Por Bulin Fernández
Nadie podría imaginar que la búsqueda del trapo de la hinchada en el mismo momento que los jugadores argentinos celebraban detrás del arco con miles de seguidores aquel 15 de julio que se vencía de manera épica a Inglaterra, generaría un sacudón político en el mundo.
Cuando Giovani Lo Celso y Licha López desplegaron el cartel “Las Malvinas son Argentinas”, explotó una bomba que el mundo recogía en vivo y en directo y volvía a sacudir al país detrás de un sentimiento profundo por nuestro territorio insular.
Resultó tanta la trascendencia que el equipo encabezado por Leo Messi, al igual que aquella victoria de 1986 con los dos goles del Diego, contagió un amor incondicional con sus dichos y los hechos que permitió superar lo que significó la derrota unos días más tarde.
Idas, vueltas, multas, sanciones, dichos y hasta complicaciones de los propios deportistas argentinos que juegan en Inglaterra fueron los primeros efectos colaterales.
Lo poco imaginable tendría epicentro esta semana cuando el presidente argentino Javier Milei decidió, con una misteriosa y anunciada cadena nacional, cambiar notablemente su pensamiento para expresar que las Malvinas y las Islas del Atlántico Sur son argentinas y se toman medidas concretas en función de ese objetivo.
No fue el Milei admirador de Margaret Thatcher, responsable del asesinato de docenas de soldados a bordo de un buque fuera de la zona de exclusión cuando ordenó su ataque; ni el Milei que remarcó que serían los propios habitantes de las islas quienes determinarían su futuro.
Tampoco fue el mismo presidente que señaló que “perdimos una guerra y debemos asumir que no son nuestras” y muchas veces vociferó la lucha sin sentido de querer recuperar el territorio.
Pero todos tenemos derecho a cambiar. A modificar pensamientos y rumbos, a pensar y actuar de otra manera según las circunstancias.
El planteo del gobierno ahora es “malvinizar” la sociedad a partir de evitar que empresas vinculadas al Reino Unido operen en el sur argentino. Promete sanciones y medidas ejemplares y además inversiones en una plataforma clave en la región de la provincia de Tierra del Fuego.
La gran duda es que las leyes que deben aplicarse para sancionar ya existen y fueron sancionadas una década atrás por el Congreso de la Nación.
Y por si fuera poco, la Plataforma tiene inicios y ejecución en el anterior gobierno nacional y fue virtualmente parada por Milei con la suspensión de la obra pública. El Fondo de Financiamiento para la Defensa ya existe por ley, pero no se aplica.
Es la propia Constitución Nacional la que contempla una cuestión clave: soberanía. Ni mencionar que la Ley 26659 indica el procedimiento de aplicación de sanciones que hoy advierte Milei que se aplicarán, cuando viene permitiendo todas las actividades y hasta facilitarlas desde que asumió en 2023.
Crearían una Comisión que ya existe con participación de ambas cámaras legislativas para seguridad. Complejo al menos cuando dan participación a la Secretaría de Inteligencia.
La logística antártica no es un tema menor con la participación de Chile, Uruguay y otros países que siguen su rumbo sin comentarios ni de Cancillería y mucho menos del presidente.
Las firmas Navitas (Israel, asociada a Reino Unido) y Rockhopper ya operan hace años y no han sido siquiera advertidas, menos sus países o gobiernos.
Son curiosas y numerosas contradicciones en pocas horas y cuando el presidente de EE. UU. puso en duda su respaldo a Inglaterra sobre su invasión en Malvinas y otras latitudes colonialistas. Es ahí donde solo resta esperar los primeros resultados de las sanciones y sus reflejos en el mundo del petróleo.
Nada se dijo de la actividad pesquera y la depredación con cupos que otorgan a buques de todo el mundo en pleno mar argentino.
Habrá que esperar las sanciones contra sus amigos Eduardo Elsztain y Marcos Galperín, que tienen intereses ya puestos en Malvinas a través de otras firmas.
Ni siquiera preguntarse qué razones llevaron a transportar las reservas de oro de la Argentina, sin autorización del Congreso, a la banca de Londres o Suiza y qué puede suceder con ello ante la promesa de medidas críticas.
Existen cada vez más convicciones de café y principios de moral, vida y costumbres, pero parece que en muchas oportunidades van a la carta: según el pedido, es el menú y será, sin duda, el precio que pagará el conjunto del tejido social.
Por Bulin Fernández
Nadie podría imaginar que la búsqueda del trapo de la hinchada en el mismo momento que los jugadores argentinos celebraban detrás del arco con miles de seguidores aquel 15 de julio que se vencía de manera épica a Inglaterra, generaría un sacudón político en el mundo.
Cuando Giovani Lo Celso y Licha López desplegaron el cartel “Las Malvinas son Argentinas”, explotó una bomba que el mundo recogía en vivo y en directo y volvía a sacudir al país detrás de un sentimiento profundo por nuestro territorio insular.
Resultó tanta la trascendencia que el equipo encabezado por Leo Messi, al igual que aquella victoria de 1986 con los dos goles del Diego, contagió un amor incondicional con sus dichos y los hechos que permitió superar lo que significó la derrota unos días más tarde.
Idas, vueltas, multas, sanciones, dichos y hasta complicaciones de los propios deportistas argentinos que juegan en Inglaterra fueron los primeros efectos colaterales.
Lo poco imaginable tendría epicentro esta semana cuando el presidente argentino Javier Milei decidió, con una misteriosa y anunciada cadena nacional, cambiar notablemente su pensamiento para expresar que las Malvinas y las Islas del Atlántico Sur son argentinas y se toman medidas concretas en función de ese objetivo.
No fue el Milei admirador de Margaret Thatcher, responsable del asesinato de docenas de soldados a bordo de un buque fuera de la zona de exclusión cuando ordenó su ataque; ni el Milei que remarcó que serían los propios habitantes de las islas quienes determinarían su futuro.
Tampoco fue el mismo presidente que señaló que “perdimos una guerra y debemos asumir que no son nuestras” y muchas veces vociferó la lucha sin sentido de querer recuperar el territorio.
Pero todos tenemos derecho a cambiar. A modificar pensamientos y rumbos, a pensar y actuar de otra manera según las circunstancias.
El planteo del gobierno ahora es “malvinizar” la sociedad a partir de evitar que empresas vinculadas al Reino Unido operen en el sur argentino. Promete sanciones y medidas ejemplares y además inversiones en una plataforma clave en la región de la provincia de Tierra del Fuego.
La gran duda es que las leyes que deben aplicarse para sancionar ya existen y fueron sancionadas una década atrás por el Congreso de la Nación.
Y por si fuera poco, la Plataforma tiene inicios y ejecución en el anterior gobierno nacional y fue virtualmente parada por Milei con la suspensión de la obra pública. El Fondo de Financiamiento para la Defensa ya existe por ley, pero no se aplica.
Es la propia Constitución Nacional la que contempla una cuestión clave: soberanía. Ni mencionar que la Ley 26659 indica el procedimiento de aplicación de sanciones que hoy advierte Milei que se aplicarán, cuando viene permitiendo todas las actividades y hasta facilitarlas desde que asumió en 2023.
Crearían una Comisión que ya existe con participación de ambas cámaras legislativas para seguridad. Complejo al menos cuando dan participación a la Secretaría de Inteligencia.
La logística antártica no es un tema menor con la participación de Chile, Uruguay y otros países que siguen su rumbo sin comentarios ni de Cancillería y mucho menos del presidente.
Las firmas Navitas (Israel, asociada a Reino Unido) y Rockhopper ya operan hace años y no han sido siquiera advertidas, menos sus países o gobiernos.
Son curiosas y numerosas contradicciones en pocas horas y cuando el presidente de EE. UU. puso en duda su respaldo a Inglaterra sobre su invasión en Malvinas y otras latitudes colonialistas. Es ahí donde solo resta esperar los primeros resultados de las sanciones y sus reflejos en el mundo del petróleo.
Nada se dijo de la actividad pesquera y la depredación con cupos que otorgan a buques de todo el mundo en pleno mar argentino.
Habrá que esperar las sanciones contra sus amigos Eduardo Elsztain y Marcos Galperín, que tienen intereses ya puestos en Malvinas a través de otras firmas.
Ni siquiera preguntarse qué razones llevaron a transportar las reservas de oro de la Argentina, sin autorización del Congreso, a la banca de Londres o Suiza y qué puede suceder con ello ante la promesa de medidas críticas.
Existen cada vez más convicciones de café y principios de moral, vida y costumbres, pero parece que en muchas oportunidades van a la carta: según el pedido, es el menú y será, sin duda, el precio que pagará el conjunto del tejido social.