Hay datos que merecen una segunda lectura. No porque oculten algo, sino porque dicen mucho más de lo que aparentan. El último estudio nacional realizado entre estudiantes secundarios de 16 a 19 años por Pulsar.UBA (el Observatorio de Opinión Pública de la Universidad de Buenos Aires) y la Asociación Conciencia es uno de ellos.
El principal dato que emerge es que sólo el 54% de los jóvenes argentinos sostiene que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno. Aunque sigue siendo la "mayoría", habría que detenerse un instante para advertir que también implica otra cosa que debería llamar la atención: casi la mitad de quienes en pocos años tendrán un rol pleno en la vida política del país no expresa una adhesión clara al sistema democrático.
El trabajo, realizado sobre una muestra representativa de 2.494 estudiantes de escuelas públicas y privadas de todo el país (incluida Chubut), revela que un 15% considera que, en determinadas circunstancias, un gobierno autoritario puede ser preferible a uno democrático. Otro 10% afirma que le resulta indistinto vivir bajo uno u otro régimen. Y un 21% directamente no toma posición. Preocupante.

Más allá de la contundencia de los resultados, sería arriesgado concluir que se trata de una generación enamorada de las salidas autoritarias. Más bien —concluyen los autores del estudio— da la impresión de ser una generación que dejó de creer que la democracia, tal como la conocieron generaciones anteriores, sea capaz de resolver los problemas que atraviesan en su vida cotidiana. Parece una diferencia menor, pero no deja de ser importante.
Durante décadas, en la Argentina el consenso democrático fue casi incuestionable. La recuperación institucional después de la dictadura convirtió a la democracia en un valor en sí mismo. Las generaciones que vivieron la violencia política y el terrorismo de Estado no necesitaban demasiadas explicaciones para defenderla.
Inclusive, quienes nacieron en la postrimería de la dictadura alcanzaron a ser educados en ese clima de defensa irrestricta de la democracia, que incluyó la defensa de los derechos humanos como estandarte y la soberanía de Malvinas como bandera.
Pero quienes hoy tienen entre 16 y 19 años nacieron mucho después de aquel proceso político y cultural de la Argentina. Dos décadas después, para ser más precisos. La mayoría de estos jóvenes, según se desprende del trabajo de la UBA, no compara la democracia con una dictadura. La compara con su propia realidad: inflación, pobreza, desempleo, dificultades para proyectar un futuro y una dirigencia que muchas veces parece más ocupada en sus disputas personales o sectoriales que en ofrecer soluciones.
Por eso el informe encuentra una brecha entre la valoración de la democracia como ideal y la percepción sobre su funcionamiento concreto. Los jóvenes no necesariamente cuestionan el sistema. Cuestionan los resultados que ese sistema les ofrece.
También resulta significativo que el respaldo a la democracia no sea uniforme. Entre los sectores socioeconómicos más altos, el apoyo a la democracia llega al 67%, mientras que desciende al 50% entre quienes pertenecen a los sectores de menores ingresos.

Algo similar ocurre con el nivel educativo de los padres: cuando poseen formación universitaria o de posgrado, el apoyo ronda el 65%; entre quienes sólo completaron la escuela primaria, cae hasta el 44%, aumentando tanto la indiferencia como la falta de definición frente al sistema político.
No son diferencias menores. El propio estudio concluye que el entorno familiar y el capital cultural influyen de manera decisiva en la construcción de los valores democráticos. Allí donde hay mayor acceso a la educación y a bienes culturales, también hay una adhesión más firme a la democracia y un menor espacio para las alternativas autoritarias.

Esto podría explicar en parte por qué el actual proceso libertario que encabeza Javier Milei, y que financian los sectores económicos más concentrados, está tan preocupado en destruir las bases de la educación pública. Desfinanciar el sistema no sólo es conveniente para seguir sosteniendo la falacia del "déficit cero", sino también para controlar y dinamitar las usinas de pensamiento crítico, una herramienta fundamental para desarrollar cualquier sociedad.
Sin embargo, tampoco conviene interpretar estos números como una condena generacional. El mismo relevamiento de la UBA aporta un dato alentador: el 73% de los jóvenes de entre 16 y 19 años manifiesta su intención de votar cuando tenga la posibilidad de hacerlo, aunque los investigadores recuerdan que esa predisposición no siempre se traduce en participación efectiva, especialmente entre los jóvenes de 16 y 17 años, para quienes el sufragio sigue siendo optativo.

Quizá la enseñanza más importante sea otra. Cuando una parte creciente de los jóvenes deja de sentir un vínculo sólido con la democracia, no alcanza con atribuirlo a la apatía, a la influencia de las redes sociales o a una supuesta falta de compromiso cívico. También es necesario preguntarse qué hizo la política tradicional para que ese vínculo se debilitara.
En ese contexto aparecen fenómenos como el de Milei. No necesariamente porque los jóvenes rechacen la democracia, sino porque buscan respuestas distintas frente a un sistema que muchos perciben como incapaz de resolver problemas crónicos. El voto disruptivo suele ser más una expresión de frustración con quienes administran el sistema que una negación explícita de la democracia.
Tal vez, el gran desafío de los tiempos aciagos que vive la Argentina no sea convencer a los jóvenes de que la democracia vale la pena, sino hacer que la democracia vuelva a dar razones más sólidas para creer en ella.

Hay datos que merecen una segunda lectura. No porque oculten algo, sino porque dicen mucho más de lo que aparentan. El último estudio nacional realizado entre estudiantes secundarios de 16 a 19 años por Pulsar.UBA (el Observatorio de Opinión Pública de la Universidad de Buenos Aires) y la Asociación Conciencia es uno de ellos.
El principal dato que emerge es que sólo el 54% de los jóvenes argentinos sostiene que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno. Aunque sigue siendo la "mayoría", habría que detenerse un instante para advertir que también implica otra cosa que debería llamar la atención: casi la mitad de quienes en pocos años tendrán un rol pleno en la vida política del país no expresa una adhesión clara al sistema democrático.
El trabajo, realizado sobre una muestra representativa de 2.494 estudiantes de escuelas públicas y privadas de todo el país (incluida Chubut), revela que un 15% considera que, en determinadas circunstancias, un gobierno autoritario puede ser preferible a uno democrático. Otro 10% afirma que le resulta indistinto vivir bajo uno u otro régimen. Y un 21% directamente no toma posición. Preocupante.

Más allá de la contundencia de los resultados, sería arriesgado concluir que se trata de una generación enamorada de las salidas autoritarias. Más bien —concluyen los autores del estudio— da la impresión de ser una generación que dejó de creer que la democracia, tal como la conocieron generaciones anteriores, sea capaz de resolver los problemas que atraviesan en su vida cotidiana. Parece una diferencia menor, pero no deja de ser importante.
Durante décadas, en la Argentina el consenso democrático fue casi incuestionable. La recuperación institucional después de la dictadura convirtió a la democracia en un valor en sí mismo. Las generaciones que vivieron la violencia política y el terrorismo de Estado no necesitaban demasiadas explicaciones para defenderla.
Inclusive, quienes nacieron en la postrimería de la dictadura alcanzaron a ser educados en ese clima de defensa irrestricta de la democracia, que incluyó la defensa de los derechos humanos como estandarte y la soberanía de Malvinas como bandera.
Pero quienes hoy tienen entre 16 y 19 años nacieron mucho después de aquel proceso político y cultural de la Argentina. Dos décadas después, para ser más precisos. La mayoría de estos jóvenes, según se desprende del trabajo de la UBA, no compara la democracia con una dictadura. La compara con su propia realidad: inflación, pobreza, desempleo, dificultades para proyectar un futuro y una dirigencia que muchas veces parece más ocupada en sus disputas personales o sectoriales que en ofrecer soluciones.
Por eso el informe encuentra una brecha entre la valoración de la democracia como ideal y la percepción sobre su funcionamiento concreto. Los jóvenes no necesariamente cuestionan el sistema. Cuestionan los resultados que ese sistema les ofrece.
También resulta significativo que el respaldo a la democracia no sea uniforme. Entre los sectores socioeconómicos más altos, el apoyo a la democracia llega al 67%, mientras que desciende al 50% entre quienes pertenecen a los sectores de menores ingresos.

Algo similar ocurre con el nivel educativo de los padres: cuando poseen formación universitaria o de posgrado, el apoyo ronda el 65%; entre quienes sólo completaron la escuela primaria, cae hasta el 44%, aumentando tanto la indiferencia como la falta de definición frente al sistema político.
No son diferencias menores. El propio estudio concluye que el entorno familiar y el capital cultural influyen de manera decisiva en la construcción de los valores democráticos. Allí donde hay mayor acceso a la educación y a bienes culturales, también hay una adhesión más firme a la democracia y un menor espacio para las alternativas autoritarias.

Esto podría explicar en parte por qué el actual proceso libertario que encabeza Javier Milei, y que financian los sectores económicos más concentrados, está tan preocupado en destruir las bases de la educación pública. Desfinanciar el sistema no sólo es conveniente para seguir sosteniendo la falacia del "déficit cero", sino también para controlar y dinamitar las usinas de pensamiento crítico, una herramienta fundamental para desarrollar cualquier sociedad.
Sin embargo, tampoco conviene interpretar estos números como una condena generacional. El mismo relevamiento de la UBA aporta un dato alentador: el 73% de los jóvenes de entre 16 y 19 años manifiesta su intención de votar cuando tenga la posibilidad de hacerlo, aunque los investigadores recuerdan que esa predisposición no siempre se traduce en participación efectiva, especialmente entre los jóvenes de 16 y 17 años, para quienes el sufragio sigue siendo optativo.

Quizá la enseñanza más importante sea otra. Cuando una parte creciente de los jóvenes deja de sentir un vínculo sólido con la democracia, no alcanza con atribuirlo a la apatía, a la influencia de las redes sociales o a una supuesta falta de compromiso cívico. También es necesario preguntarse qué hizo la política tradicional para que ese vínculo se debilitara.
En ese contexto aparecen fenómenos como el de Milei. No necesariamente porque los jóvenes rechacen la democracia, sino porque buscan respuestas distintas frente a un sistema que muchos perciben como incapaz de resolver problemas crónicos. El voto disruptivo suele ser más una expresión de frustración con quienes administran el sistema que una negación explícita de la democracia.
Tal vez, el gran desafío de los tiempos aciagos que vive la Argentina no sea convencer a los jóvenes de que la democracia vale la pena, sino hacer que la democracia vuelva a dar razones más sólidas para creer en ella.