Cuando la memoria se vuelve combate

A casi medio siglo del secuestro y la tortura de su madre durante la última dictadura, Mario Esteban Cugura regresó al lugar donde vivió su peor pesadilla. En un desgarrador testimonio, reconstruyó el horror de su infancia, la última despedida de su madre y el largo camino hasta reencontrarse con su familia en Rawson. Un relato de memoria, dolor y amor que transforma una herida personal en un acto de lucha contra el olvido.


14 OCT 2026 - 15:31 | Actualizado 14 OCT 2026 - 17:00

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Hay heridas que el tiempo no cierra. Apenas les pone una costra para que podamos seguir caminando. Pero basta volver al lugar donde empezó todo para que la sangre de la memoria vuelva a correr. Porque hay casas que dejan de ser casas, calles que se convierten en pesadillas y paredes que, aun después de medio siglo, siguen devolviendo los gritos que la dictadura quiso sepultar bajo el cemento del olvido.

Mario Esteban Cugura, Marito, volvió. Se animó a regresar al escenario de su peor pesadilla. Y escribió.

“Cuento... ese es el último lugar en el que estuvimos con mi vieja y mi tía. Ahí fue cuando jugaba en la escalera y me tocaron la espalda preguntando por mi vieja.

Ahí subieron todos los milicos de civil llenos de armas. Ese lugar como una enorme cicatriz hoy cerrada continúa llamándome. Lugar de mi peor pesadilla. Ahí golpearon, torturaron a mi vieja, indefensa... Mariano y yo estábamos encerrados en la casa de los vecinos, mientras transcurría la barbarie. Cuando pudimos entrar a verla, ya muy golpeada y ensangrentada mamá se sacó una cadenita de la virgen y me dijo "Nuca te olvides que te llamas Mario Cugura y que tus abuelos viven en Rawson" y esa fue la última vez que escuché su voz... nos volvieron a encerrar en la casa de los vecinos y cuando logré abrir la puerta la vi pasar entre todos los torturadores, con una toalla en la cabeza llena de sangre. Y esa fue la última vez que vi a mi vieja con vida. En ese lugar nos dejaron solos... mariano de 2 años y medio y yo de 6... de ahí nos llevaron a un juez y de ahí al Orfanato de La Plata. Casi un año. Hasta que al final encontraron a mi familia y nos devolvieron a Rawson...

Lugar de mierda. El año pasado me anime a ir y así cerrar esa enorme cicatriz en el alma.

Vieja te amo, ahora y Siempre.

Son 30.000

Mis viejos presentes!!!”

Así escribió Marito. Militante de la vida. Militante de la memoria. Militante contra ese olvido que nunca es inocente, porque cuando se olvida a las víctimas también se les concede una victoria póstuma a sus verdugos.

Volvió a aquella casa para mirar de frente al monstruo. No para reconciliarse con el horror, sino para arrancarle un pedazo de su poder. Para decirle a la infancia que le robaron que todavía estaba ahí. Para abrazar, aunque fuera desde la memoria, a la madre que le arrancaron de los brazos. Para recordar que, incluso en el corazón de la barbarie, una mujer ensangrentada encontró fuerzas para dejarle a su hijo una última instrucción. No olvides quién sos.

Y Marito no olvidó.

Porque la historia de los Cugura no es solamente la historia de una familia atravesada por el terrorismo de Estado. Es la historia de una identidad que sobrevivió a la desaparición, de una memoria que se negó a obedecer y de un amor que siguió buscando a sus muertos cuando los asesinos ya apostaban al silencio.

Es también una historia de Rawson. De sus raíces, de sus ausencias, de sus heridas. De una ciudad que lleva en su memoria las marcas de una época en la que ser militante, tener determinadas ideas o simplemente pertenecer a una familia señalada podía convertirse en una condena.

Una foto del ayer. Una mirada del hoy.

Una familia en la mira de la maquinaria criminal

Juan Cugura nació el 7 de junio de 1946 en Esquel. De chico se radicó en Rawson. Era carpintero, militaba en la Juventud Peronista y sus compañeros lo conocían como el Negro Ceferino, Cefe. Trabajaba la madera con sus manos y soñaba, como tantos jóvenes de aquellos años, con transformar la sociedad en la que vivía.

Estaba en pareja con Olga Noemí Casado, a quien llamaban Julia. Cuando la dictadura comenzó a desplegar su maquinaria de persecución, Olga estaba embarazada de ocho meses.

El 10 de octubre de 1977 desapareció José Esteban Cugura (Chamaco), hermano de Juan.

Al día siguiente, Juan salió a buscarlo.

La búsqueda de un hermano se convirtió en el camino hacia la propia desaparición. En la Argentina del terrorismo de Estado, el amor, la solidaridad y la voluntad de saber podían ser considerados actos peligrosos. La dictadura no se conformaba con secuestrar personas; también pretendía destruir los vínculos que las sostenían, sembrar el miedo entre sus familias y convertir la incertidumbre en una condena sin fecha de vencimiento.

Juan desapareció. José desapareció. Y el terror siguió avanzando sobre los que quedaban.

Olga, embarazada y sin noticias de su compañero, buscó refugio en la casa de Elisa Cayul, su concuñada. Pero el refugio duró poco. Olga salió a hacer las compras y no regresó. Después fueron por Elisa. La secuestraron delante de sus hijos.

El mensaje era brutal. Nadie estaba a salvo. Ni los adultos, ni los ancianos, ni los niños. Ni siquiera las paredes de una casa podían proteger a una familia cuando el Estado había convertido el secuestro, la tortura y la desaparición en instrumentos de su política represiva.

Los chicos quedaron solos.

Mario tenía seis años. Mariano, apenas dos años y medio.

A esa edad, los niños deberían aprender los nombres de los árboles, descubrir el mundo detrás de una pelota, correr por las veredas y esperar el regreso de sus padres. Marito tuvo que aprender algo mucho más cruel. Que los hombres armados podían llevarse a su madre, que la sangre podía manchar una infancia y que una puerta cerrada podía separar para siempre el mundo conocido de un abismo sin respuestas.

Mientras Elisa era torturada, sus hijos permanecían encerrados en la casa de unos vecinos. La violencia no se detuvo ante ellos. También los alcanzó, aunque de otra manera. En el miedo, en la separación, en el desamparo y en esa pregunta que ningún niño debería tener que formularse ¿Dónde está mi mamá?

Cuando pudieron verla, Elisa estaba golpeada y ensangrentada. Se quitó una cadenita con la imagen de la Virgen y se la entregó a Mario. Le pidió que no olvidara su nombre ni el lugar donde vivían sus abuelos.

Fue su último mensaje.

No tenía un discurso preparado. No había tiempo para despedidas largas ni promesas de regreso. Había una madre sometida a la violencia y un niño que necesitaba conservar algo a lo que aferrarse cuando todo lo demás desapareciera.

Le dejó su nombre.

Le dejó su origen.

Le dejó una dirección hacia la vida.

Después volvieron a encerrar a los chicos. Mario consiguió abrir la puerta y vio pasar a su madre entre sus torturadores, con una toalla ensangrentada alrededor de la cabeza. Fue la última vez que la vio con vida.

En aquella escena se concentra todo el horror del terrorismo de Estado. La violencia ejercida sobre una mujer indefensa, la desaparición como método, la infancia convertida en testigo de la barbarie y dos hermanos abandonados en un mundo del que los adultos que debían protegerlos habían sido arrancados por la fuerza.

Pero también quedó allí, en medio de la destrucción, una semilla que los represores no consiguieron arrancar que fue (y es) la memoria y un apellido como trinchera

Mario y Mariano fueron llevados ante un juez y luego terminaron en el orfanato menores de La Plata. Lejos de Rawson, lejos de sus raíces, lejos de los abuelos y tíos que podían devolverles algo parecido a un hogar, quedaron atrapados en la maquinaria burocrática que siguió a la violencia clandestina.

En ese territorio de la incertidumbre, Mario sostuvo lo único que podía defender cual era su identidad.

Se llamaba Cugura. Sus abuelos vivían en Rawson.

No era un dato menor. Era un hilo tendido sobre el precipicio. Un niño de seis años, separado de sus padres y de su casa, se aferraba a su apellido como quien se aferra a una tabla en medio de un naufragio.

La familia logró recuperarlos después de meses de gestiones. El relato de Marito habla de casi un año en el orfanato; tal vez, menos. En cualquier caso, para dos chicos arrancados de su mundo, el tiempo debió medirse de otra manera. Por las noches sin sus padres, por las preguntas sin respuesta y por la esperanza de volver a escuchar una voz conocida.

Regresaron a Rawson.

Pero volver no significaba recuperar lo perdido. La casa podía estar en otro lugar, los familiares podían abrirles los brazos y la vida podía volver a ofrecerles alguna rutina. Sin embargo, había una ausencia que no podía llenarse. Juan no estaba, Olga tampoco. José seguía desaparecido y Elisa también.

La dictadura había querido quebrar una familia y borrar sus nombres. No lo consiguió del todo. Los sobrevivientes siguieron llevando esos nombres por el mundo, pronunciándolos, transmitiéndolos. La memoria se convirtió en una herencia que no se entrega en un testamento, sino que se sostiene todos los días.

Marito creció. La infancia quedó atrás, pero no desapareció. Hay recuerdos que no envejecen. Permanecen agazapados, esperando que un olor, una fotografía, una calle o una puerta vuelvan a abrir el pasado.

Por eso regresar a aquella casa no fue una excursión al ayer. Fue una batalla íntima contra el poder que el horror conserva sobre quienes lo padecieron.
El año pasado, Mario se animó.

Volvió al lugar donde le arrebataron a su madre. Volvió a la escalera, a la casa, al escenario de aquella noche interminable. Y escribió para que otros supieran que las huellas de la dictadura no quedaron encerradas en los archivos judiciales ni en los libros de historia.

Siguen viviendo en los cuerpos, en las familias, en las ciudades y en los silencios que duran décadas.
La casa es una cicatriz. Pero una cicatriz también demuestra que hubo una herida y que el cuerpo, de alguna manera, sobrevivió.

La foto, décadas después, a la esquina en Sarandí.

La tierra devolvió dos nombres

Décadas después, la búsqueda obtuvo una respuesta parcial.

En el cementerio de La Plata, los restos de dos personas enterradas como NN pudieron recuperar sus identidades mediante los análisis genéticos realizados por el Equipo Argentino de Antropología Forense.

Eran Juan Cugura y Olga Noemí Casado.

Los habían enterrado sin nombre, como si la muerte pudiera completar lo que el secuestro había comenzado. Como si bastara ocultar un cuerpo para borrar una existencia y la tierra fuera capaz de guardar eternamente el secreto de los asesinos.

Pero la tierra también conserva pruebas.

Los restos hablaron. La ciencia reconstruyó lo que el terror había intentado destruir. Los nombres regresaron desde el anonimato impuesto y Juan y Olga dejaron de ser dos cuerpos sin identificar para volver a ser lo que siempre habían sido; esas personas con una historia, una familia, una militancia, hijos y una vida que nadie tenía derecho a arrebatarles.

La identificación no repara el crimen. No devuelve los abrazos perdidos ni reconstruye la infancia de sus hijos. Tampoco cierra la búsqueda de una familia que todavía tiene preguntas sin respuesta.

Pero devuelve algo fundamental que es la verdad.

Y en un país donde hubo un plan sistemático para desaparecer personas, conocer la verdad sobre el destino de las víctimas es también una forma de justicia.

No todos regresaron.

José Esteban Cugura continúa desaparecido. Elisa Cayul y su hijo quien naciera en cautiverio en (La Cacha) también. Sus destinos siguen reclamando respuestas. En el mapa familiar todavía hay espacios en blanco, nombres que no encontraron descanso y preguntas que los años no consiguieron silenciar.

La búsqueda no terminó.

Porque desaparecido no significa olvidado. Significa que alguien sigue esperando una respuesta, que una familia continúa reclamando verdad y que el Estado tiene una deuda mientras no se esclarezca el destino de cada víctima.

La hija que la dictadura quiso borrar

La historia de los Cugura tiene otra herida, una de las más perversas que dejó el terrorismo de Estado como fue la apropiación de niños.

La hija de Juan y Olga nació en cautiverio, entre noviembre de 1977 y enero de 1978, según las reconstrucciones de su historia. Se presume que su nacimiento ocurrió en el centro clandestino de detención conocido como Puesto Vasco.

Llegó al mundo cuando sus padres estaban desaparecidos. Fue separada de su historia y apropiada por quienes pretendieron convertir un crimen en una vida falsa. La identidad que le correspondía fue reemplazada por otra, y la familia biológica quedó privada de conocerla, abrazarla y contarle de dónde venía.

La dictadura no se conformó con perseguir y asesinar. También quiso apropiarse del futuro. Pretendió decidir qué niños podían conocer su origen, qué apellidos podían llevar y qué verdad les sería permitida.

Pero ni siquiera ese crimen consiguió ser definitivo.

Las Abuelas de Plaza de Mayo sostuvieron durante años la búsqueda de los niños apropiados. Contra el silencio, contra las mentiras y contra el paso del tiempo, insistieron en que la identidad no era una concesión de los apropiadores, sino un derecho.

La hija de Juan y Olga fue recuperada como la Nieta N°93 de Abuelas de Plaza de Mayo.

El número identifica una restitución, pero detrás de esa cifra hay una vida entera. Una mujer que pudo conocer su origen. Una familia que recuperó una parte de su historia y un árbol genealógico que volvió a echar raíces allí donde alguien había intentado cortarlas.

Cuando el Juzgado Federal N.º 1 de La Plata le notificó que era hija de Olga Casado y Juan Cugura, no se limitó a corregir un dato en un documento, sino que restituyó una verdad fundamental como quién era, de dónde venía y qué historia le habían ocultado.

La identidad recuperada no devuelve los años robados. No borra la apropiación ni repara el asesinato de sus padres; pero rompe la última pretensión de los apropiadores como la de tener la palabra final sobre la vida de otra persona.

La verdad, una vez más, se abrió paso.

La memoria como militancia

Mario lo dice con una serenidad que duele. No pierde la esperanza de encontrar primero a su hermano nacido en cautiverio a sus padres para darles una sepultura de paz.

La frase parece sencilla. No lo es.

Habla un hombre que perdió a su madre cuando era un niño, que fue arrancado de su casa, que creció con preguntas imposibles y que décadas después todavía espera encontrar respuestas. Habla alguien a quien le robaron una parte de la infancia, pero que se niega a entregarles también el futuro a quienes hicieron posible esa tragedia.

Buscar a los desaparecidos es una forma de militancia. Nombrarlos es una forma de resistencia. Y volver al lugar del horror y contar lo sucedido es una manera de impedir que los verdugos se queden con la última palabra.

Por eso el posteo de Marito trasciende el recuerdo personal. Es una declaración política. No en el sentido partidario y estrecho con el que algunos pretenden reducir la memoria, sino en el más profundo; como el de defender la vida, la identidad, la verdad y la dignidad humana frente a la violencia organizada desde el poder.

La dictadura quiso convertir a los desaparecidos en una cifra sin rostro, en un expediente sin cuerpo, en una ausencia sin historia. Quiso que sus hijos crecieran sin saber quiénes habían sido sus padres y quiso que el miedo hiciera el trabajo que las armas no podían terminar.

Pero los nombres sobrevivieron.

Juan. José. Olga. Elisa.

Y detrás de ellos, una familia que se negó a aceptar el silencio como destino.

Hay algo profundamente subversivo en un hombre que, después de tantos años, vuelve al lugar donde vio por última vez a su madre y escribe: «Vieja, te amo, ahora y siempre».

Porque el amor es también una forma de desobediencia cuando el poder pretende imponer el olvido. Porque recordar es devolverles a las víctimas aquello que sus verdugos quisieron quitarles para siempre. Esa condición de personas, sus vínculos, sus historias, su lugar en el mundo.

Y porque un niño que recibió de su madre una cadenita y una instrucción logró convertir aquel último mensaje en una bandera que todavía flamea.
"Nunca te olvides que te llamás Mario Cugura y que tus abuelos viven en Rawson".

En esa frase cabe mucho más que una despedida. Cabe una identidad amenazada, una madre intentando proteger a su hijo hasta el último instante y una historia que atravesó décadas sin resignarse a desaparecer.

Marito no olvidó. Su familia no olvidó. Rawson no debería olvidar.

Juan y José en la memoria.

Que el olvido no tenga la última palabra

Hay familias que heredan propiedades, fortunas o apellidos ilustres. Los Cugura heredaron una búsqueda, una ausencia y una lucha que no eligieron. Pero también heredaron una fuerza que el terrorismo de Estado no pudo destruir como esa capacidad de seguir adelante sin renunciar a la verdad.

La historia de los Cugura no es una historia terminada. Mientras José y Elisa sigan desaparecidos, su hijo sin su verdadera identidad, mientras queden preguntas por responder, mientras haya heridas que reclamen justicia, el pasado continuará golpeando las puertas del presente.

No se trata de vivir encadenados al dolor. Se trata de comprender que no puede construirse un futuro digno sobre la mentira, que ninguna reconciliación impuesta puede reemplazar a la verdad y que ningún discurso sobre la paz puede exigirles silencio a quienes todavía buscan a sus seres queridos.

Hay noches que duran años. Hay sombras que sobreviven a sus propios verdugos y hay casas que conservan, detrás de sus paredes, los ecos de una barbarie que la historia no puede darse el lujo de olvidar.

Pero también hay hombres que regresan, niños que sobreviven, familias que buscan, abuelas que encuentran, científicos que identifican y nombres que vuelven a pronunciarse. Y una sociedad que, cada vez que recupera una verdad, le arranca un pedazo de territorio a la impunidad.

Por eso, cuando Marito escribe que son 30.000, no está hablando solamente de una cifra. Está reivindicando una memoria colectiva, una lucha que atraviesa generaciones y una exigencia que continúa vigente. Verdad, memoria y justicia.

Son los desaparecidos que todavía buscamos. Son los hijos y las hijas que recuperaron su identidad. Son las familias que siguen esperando. Y son las voces que la dictadura quiso apagar y que regresan cada vez que alguien se atreve a contar lo sucedido.

Son Juan. Son José. Son Olga. Son Elisa. Son todos los nombres que el terror quiso convertir en silencio.

Y es Marito, aquel chico de seis años que aprendió demasiado pronto lo que significaba perderlo todo, quien hoy vuelve a hablarnos desde la herida para recordarnos que la memoria no es una ceremonia ni una fecha en el calendario. Es una responsabilidad. Es una forma de justicia. Es una trinchera contra quienes pretenden reescribir la historia o convertir los crímenes de la dictadura en una discusión sin víctimas ni responsables.

La casa sigue allí. La cicatriz también.

Pero ya no habla solamente del horror. Habla de una madre que, aun ensangrentada, quiso salvar la identidad de su hijo. De dos hermanos que sobrevivieron. De una familia que jamás dejó de buscar, de una hija que recuperó su origen y de los desaparecidos que todavía reclaman verdad.

Y habla, sobre todo, de una promesa que atravesó el tiempo.

No olvidar.

No callar.

No rendirse.

Porque los verdugos quisieron desaparecer a los Cugura, pero no pudieron borrar su historia. Quisieron llevarse sus nombres, pero los nombres volvieron. Quisieron destruir sus vínculos, pero el amor sobrevivió a la barbarie.

A los 30.000 no los desapareció el olvido. Los sostiene la memoria de un pueblo que se niega a bajar los brazos.

Y mientras Marito siga nombrando a su vieja, a su hermano que busca y espera encontrar, mientras alguien busque a José y a Elisa, mientras cada identidad robada encuentre el camino de regreso, la dictadura no habrá conseguido su victoria más ambiciosa.

Porque hay crímenes que no prescriben en la conciencia de un pueblo. Porque hay ausencias que se convierten en bandera. Porque hay heridas que no se cierran mientras falte verdad. Y porque, frente al terror, frente a la impunidad y frente a quienes apuestan al olvido, los Cugura siguen diciendo, con la obstinación de las raíces y la fuerza de la memoria “Acá estamos. No nos borraron. No nos van a borrar. Son 30.000. Los viejos están presentes”.

Ahora y siempre.


14 OCT 2026 - 15:31

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Hay heridas que el tiempo no cierra. Apenas les pone una costra para que podamos seguir caminando. Pero basta volver al lugar donde empezó todo para que la sangre de la memoria vuelva a correr. Porque hay casas que dejan de ser casas, calles que se convierten en pesadillas y paredes que, aun después de medio siglo, siguen devolviendo los gritos que la dictadura quiso sepultar bajo el cemento del olvido.

Mario Esteban Cugura, Marito, volvió. Se animó a regresar al escenario de su peor pesadilla. Y escribió.

“Cuento... ese es el último lugar en el que estuvimos con mi vieja y mi tía. Ahí fue cuando jugaba en la escalera y me tocaron la espalda preguntando por mi vieja.

Ahí subieron todos los milicos de civil llenos de armas. Ese lugar como una enorme cicatriz hoy cerrada continúa llamándome. Lugar de mi peor pesadilla. Ahí golpearon, torturaron a mi vieja, indefensa... Mariano y yo estábamos encerrados en la casa de los vecinos, mientras transcurría la barbarie. Cuando pudimos entrar a verla, ya muy golpeada y ensangrentada mamá se sacó una cadenita de la virgen y me dijo "Nuca te olvides que te llamas Mario Cugura y que tus abuelos viven en Rawson" y esa fue la última vez que escuché su voz... nos volvieron a encerrar en la casa de los vecinos y cuando logré abrir la puerta la vi pasar entre todos los torturadores, con una toalla en la cabeza llena de sangre. Y esa fue la última vez que vi a mi vieja con vida. En ese lugar nos dejaron solos... mariano de 2 años y medio y yo de 6... de ahí nos llevaron a un juez y de ahí al Orfanato de La Plata. Casi un año. Hasta que al final encontraron a mi familia y nos devolvieron a Rawson...

Lugar de mierda. El año pasado me anime a ir y así cerrar esa enorme cicatriz en el alma.

Vieja te amo, ahora y Siempre.

Son 30.000

Mis viejos presentes!!!”

Así escribió Marito. Militante de la vida. Militante de la memoria. Militante contra ese olvido que nunca es inocente, porque cuando se olvida a las víctimas también se les concede una victoria póstuma a sus verdugos.

Volvió a aquella casa para mirar de frente al monstruo. No para reconciliarse con el horror, sino para arrancarle un pedazo de su poder. Para decirle a la infancia que le robaron que todavía estaba ahí. Para abrazar, aunque fuera desde la memoria, a la madre que le arrancaron de los brazos. Para recordar que, incluso en el corazón de la barbarie, una mujer ensangrentada encontró fuerzas para dejarle a su hijo una última instrucción. No olvides quién sos.

Y Marito no olvidó.

Porque la historia de los Cugura no es solamente la historia de una familia atravesada por el terrorismo de Estado. Es la historia de una identidad que sobrevivió a la desaparición, de una memoria que se negó a obedecer y de un amor que siguió buscando a sus muertos cuando los asesinos ya apostaban al silencio.

Es también una historia de Rawson. De sus raíces, de sus ausencias, de sus heridas. De una ciudad que lleva en su memoria las marcas de una época en la que ser militante, tener determinadas ideas o simplemente pertenecer a una familia señalada podía convertirse en una condena.

Una foto del ayer. Una mirada del hoy.

Una familia en la mira de la maquinaria criminal

Juan Cugura nació el 7 de junio de 1946 en Esquel. De chico se radicó en Rawson. Era carpintero, militaba en la Juventud Peronista y sus compañeros lo conocían como el Negro Ceferino, Cefe. Trabajaba la madera con sus manos y soñaba, como tantos jóvenes de aquellos años, con transformar la sociedad en la que vivía.

Estaba en pareja con Olga Noemí Casado, a quien llamaban Julia. Cuando la dictadura comenzó a desplegar su maquinaria de persecución, Olga estaba embarazada de ocho meses.

El 10 de octubre de 1977 desapareció José Esteban Cugura (Chamaco), hermano de Juan.

Al día siguiente, Juan salió a buscarlo.

La búsqueda de un hermano se convirtió en el camino hacia la propia desaparición. En la Argentina del terrorismo de Estado, el amor, la solidaridad y la voluntad de saber podían ser considerados actos peligrosos. La dictadura no se conformaba con secuestrar personas; también pretendía destruir los vínculos que las sostenían, sembrar el miedo entre sus familias y convertir la incertidumbre en una condena sin fecha de vencimiento.

Juan desapareció. José desapareció. Y el terror siguió avanzando sobre los que quedaban.

Olga, embarazada y sin noticias de su compañero, buscó refugio en la casa de Elisa Cayul, su concuñada. Pero el refugio duró poco. Olga salió a hacer las compras y no regresó. Después fueron por Elisa. La secuestraron delante de sus hijos.

El mensaje era brutal. Nadie estaba a salvo. Ni los adultos, ni los ancianos, ni los niños. Ni siquiera las paredes de una casa podían proteger a una familia cuando el Estado había convertido el secuestro, la tortura y la desaparición en instrumentos de su política represiva.

Los chicos quedaron solos.

Mario tenía seis años. Mariano, apenas dos años y medio.

A esa edad, los niños deberían aprender los nombres de los árboles, descubrir el mundo detrás de una pelota, correr por las veredas y esperar el regreso de sus padres. Marito tuvo que aprender algo mucho más cruel. Que los hombres armados podían llevarse a su madre, que la sangre podía manchar una infancia y que una puerta cerrada podía separar para siempre el mundo conocido de un abismo sin respuestas.

Mientras Elisa era torturada, sus hijos permanecían encerrados en la casa de unos vecinos. La violencia no se detuvo ante ellos. También los alcanzó, aunque de otra manera. En el miedo, en la separación, en el desamparo y en esa pregunta que ningún niño debería tener que formularse ¿Dónde está mi mamá?

Cuando pudieron verla, Elisa estaba golpeada y ensangrentada. Se quitó una cadenita con la imagen de la Virgen y se la entregó a Mario. Le pidió que no olvidara su nombre ni el lugar donde vivían sus abuelos.

Fue su último mensaje.

No tenía un discurso preparado. No había tiempo para despedidas largas ni promesas de regreso. Había una madre sometida a la violencia y un niño que necesitaba conservar algo a lo que aferrarse cuando todo lo demás desapareciera.

Le dejó su nombre.

Le dejó su origen.

Le dejó una dirección hacia la vida.

Después volvieron a encerrar a los chicos. Mario consiguió abrir la puerta y vio pasar a su madre entre sus torturadores, con una toalla ensangrentada alrededor de la cabeza. Fue la última vez que la vio con vida.

En aquella escena se concentra todo el horror del terrorismo de Estado. La violencia ejercida sobre una mujer indefensa, la desaparición como método, la infancia convertida en testigo de la barbarie y dos hermanos abandonados en un mundo del que los adultos que debían protegerlos habían sido arrancados por la fuerza.

Pero también quedó allí, en medio de la destrucción, una semilla que los represores no consiguieron arrancar que fue (y es) la memoria y un apellido como trinchera

Mario y Mariano fueron llevados ante un juez y luego terminaron en el orfanato menores de La Plata. Lejos de Rawson, lejos de sus raíces, lejos de los abuelos y tíos que podían devolverles algo parecido a un hogar, quedaron atrapados en la maquinaria burocrática que siguió a la violencia clandestina.

En ese territorio de la incertidumbre, Mario sostuvo lo único que podía defender cual era su identidad.

Se llamaba Cugura. Sus abuelos vivían en Rawson.

No era un dato menor. Era un hilo tendido sobre el precipicio. Un niño de seis años, separado de sus padres y de su casa, se aferraba a su apellido como quien se aferra a una tabla en medio de un naufragio.

La familia logró recuperarlos después de meses de gestiones. El relato de Marito habla de casi un año en el orfanato; tal vez, menos. En cualquier caso, para dos chicos arrancados de su mundo, el tiempo debió medirse de otra manera. Por las noches sin sus padres, por las preguntas sin respuesta y por la esperanza de volver a escuchar una voz conocida.

Regresaron a Rawson.

Pero volver no significaba recuperar lo perdido. La casa podía estar en otro lugar, los familiares podían abrirles los brazos y la vida podía volver a ofrecerles alguna rutina. Sin embargo, había una ausencia que no podía llenarse. Juan no estaba, Olga tampoco. José seguía desaparecido y Elisa también.

La dictadura había querido quebrar una familia y borrar sus nombres. No lo consiguió del todo. Los sobrevivientes siguieron llevando esos nombres por el mundo, pronunciándolos, transmitiéndolos. La memoria se convirtió en una herencia que no se entrega en un testamento, sino que se sostiene todos los días.

Marito creció. La infancia quedó atrás, pero no desapareció. Hay recuerdos que no envejecen. Permanecen agazapados, esperando que un olor, una fotografía, una calle o una puerta vuelvan a abrir el pasado.

Por eso regresar a aquella casa no fue una excursión al ayer. Fue una batalla íntima contra el poder que el horror conserva sobre quienes lo padecieron.
El año pasado, Mario se animó.

Volvió al lugar donde le arrebataron a su madre. Volvió a la escalera, a la casa, al escenario de aquella noche interminable. Y escribió para que otros supieran que las huellas de la dictadura no quedaron encerradas en los archivos judiciales ni en los libros de historia.

Siguen viviendo en los cuerpos, en las familias, en las ciudades y en los silencios que duran décadas.
La casa es una cicatriz. Pero una cicatriz también demuestra que hubo una herida y que el cuerpo, de alguna manera, sobrevivió.

La foto, décadas después, a la esquina en Sarandí.

La tierra devolvió dos nombres

Décadas después, la búsqueda obtuvo una respuesta parcial.

En el cementerio de La Plata, los restos de dos personas enterradas como NN pudieron recuperar sus identidades mediante los análisis genéticos realizados por el Equipo Argentino de Antropología Forense.

Eran Juan Cugura y Olga Noemí Casado.

Los habían enterrado sin nombre, como si la muerte pudiera completar lo que el secuestro había comenzado. Como si bastara ocultar un cuerpo para borrar una existencia y la tierra fuera capaz de guardar eternamente el secreto de los asesinos.

Pero la tierra también conserva pruebas.

Los restos hablaron. La ciencia reconstruyó lo que el terror había intentado destruir. Los nombres regresaron desde el anonimato impuesto y Juan y Olga dejaron de ser dos cuerpos sin identificar para volver a ser lo que siempre habían sido; esas personas con una historia, una familia, una militancia, hijos y una vida que nadie tenía derecho a arrebatarles.

La identificación no repara el crimen. No devuelve los abrazos perdidos ni reconstruye la infancia de sus hijos. Tampoco cierra la búsqueda de una familia que todavía tiene preguntas sin respuesta.

Pero devuelve algo fundamental que es la verdad.

Y en un país donde hubo un plan sistemático para desaparecer personas, conocer la verdad sobre el destino de las víctimas es también una forma de justicia.

No todos regresaron.

José Esteban Cugura continúa desaparecido. Elisa Cayul y su hijo quien naciera en cautiverio en (La Cacha) también. Sus destinos siguen reclamando respuestas. En el mapa familiar todavía hay espacios en blanco, nombres que no encontraron descanso y preguntas que los años no consiguieron silenciar.

La búsqueda no terminó.

Porque desaparecido no significa olvidado. Significa que alguien sigue esperando una respuesta, que una familia continúa reclamando verdad y que el Estado tiene una deuda mientras no se esclarezca el destino de cada víctima.

La hija que la dictadura quiso borrar

La historia de los Cugura tiene otra herida, una de las más perversas que dejó el terrorismo de Estado como fue la apropiación de niños.

La hija de Juan y Olga nació en cautiverio, entre noviembre de 1977 y enero de 1978, según las reconstrucciones de su historia. Se presume que su nacimiento ocurrió en el centro clandestino de detención conocido como Puesto Vasco.

Llegó al mundo cuando sus padres estaban desaparecidos. Fue separada de su historia y apropiada por quienes pretendieron convertir un crimen en una vida falsa. La identidad que le correspondía fue reemplazada por otra, y la familia biológica quedó privada de conocerla, abrazarla y contarle de dónde venía.

La dictadura no se conformó con perseguir y asesinar. También quiso apropiarse del futuro. Pretendió decidir qué niños podían conocer su origen, qué apellidos podían llevar y qué verdad les sería permitida.

Pero ni siquiera ese crimen consiguió ser definitivo.

Las Abuelas de Plaza de Mayo sostuvieron durante años la búsqueda de los niños apropiados. Contra el silencio, contra las mentiras y contra el paso del tiempo, insistieron en que la identidad no era una concesión de los apropiadores, sino un derecho.

La hija de Juan y Olga fue recuperada como la Nieta N°93 de Abuelas de Plaza de Mayo.

El número identifica una restitución, pero detrás de esa cifra hay una vida entera. Una mujer que pudo conocer su origen. Una familia que recuperó una parte de su historia y un árbol genealógico que volvió a echar raíces allí donde alguien había intentado cortarlas.

Cuando el Juzgado Federal N.º 1 de La Plata le notificó que era hija de Olga Casado y Juan Cugura, no se limitó a corregir un dato en un documento, sino que restituyó una verdad fundamental como quién era, de dónde venía y qué historia le habían ocultado.

La identidad recuperada no devuelve los años robados. No borra la apropiación ni repara el asesinato de sus padres; pero rompe la última pretensión de los apropiadores como la de tener la palabra final sobre la vida de otra persona.

La verdad, una vez más, se abrió paso.

La memoria como militancia

Mario lo dice con una serenidad que duele. No pierde la esperanza de encontrar primero a su hermano nacido en cautiverio a sus padres para darles una sepultura de paz.

La frase parece sencilla. No lo es.

Habla un hombre que perdió a su madre cuando era un niño, que fue arrancado de su casa, que creció con preguntas imposibles y que décadas después todavía espera encontrar respuestas. Habla alguien a quien le robaron una parte de la infancia, pero que se niega a entregarles también el futuro a quienes hicieron posible esa tragedia.

Buscar a los desaparecidos es una forma de militancia. Nombrarlos es una forma de resistencia. Y volver al lugar del horror y contar lo sucedido es una manera de impedir que los verdugos se queden con la última palabra.

Por eso el posteo de Marito trasciende el recuerdo personal. Es una declaración política. No en el sentido partidario y estrecho con el que algunos pretenden reducir la memoria, sino en el más profundo; como el de defender la vida, la identidad, la verdad y la dignidad humana frente a la violencia organizada desde el poder.

La dictadura quiso convertir a los desaparecidos en una cifra sin rostro, en un expediente sin cuerpo, en una ausencia sin historia. Quiso que sus hijos crecieran sin saber quiénes habían sido sus padres y quiso que el miedo hiciera el trabajo que las armas no podían terminar.

Pero los nombres sobrevivieron.

Juan. José. Olga. Elisa.

Y detrás de ellos, una familia que se negó a aceptar el silencio como destino.

Hay algo profundamente subversivo en un hombre que, después de tantos años, vuelve al lugar donde vio por última vez a su madre y escribe: «Vieja, te amo, ahora y siempre».

Porque el amor es también una forma de desobediencia cuando el poder pretende imponer el olvido. Porque recordar es devolverles a las víctimas aquello que sus verdugos quisieron quitarles para siempre. Esa condición de personas, sus vínculos, sus historias, su lugar en el mundo.

Y porque un niño que recibió de su madre una cadenita y una instrucción logró convertir aquel último mensaje en una bandera que todavía flamea.
"Nunca te olvides que te llamás Mario Cugura y que tus abuelos viven en Rawson".

En esa frase cabe mucho más que una despedida. Cabe una identidad amenazada, una madre intentando proteger a su hijo hasta el último instante y una historia que atravesó décadas sin resignarse a desaparecer.

Marito no olvidó. Su familia no olvidó. Rawson no debería olvidar.

Juan y José en la memoria.

Que el olvido no tenga la última palabra

Hay familias que heredan propiedades, fortunas o apellidos ilustres. Los Cugura heredaron una búsqueda, una ausencia y una lucha que no eligieron. Pero también heredaron una fuerza que el terrorismo de Estado no pudo destruir como esa capacidad de seguir adelante sin renunciar a la verdad.

La historia de los Cugura no es una historia terminada. Mientras José y Elisa sigan desaparecidos, su hijo sin su verdadera identidad, mientras queden preguntas por responder, mientras haya heridas que reclamen justicia, el pasado continuará golpeando las puertas del presente.

No se trata de vivir encadenados al dolor. Se trata de comprender que no puede construirse un futuro digno sobre la mentira, que ninguna reconciliación impuesta puede reemplazar a la verdad y que ningún discurso sobre la paz puede exigirles silencio a quienes todavía buscan a sus seres queridos.

Hay noches que duran años. Hay sombras que sobreviven a sus propios verdugos y hay casas que conservan, detrás de sus paredes, los ecos de una barbarie que la historia no puede darse el lujo de olvidar.

Pero también hay hombres que regresan, niños que sobreviven, familias que buscan, abuelas que encuentran, científicos que identifican y nombres que vuelven a pronunciarse. Y una sociedad que, cada vez que recupera una verdad, le arranca un pedazo de territorio a la impunidad.

Por eso, cuando Marito escribe que son 30.000, no está hablando solamente de una cifra. Está reivindicando una memoria colectiva, una lucha que atraviesa generaciones y una exigencia que continúa vigente. Verdad, memoria y justicia.

Son los desaparecidos que todavía buscamos. Son los hijos y las hijas que recuperaron su identidad. Son las familias que siguen esperando. Y son las voces que la dictadura quiso apagar y que regresan cada vez que alguien se atreve a contar lo sucedido.

Son Juan. Son José. Son Olga. Son Elisa. Son todos los nombres que el terror quiso convertir en silencio.

Y es Marito, aquel chico de seis años que aprendió demasiado pronto lo que significaba perderlo todo, quien hoy vuelve a hablarnos desde la herida para recordarnos que la memoria no es una ceremonia ni una fecha en el calendario. Es una responsabilidad. Es una forma de justicia. Es una trinchera contra quienes pretenden reescribir la historia o convertir los crímenes de la dictadura en una discusión sin víctimas ni responsables.

La casa sigue allí. La cicatriz también.

Pero ya no habla solamente del horror. Habla de una madre que, aun ensangrentada, quiso salvar la identidad de su hijo. De dos hermanos que sobrevivieron. De una familia que jamás dejó de buscar, de una hija que recuperó su origen y de los desaparecidos que todavía reclaman verdad.

Y habla, sobre todo, de una promesa que atravesó el tiempo.

No olvidar.

No callar.

No rendirse.

Porque los verdugos quisieron desaparecer a los Cugura, pero no pudieron borrar su historia. Quisieron llevarse sus nombres, pero los nombres volvieron. Quisieron destruir sus vínculos, pero el amor sobrevivió a la barbarie.

A los 30.000 no los desapareció el olvido. Los sostiene la memoria de un pueblo que se niega a bajar los brazos.

Y mientras Marito siga nombrando a su vieja, a su hermano que busca y espera encontrar, mientras alguien busque a José y a Elisa, mientras cada identidad robada encuentre el camino de regreso, la dictadura no habrá conseguido su victoria más ambiciosa.

Porque hay crímenes que no prescriben en la conciencia de un pueblo. Porque hay ausencias que se convierten en bandera. Porque hay heridas que no se cierran mientras falte verdad. Y porque, frente al terror, frente a la impunidad y frente a quienes apuestan al olvido, los Cugura siguen diciendo, con la obstinación de las raíces y la fuerza de la memoria “Acá estamos. No nos borraron. No nos van a borrar. Son 30.000. Los viejos están presentes”.

Ahora y siempre.