una experiencia compartible, algo que podía acompañar también a otras personas. Y es muy importante para mí contar que este libro no hubiera sido posible sin mi madre literaria: Julia Chaktoura, mi mentora y la persona que me acompañó en todo el recorrido para que esta obra existiera.
- Contaste que al volver a tus cuadernos, te encontraste con “otras Camilas”. ¿Cómo fue ese diálogo con versiones tuyas que quizás ya habías olvidado?.
- Fue un encuentro muy movilizante. Volver a leerme fue encontrarme con versiones mías que ya no existen del todo, pero que siguen habitándome. Algunas escribían desde el dolor, otras desde el deseo, otras desde la confusión o la rabia. Y creo que lo más fuerte fue entender que ninguna estaba equivocada: todas estaban haciendo lo que podían para sobrevivir ese momento. El libro terminó convirtiéndose también en eso, en una especie de archivo emocional de todas las mujeres que fui.
- En el libro conviven poemas escritos en distintos momentos de tu vida. ¿Qué cambia y qué permanece en esa voz que atraviesa los años?
- Cambian muchas cosas: la forma de mirar, el ritmo, incluso la manera de nombrar el amor o el dolor. Hay poemas más impulsivos y otros más conscientes del lenguaje. Pero creo que hay algo que permanece, y es cierta necesidad de honestidad. Incluso en los momentos donde escribía desde lugares muy rotos, siempre hubo una búsqueda de verdad emocional. También permanece la mirada sobre los vínculos, sobre el cuerpo, sobre la memoria y sobre las ausencias.
- Cuando la realidad social golpea tan fuerte, ¿qué cosas encontrás que la poesía puede decir mejor que la militancia o el discurso político?.
- Creo que la poesía puede entrar en lugares donde el discurso político a veces no llega. La militancia necesita consignas, claridad y fuerza colectiva. La poesía, en cambio, puede detenerse en la contradicción, en la fragilidad, en lo que todavía no tiene nombre. Y para mí eso también es profundamente político. Poder escribir el miedo, el deseo, la ternura o el cansancio en medio de una realidad tan violenta es una forma de resistencia. La poesía humaniza lo que muchas veces el discurso termina endureciendo.
- Después de una experiencia tan fuerte como un ACV, muchas personas sienten que deben reconstruirse desde cero. ¿Qué lugar ocupó la palabra en ese proceso personal?.
- Después del ACV hubo una sensación muy fuerte de extrañeza con mi propio cuerpo y conmigo misma. La palabra ocupó un lugar de reconstrucción, pero no desde la idea de “volver a ser quien era”, sino más bien desde aprender a convivir con una nueva versión mía. Escribir me permitió registrar el miedo, la vulnerabilidad y la bronca, pero también todo lo que seguía vivo. Muchas veces la escritura fue el único lugar donde podía ordenar lo que me estaba pasando.

- Hay autores que corrigen obsesivamente sus textos y otros que prefieren conservar la emoción original. En tu caso, ¿cómo fue el trabajo de reescritura de esos poemas antiguos?
- Hubo bastante reescritura, pero traté de no borrar la emoción original de esos textos. Me interesaba que el libro conservara las marcas del tiempo, incluso ciertas imperfecciones. No quería transformar completamente a esa persona que escribió los primeros poemas, porque entonces el libro perdía honestidad. El trabajo fue más bien escuchar qué necesitaba cada texto hoy: a veces era apenas un ajuste mínimo y otras veces sí había que reconstruir partes enteras.
- Dijiste algo muy potente: que el libro es una mujer dialogando con todas las que fue. Si pudieras hoy hablar con aquella Camila que escribió los primeros poemas, ya con el libro en la mano ¿qué le dirías?.
- Creo que le diría que sobrevivió a más cosas de las que imaginaba. Que muchas veces pensó que estaba escribiendo sola, para nadie, y sin embargo esos poemas iban a terminar encontrando lectoras, abrazando otras experiencias. Y también le diría que no se apure tanto en entenderlo todo. Que incluso en los momentos más oscuros estaba construyendo una voz. Una voz que años después iba a convertirse en libro, pero sobre todo en una forma de permanecer.