Por Esteban Gallo
"Están viendo cómo un cordillerano que no entiende nada de la costa, está resolviendo cosas que hacía 20 años necesitaban solución".
La frase grandilocuente pertenece al secretario de Turismo provincial Diego Lapenna, quien salió al cruce de las críticas recibidas por los prestadores de Puerto Madryn que están decepcionados con su performance.
Los cuestionamientos al funcionario se escuchan desde el primer día y se mantienen firmes, tras tres años de gestión.
Lo que molesta a los operadores no es el lugar de procedencia de Lapenna, sino su falta de conocimiento y compromiso con la realidad de la costa, que no atienda los problemas de la zona y que no escuche a los referentes del sector.
La arrogancia con la que se maneja el funcionario tampoco contribuye a mejorar su imagen. Hacerse autobombo y presentarse como el hombre que llegó para hacer lo que nadie hizo en 20 años no solo es una fabulación, sino que exhibe una vanidad difícil de tolerar.
Infiero que la alharaca del Secretario guarda relación con el proyecto de snorkeling con ballenas que vienen reclamando las operadoras de buceo de Madryn, una iniciativa que este periodista apoya fervientemente. Pero, por ahora, hay mucho ruido y pocas nueces. Debería reservar las fanfarrias para cuando haya algo concreto para celebrar.
En él, nada es lo que parece. Lapenna se muestra como un hombre con carácter, aunque su temperamento se diluye cuando se lo contrasta con algunos hechos ocurridos durante su gestión.
En enero de este año, la familia Ferro, decidió cerrar con candado los caminos que conducen a los miradores de la pinguinera y de Boca de la Caleta, dos sitios emblemáticos de Península Valdés. La falta de determinación con la que el Secretario de Turismo abordó el asunto dejó perplejo a todo el sector turístico de la región. Se armó tal escándalo que un prestador indignado con el funcionario llegó a decir que “El ministro Lapenna está pintado”, lo calificó como “un cervecero que no sabe nada de turismo” y remató sin eufemismos: “si le pica la cabeza, seguro se rasca el culo”.
Como se puede apreciar, el secretario de Turismo se autopercibe un genio, pero la fábula que pretende instalar no la compra nadie.
Volviendo a los Ferro, son los mismos terratenientes que cerraron el ingreso a Punta Pardelas con tranquera y candado, con la complicidad del Estado que debería intervenir para garantizar el derecho que tenemos los ciudadanos de ingresar libremente a las playas.
¿Qué hace Lapenna con eso? Ni los denuncia ni los enfrenta, al contrario, los premia otorgándoles un servicio de cabalgatas en Península Valdés. El broche del absurdo y el remate de una historia difícil de explicar.
Sin embargo, circunscribir el malestar que despierta la gestión de Lapenna a la costa de Chubut es mirar apenas una parte del problema. Hace dos días, en su terruño cordillerano, defraudó a los concejales que lo convocaron para hablar de la malaria que sufren empresarios, comerciantes y prestadores de Esquel.
Allí se lo cuestiona por la falta de firmeza con la que el Secretario aborda el comportamiento de los gerenciadores del Centro Recreativo de Montaña La Hoya, que toman decisiones unilaterales de espaldas a la comunidad, “ninguneando” a quienes sostienen la actividad turística cordillerana.
Tampoco pasan desapercibidas algunas iniciativas de Lapenna que son anunciadas con bombos y platillos y terminan en sonoros fracasos. Sus famosos workshop en Brasil publicitados como herramientas extraordinarias destinadas a fortalecer la presencia del destino en el mercado del hermano país, han sido fracasos rotundos.
Como conclusión: una cosa es la imagen que el Secretario de Turismo tiene de sí mismo y otra muy distinta es la que proyecta sobre quienes tienen que lidiar con su gestión. Una cosa es el relato, y otra muy distinta es la realidad.
Diego Lapenna ha quedado envuelto en la fantasía que construyó sobre su propia gestión. Por eso dice “sin ponerse colorado” que está resolviendo los problemas de la costa que hace 20 años no tienen solución.
¡Qué atrevido! Lo expresa en la tierra de Antonio Torrejón, que siendo lo inmenso que fue, nunca alardeó de sus logros ni vociferó sus méritos ni necesitó vender su gestión. Fueron sus hechos los que construyeron su prestigio.
Una lección de humildad que a Lapenna no le vendría nada mal aprender.
Por Esteban Gallo
"Están viendo cómo un cordillerano que no entiende nada de la costa, está resolviendo cosas que hacía 20 años necesitaban solución".
La frase grandilocuente pertenece al secretario de Turismo provincial Diego Lapenna, quien salió al cruce de las críticas recibidas por los prestadores de Puerto Madryn que están decepcionados con su performance.
Los cuestionamientos al funcionario se escuchan desde el primer día y se mantienen firmes, tras tres años de gestión.
Lo que molesta a los operadores no es el lugar de procedencia de Lapenna, sino su falta de conocimiento y compromiso con la realidad de la costa, que no atienda los problemas de la zona y que no escuche a los referentes del sector.
La arrogancia con la que se maneja el funcionario tampoco contribuye a mejorar su imagen. Hacerse autobombo y presentarse como el hombre que llegó para hacer lo que nadie hizo en 20 años no solo es una fabulación, sino que exhibe una vanidad difícil de tolerar.
Infiero que la alharaca del Secretario guarda relación con el proyecto de snorkeling con ballenas que vienen reclamando las operadoras de buceo de Madryn, una iniciativa que este periodista apoya fervientemente. Pero, por ahora, hay mucho ruido y pocas nueces. Debería reservar las fanfarrias para cuando haya algo concreto para celebrar.
En él, nada es lo que parece. Lapenna se muestra como un hombre con carácter, aunque su temperamento se diluye cuando se lo contrasta con algunos hechos ocurridos durante su gestión.
En enero de este año, la familia Ferro, decidió cerrar con candado los caminos que conducen a los miradores de la pinguinera y de Boca de la Caleta, dos sitios emblemáticos de Península Valdés. La falta de determinación con la que el Secretario de Turismo abordó el asunto dejó perplejo a todo el sector turístico de la región. Se armó tal escándalo que un prestador indignado con el funcionario llegó a decir que “El ministro Lapenna está pintado”, lo calificó como “un cervecero que no sabe nada de turismo” y remató sin eufemismos: “si le pica la cabeza, seguro se rasca el culo”.
Como se puede apreciar, el secretario de Turismo se autopercibe un genio, pero la fábula que pretende instalar no la compra nadie.
Volviendo a los Ferro, son los mismos terratenientes que cerraron el ingreso a Punta Pardelas con tranquera y candado, con la complicidad del Estado que debería intervenir para garantizar el derecho que tenemos los ciudadanos de ingresar libremente a las playas.
¿Qué hace Lapenna con eso? Ni los denuncia ni los enfrenta, al contrario, los premia otorgándoles un servicio de cabalgatas en Península Valdés. El broche del absurdo y el remate de una historia difícil de explicar.
Sin embargo, circunscribir el malestar que despierta la gestión de Lapenna a la costa de Chubut es mirar apenas una parte del problema. Hace dos días, en su terruño cordillerano, defraudó a los concejales que lo convocaron para hablar de la malaria que sufren empresarios, comerciantes y prestadores de Esquel.
Allí se lo cuestiona por la falta de firmeza con la que el Secretario aborda el comportamiento de los gerenciadores del Centro Recreativo de Montaña La Hoya, que toman decisiones unilaterales de espaldas a la comunidad, “ninguneando” a quienes sostienen la actividad turística cordillerana.
Tampoco pasan desapercibidas algunas iniciativas de Lapenna que son anunciadas con bombos y platillos y terminan en sonoros fracasos. Sus famosos workshop en Brasil publicitados como herramientas extraordinarias destinadas a fortalecer la presencia del destino en el mercado del hermano país, han sido fracasos rotundos.
Como conclusión: una cosa es la imagen que el Secretario de Turismo tiene de sí mismo y otra muy distinta es la que proyecta sobre quienes tienen que lidiar con su gestión. Una cosa es el relato, y otra muy distinta es la realidad.
Diego Lapenna ha quedado envuelto en la fantasía que construyó sobre su propia gestión. Por eso dice “sin ponerse colorado” que está resolviendo los problemas de la costa que hace 20 años no tienen solución.
¡Qué atrevido! Lo expresa en la tierra de Antonio Torrejón, que siendo lo inmenso que fue, nunca alardeó de sus logros ni vociferó sus méritos ni necesitó vender su gestión. Fueron sus hechos los que construyeron su prestigio.
Una lección de humildad que a Lapenna no le vendría nada mal aprender.