Es cierto: la esperanza es lo último que se pierde.
Pero pasó un año donde de nuevo el gobierno libertario del presidente Javier Milei no les tiró un solo centro a los vecinos chubutenses. Que no reclaman favores ni dádivas ni vivir gratis sino algunas pocas gotas de federalismo hecho y derecho. Ser medidos con la misma vara que los otros millones de ciudadanos.
El jefe de Estado ingresa en su tercer año de mandato y las políticas para la Patagonia brillan por su ausencia, abandonada a la suerte de su inercia productiva y con la promesa eterna de inversiones multimillonarias.
Que el hombre que se autopercibe león no haya visitado oficialmente esta parte del sur del país es un dato a no pasar por alto, y que sus secretarios y ministros casi no bajen al territorio dice casi todo el resto. Ni hablar de que conozcan cómo se vive en la periferia.
La baja de la inflación, que la Casa Rosada celebra con frecuencia, puede que sea una de las mayores ventas de humo de la política económica contemporánea: no es fruto de un escenario equilibrado y un timón previsible sino más bien la consecuencia necesaria de un aparato productivo reducido a su mínima expresión. La capacidad industrial pisada. La paz de los cementerios, como quien dice.
Pero aún pensando con la mejor de las intenciones y creyendo de corazón que eso de la inflación fue un mérito, lo cierto es que según las estadísticas oficiales la suba de precios en la Patagonia y particularmente en Chubut siempre es un toquecito mayor al del resto de los distritos.
También sigue golpeando muy duro la desaparición de la obra pública, clave para un territorio tan extenso como el chubutense, necesitado de infraestructura. Lo poco que se logra es por la esforzada ingeniería financiera del Gobierno provincial, fondeando con su erario los proyectos más urgentes -que eran nacionales- a cambio de un desendeudamiento progresivo. Pero sucede que administrativamente los traspasos suelen ser prolongados y la bolsa de trabajo de la construcción, abundante y a corto plazo. La ausencia de Nación parece definitiva, al menos en los dos años que restan.
En Nación no parecen entender que Chubut es una buena productora de dólares pero que tiene todavía mucho más para ofrecer si le ofrecen incentivos y planificación estratégica.
Todo análisis tiene que admitir que más allá de su agenda de retroceso institucional y cívico, el color violeta viene teniendo una muy buena perfomance electoral en la provincia. Muchos hicieron mal las cosas para que en Chubut el electorado se haya volcado a candidatos desconocidos y mudos, que no hacen campaña y a quienes por ahora les alcanza con “La Libertad Avanza” estampada en la boleta.
No se trata de un reclamo al oficialismo ni a la oposición ni de nombres propios: se trata de la necesidad de una dirigencia que se reagrupe frente a un adversario sin empatía alguna con lo patagónico. Para lograrlo hace falta autocrítica, inteligencia y madurez, y no tantos gritos. El combo es tan complejo que cualquiera tiembla y pocos completan los tres casilleros.
Suele suceder que cada inicio de un año nuevo carga al menos con la incógnita de saber si será mejor. Pero hoy por hoy el fenómeno es extraño: todos parecen tener en claro que 2026 será bien complicado, para escribirlo suave.
Los indicadores económicos que de verdad importan son negativos o están congelados y ninguna reactivación puede nacer así. Y Fontana 50 no puede extender al infinito su red de contención para reemplazar cada subsidio que desaparece o aliviar cada empleo que se destruye.
Lo que hay es esto, gente:
Una gestión nacional dedicada al equilibrio fiscal a cualquier costo y que no va a retroceder; percibe al sur del país como un territorio extravagante de pocos electores, que bien se las puede arreglar por las suyas y donde de cualquier modo, por ahora igual gana.
Una clase política local mayormente de discusiones menores y buenas intenciones aisladas, que requiere una inyección de grandeza.
Debajo, miles de familias trabajadoras que no la pasaron bien, la pelean mes a mes y que están simplemente cansadas.
Pero como la esperanza es lo último que se pierde, ojalá este nuevo 2026 comience a mostrar alguna luz en el horizonte.
Hubo y hay mucho sacrificio como para aceptar otra cosa.

Es cierto: la esperanza es lo último que se pierde.
Pero pasó un año donde de nuevo el gobierno libertario del presidente Javier Milei no les tiró un solo centro a los vecinos chubutenses. Que no reclaman favores ni dádivas ni vivir gratis sino algunas pocas gotas de federalismo hecho y derecho. Ser medidos con la misma vara que los otros millones de ciudadanos.
El jefe de Estado ingresa en su tercer año de mandato y las políticas para la Patagonia brillan por su ausencia, abandonada a la suerte de su inercia productiva y con la promesa eterna de inversiones multimillonarias.
Que el hombre que se autopercibe león no haya visitado oficialmente esta parte del sur del país es un dato a no pasar por alto, y que sus secretarios y ministros casi no bajen al territorio dice casi todo el resto. Ni hablar de que conozcan cómo se vive en la periferia.
La baja de la inflación, que la Casa Rosada celebra con frecuencia, puede que sea una de las mayores ventas de humo de la política económica contemporánea: no es fruto de un escenario equilibrado y un timón previsible sino más bien la consecuencia necesaria de un aparato productivo reducido a su mínima expresión. La capacidad industrial pisada. La paz de los cementerios, como quien dice.
Pero aún pensando con la mejor de las intenciones y creyendo de corazón que eso de la inflación fue un mérito, lo cierto es que según las estadísticas oficiales la suba de precios en la Patagonia y particularmente en Chubut siempre es un toquecito mayor al del resto de los distritos.
También sigue golpeando muy duro la desaparición de la obra pública, clave para un territorio tan extenso como el chubutense, necesitado de infraestructura. Lo poco que se logra es por la esforzada ingeniería financiera del Gobierno provincial, fondeando con su erario los proyectos más urgentes -que eran nacionales- a cambio de un desendeudamiento progresivo. Pero sucede que administrativamente los traspasos suelen ser prolongados y la bolsa de trabajo de la construcción, abundante y a corto plazo. La ausencia de Nación parece definitiva, al menos en los dos años que restan.
En Nación no parecen entender que Chubut es una buena productora de dólares pero que tiene todavía mucho más para ofrecer si le ofrecen incentivos y planificación estratégica.
Todo análisis tiene que admitir que más allá de su agenda de retroceso institucional y cívico, el color violeta viene teniendo una muy buena perfomance electoral en la provincia. Muchos hicieron mal las cosas para que en Chubut el electorado se haya volcado a candidatos desconocidos y mudos, que no hacen campaña y a quienes por ahora les alcanza con “La Libertad Avanza” estampada en la boleta.
No se trata de un reclamo al oficialismo ni a la oposición ni de nombres propios: se trata de la necesidad de una dirigencia que se reagrupe frente a un adversario sin empatía alguna con lo patagónico. Para lograrlo hace falta autocrítica, inteligencia y madurez, y no tantos gritos. El combo es tan complejo que cualquiera tiembla y pocos completan los tres casilleros.
Suele suceder que cada inicio de un año nuevo carga al menos con la incógnita de saber si será mejor. Pero hoy por hoy el fenómeno es extraño: todos parecen tener en claro que 2026 será bien complicado, para escribirlo suave.
Los indicadores económicos que de verdad importan son negativos o están congelados y ninguna reactivación puede nacer así. Y Fontana 50 no puede extender al infinito su red de contención para reemplazar cada subsidio que desaparece o aliviar cada empleo que se destruye.
Lo que hay es esto, gente:
Una gestión nacional dedicada al equilibrio fiscal a cualquier costo y que no va a retroceder; percibe al sur del país como un territorio extravagante de pocos electores, que bien se las puede arreglar por las suyas y donde de cualquier modo, por ahora igual gana.
Una clase política local mayormente de discusiones menores y buenas intenciones aisladas, que requiere una inyección de grandeza.
Debajo, miles de familias trabajadoras que no la pasaron bien, la pelean mes a mes y que están simplemente cansadas.
Pero como la esperanza es lo último que se pierde, ojalá este nuevo 2026 comience a mostrar alguna luz en el horizonte.
Hubo y hay mucho sacrificio como para aceptar otra cosa.