Cugura, apellido de raíz y memoria

Marcada por la tragedia de la última dictadura, la familia Cugura convirtió el dolor en memoria y resistencia. Entre desapariciones, identidades recuperadas y una búsqueda que aún continúa, el club Germinal aparece como refugio, abrazo y símbolo de una historia atravesada por la pérdida, pero sostenida por el amor y la esperanza de encontrar a quienes aún faltan.

El vínculo del club y los Cugura. Toda una vida.
10 MAR 2026 - 18:09 | Actualizado 11 MAR 2026 - 1:00

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

La historia de la familia Cugura no es una historia. Es una herida abierta que aprendió a latir. Está escrita con ceniza y con sangre, con ausencias que pesan como piedras y con nombres que se negaron a desaparecer. Está signada por una de las etapas más oscuras de la Argentina contemporánea, esa noche espesa donde el Estado se volvió sombra y la sombra se volvió método.

En esa noche se llevaron a Juan.

En esa noche se llevaron a José.

Y a Olga y a Elvira.

En esa noche intentaron llevarse todo.

Pero no pudieron.

Porque hay familias que, cuando el terror las atraviesa, se rompen. Y hay otras que se convierten en raíz. Los Cugura fueron raíz. Raíz profunda, obstinada, indestructible.

Juan Cugura había nacido el 7 de junio de 1946 en Esquel. De chico se mudó a Rawson. Carpintero de oficio, militante de la Juventud Peronista por convicción. Lo conocían como “El Negro Ceferino”, “Cefe”. Hombre de manos firmes, de madera y de sueños. Estaba en pareja con Olga Noemí Casado —Julia—, embarazada de ocho meses cuando el horror decidió que la vida era peligrosa.

El 10 de octubre de 1977 desapareció su hermano, José Esteban Cugura.

El 11, Juan salió a buscarlo.

Y el país se lo tragó.

No fue casualidad. Fue plan. Fue sistema. Fue maquinaria.

Olga, sola y con una vida latiendo en el vientre, buscó refugio en la casa de Elvira Cayul, su concuñada. A los pocos días salió a hacer las compras. No volvió. Después, fueron por Elvira. Se la llevaron delante de sus hijos. Como si el terror necesitara testigos pequeños para multiplicarse.

Los chicos fueron enviados a un hogar de menores. Allí estaba Mario. Tenía siete años. Siete. La edad en que se aprende a escribir.

Y él aprendía a sobrevivir.

Mario vio cómo se llevaban a su madre. Vio el secuestro con ojos de niño y memoria de adulto. Y cuando intentaron diluirlo en la nada burocrática de un hogar, hizo lo único que podía hacer: sostuvo su apellido como si fuera un escudo. “Cugura”, repetía. “Rawson”, insistía. Ese nombre fue su resistencia. Ese nombre fue su arma. Gracias a esa obstinación, a esa identidad que no se dejó quebrar, él y su hermanito fueron recuperados por sus abuelos después de cuatro meses de gestiones infinitas.

A veces la épica no está en los grandes discursos. Está en un niño que no olvida quién es.

Los Cugura -hoy- en el medio de la cancha de Germinal. Foto: Daniel Feldman.

Décadas después, la tierra habló.

En el cementerio de La Plata, dos NN dejaron de serlo. Los análisis de ADN realizados por el Equipo Argentino de Antropología Forense confirmaron lo que el corazón ya sabía: eran Juan y Olga. Habían sido enterrados sin nombre. Pero la verdad tiene paciencia. Y la identidad, memoria.

Sus restos volvieron a tener historia.

Volvieron a tener abrazo.

Pero no todos regresaron.

José sigue desaparecido.

Elvira Cayul también.

El mapa de la ausencia todavía tiene huecos.

La hija de Juan y Olga nació en cautiverio, entre noviembre de 1977 y enero de 1978. Se presume que en el centro clandestino de Puesto Vasco. Nació donde la muerte era rutina. Fue apropiada. Expropiada. Mudada de casa en casa por quienes quisieron convertir el crimen en crianza. Pero la sangre también recuerda. Y las Abuelas de Plaza de Mayo, incansables, la encontraron. Fue la nieta 93 recuperada.

Noventa y tres veces la memoria venciendo al silencio.

Noventa y tres veces el fuego encendiéndose otra vez.

Cuando el Juzgado Federal 1 de La Plata le notificó que su origen biológico era otro, que era hija de Olga Casado y Juan Cugura, no sólo se restituyó una identidad, se restituyó una genealogía. Se reconstruyó un árbol que habían querido talar desde la raíz.

Mario, Mariano, Rodrigo, Marcelo, Marina, Juan, Antonio, Eduardo y los niños. Foto: Daniel Feldman.

Y en medio de tanta noche, hay un faro.

Germinal.

Dicen que un club es un escudo, una cancha, una camiseta transpirada un domingo cualquiera. No entienden nada. Un club es refugio cuando la historia duele. Es el lugar donde el grito se transforma en esperanza. Es el abrazo que no pregunta de dónde venís sino hacia dónde vamos.

Para los Cugura, Germinal fue eso.

El Mono – Antonio- y Chupete -Eduardo- jugaron, dirigieron, colaboraron. Y Marina.

Marito también.

Hoy está Juan, jugador y técnico del plantel mayor de la Liga local y parte del cuerpo técnico del Federal A. Continuador de una estirpe que no se rinde.

Y se cuenta a Marcelo y a Mariano. A Rodrigo y los chicos que vienen empujando..

Generación tras generación, la pelota fue hilo conductor. Mientras la justicia avanzaba lento, mientras la memoria insistía, mientras la ausencia pesaba, el club estaba ahí. Como abrigo. Como casa. Como certeza.

Cuando un club mitiga el dolor, deja de ser institución y se vuelve existencia. Germinal no es poca cosa. Es mucho más. Es la manera en que esta familia aprendió a seguir. Es la prueba de que el amor puede convivir con la tragedia sin rendirse.

Mario lo dice con una serenidad que arde. “No pierdo la esperanza de encontrar a mis padres y darles una sepultura de paz”.
Esa frase no es nostalgia. Es resistencia. Es un juramento. Es una forma de seguir militando la vida, incluso después de que la muerte quiso imponer silencio.

Porque la historia de los Cugura no es sólo la historia de una familia golpeada por la dictadura. Es la historia de una familia que eligió no quebrarse. Que transformó el dolor en memoria. Que hizo del amor un acto político. Que convirtió un club en refugio y que sostuvo el apellido como bandera.

Hubo una noche larga en la Argentina. Tan larga que todavía oscurece cuando la memoria se distrae. En esa noche, los Cugura perdieron a Juan y a José. Y a Olga y a Elvira. Perdieron cuerpos, pero no perdieron la dignidad. Perdieron abrazos, más nunca su identidad.

Hay noches que duran años.

Hay sombras que parecen eternas.

Pero también hay nombres que no se apagan.

Y mientras alguien los pronuncie, mientras alguien los busque, mientras alguien los recuerde, la oscuridad nunca será definitiva.

Hay familias que heredan campos, apellidos ilustres o fortunas. Los Cugura heredaron lucha. Y una pasión inquebrantable y en donde Germinal no es apenas un equipo; sino que es el hilo que los cose al presente. Es la manera de decir “seguimos”. Es la prueba de que el amor puede más que el espanto.

El vínculo del club y los Cugura. Toda una vida.
10 MAR 2026 - 18:09

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

La historia de la familia Cugura no es una historia. Es una herida abierta que aprendió a latir. Está escrita con ceniza y con sangre, con ausencias que pesan como piedras y con nombres que se negaron a desaparecer. Está signada por una de las etapas más oscuras de la Argentina contemporánea, esa noche espesa donde el Estado se volvió sombra y la sombra se volvió método.

En esa noche se llevaron a Juan.

En esa noche se llevaron a José.

Y a Olga y a Elvira.

En esa noche intentaron llevarse todo.

Pero no pudieron.

Porque hay familias que, cuando el terror las atraviesa, se rompen. Y hay otras que se convierten en raíz. Los Cugura fueron raíz. Raíz profunda, obstinada, indestructible.

Juan Cugura había nacido el 7 de junio de 1946 en Esquel. De chico se mudó a Rawson. Carpintero de oficio, militante de la Juventud Peronista por convicción. Lo conocían como “El Negro Ceferino”, “Cefe”. Hombre de manos firmes, de madera y de sueños. Estaba en pareja con Olga Noemí Casado —Julia—, embarazada de ocho meses cuando el horror decidió que la vida era peligrosa.

El 10 de octubre de 1977 desapareció su hermano, José Esteban Cugura.

El 11, Juan salió a buscarlo.

Y el país se lo tragó.

No fue casualidad. Fue plan. Fue sistema. Fue maquinaria.

Olga, sola y con una vida latiendo en el vientre, buscó refugio en la casa de Elvira Cayul, su concuñada. A los pocos días salió a hacer las compras. No volvió. Después, fueron por Elvira. Se la llevaron delante de sus hijos. Como si el terror necesitara testigos pequeños para multiplicarse.

Los chicos fueron enviados a un hogar de menores. Allí estaba Mario. Tenía siete años. Siete. La edad en que se aprende a escribir.

Y él aprendía a sobrevivir.

Mario vio cómo se llevaban a su madre. Vio el secuestro con ojos de niño y memoria de adulto. Y cuando intentaron diluirlo en la nada burocrática de un hogar, hizo lo único que podía hacer: sostuvo su apellido como si fuera un escudo. “Cugura”, repetía. “Rawson”, insistía. Ese nombre fue su resistencia. Ese nombre fue su arma. Gracias a esa obstinación, a esa identidad que no se dejó quebrar, él y su hermanito fueron recuperados por sus abuelos después de cuatro meses de gestiones infinitas.

A veces la épica no está en los grandes discursos. Está en un niño que no olvida quién es.

Los Cugura -hoy- en el medio de la cancha de Germinal. Foto: Daniel Feldman.

Décadas después, la tierra habló.

En el cementerio de La Plata, dos NN dejaron de serlo. Los análisis de ADN realizados por el Equipo Argentino de Antropología Forense confirmaron lo que el corazón ya sabía: eran Juan y Olga. Habían sido enterrados sin nombre. Pero la verdad tiene paciencia. Y la identidad, memoria.

Sus restos volvieron a tener historia.

Volvieron a tener abrazo.

Pero no todos regresaron.

José sigue desaparecido.

Elvira Cayul también.

El mapa de la ausencia todavía tiene huecos.

La hija de Juan y Olga nació en cautiverio, entre noviembre de 1977 y enero de 1978. Se presume que en el centro clandestino de Puesto Vasco. Nació donde la muerte era rutina. Fue apropiada. Expropiada. Mudada de casa en casa por quienes quisieron convertir el crimen en crianza. Pero la sangre también recuerda. Y las Abuelas de Plaza de Mayo, incansables, la encontraron. Fue la nieta 93 recuperada.

Noventa y tres veces la memoria venciendo al silencio.

Noventa y tres veces el fuego encendiéndose otra vez.

Cuando el Juzgado Federal 1 de La Plata le notificó que su origen biológico era otro, que era hija de Olga Casado y Juan Cugura, no sólo se restituyó una identidad, se restituyó una genealogía. Se reconstruyó un árbol que habían querido talar desde la raíz.

Mario, Mariano, Rodrigo, Marcelo, Marina, Juan, Antonio, Eduardo y los niños. Foto: Daniel Feldman.

Y en medio de tanta noche, hay un faro.

Germinal.

Dicen que un club es un escudo, una cancha, una camiseta transpirada un domingo cualquiera. No entienden nada. Un club es refugio cuando la historia duele. Es el lugar donde el grito se transforma en esperanza. Es el abrazo que no pregunta de dónde venís sino hacia dónde vamos.

Para los Cugura, Germinal fue eso.

El Mono – Antonio- y Chupete -Eduardo- jugaron, dirigieron, colaboraron. Y Marina.

Marito también.

Hoy está Juan, jugador y técnico del plantel mayor de la Liga local y parte del cuerpo técnico del Federal A. Continuador de una estirpe que no se rinde.

Y se cuenta a Marcelo y a Mariano. A Rodrigo y los chicos que vienen empujando..

Generación tras generación, la pelota fue hilo conductor. Mientras la justicia avanzaba lento, mientras la memoria insistía, mientras la ausencia pesaba, el club estaba ahí. Como abrigo. Como casa. Como certeza.

Cuando un club mitiga el dolor, deja de ser institución y se vuelve existencia. Germinal no es poca cosa. Es mucho más. Es la manera en que esta familia aprendió a seguir. Es la prueba de que el amor puede convivir con la tragedia sin rendirse.

Mario lo dice con una serenidad que arde. “No pierdo la esperanza de encontrar a mis padres y darles una sepultura de paz”.
Esa frase no es nostalgia. Es resistencia. Es un juramento. Es una forma de seguir militando la vida, incluso después de que la muerte quiso imponer silencio.

Porque la historia de los Cugura no es sólo la historia de una familia golpeada por la dictadura. Es la historia de una familia que eligió no quebrarse. Que transformó el dolor en memoria. Que hizo del amor un acto político. Que convirtió un club en refugio y que sostuvo el apellido como bandera.

Hubo una noche larga en la Argentina. Tan larga que todavía oscurece cuando la memoria se distrae. En esa noche, los Cugura perdieron a Juan y a José. Y a Olga y a Elvira. Perdieron cuerpos, pero no perdieron la dignidad. Perdieron abrazos, más nunca su identidad.

Hay noches que duran años.

Hay sombras que parecen eternas.

Pero también hay nombres que no se apagan.

Y mientras alguien los pronuncie, mientras alguien los busque, mientras alguien los recuerde, la oscuridad nunca será definitiva.

Hay familias que heredan campos, apellidos ilustres o fortunas. Los Cugura heredaron lucha. Y una pasión inquebrantable y en donde Germinal no es apenas un equipo; sino que es el hilo que los cose al presente. Es la manera de decir “seguimos”. Es la prueba de que el amor puede más que el espanto.