Editorial / El abandono avanza

Mientras el fuego no se apaga y el deslizamiento de tierras obliga a evacuar barrios enteros y deja a cientos de familias en la incertidumbre, el Gobierno libertario opta por una estrategia clara: no estar.

Una esquina, escenario de la catástrofe y el abandono. (Foto: Martín Levicoy)
24 ENE 2026 - 10:21 | Actualizado 24 ENE 2026 - 21:30

Chubut ya no sólo arde, ahora también se desmorona. Lo que no ha cambiado es que los ciudadanos de la provincia resisten prácticamente solos los efectos devastadores del fuego y de la tierra movediza. Que el Ejército u otras fuerzas federales presten su colaboración no puede ser tomado de ninguna manera como “un apoyo del Gobierno nacional”. Es lo menos que pueden hacer por todo lo que esta provincia y sus habitantes les han dado.

Mientras los incendios en la Cordillera avanzan sobre bosques nativos, viviendas y economías regionales, y el deslizamiento del cerro Hermitte en Comodoro Rivadavia obliga a evacuar barrios enteros y deja a cientos de familias en la incertidumbre, el Gobierno nacional de Javier Milei opta por una estrategia clara: no estar.

El fuego se apagó en El Hoyo pero sigue en Los Alerces. Nación, ausente.

No se trata de una percepción ni de una lectura malintencionada. Hasta ahora, no hubo un despliegue nacional acorde a la magnitud de las emergencias que ha sufrido Chubut en las últimas semanas, no se anunciaron partidas extraordinarias significativas, no se activaron planes federales de asistencia integral y tampoco se registró una presencia política concreta del Ejecutivo nacional en el territorio.

El mensaje es tan explícito como brutal: cada provincia debe arreglarse como pueda.

En la Cordillera chubutense, los brigadistas siguen combatiendo el fuego con recursos limitados, apelando a refuerzos tardíos y a la solidaridad comunitaria. El fuego no sólo consume miles de hectáreas de bosque nativo -un daño ambiental irreversible- sino que también destruye viviendas, emprendimientos turísticos, infraestructura básica y fuentes de trabajo.

Todo esto ocurre mientras el Estado nacional, responsable histórico de la coordinación de emergencias de esta escala, mira desde lejos. Los únicos que pisaron el terreno de los incendios, aunque con motivaciones distintas, fueron el ministro del Interior, Diego Santilli, más interesado en convencer al gobernador Nacho Torres que aporte sus manos en el Congreso (dos senadoras y un diputado nacional) para sacar la reforma laboral; y la vicepresidenta Victoria Villarruel, que llegó de incógnito, se sacó unas fotos con humo de fondo en Epuyén, pero sólo con el ánimo de hacer una picardía para hacerle un daño a la Casa Rosada, con la que está abiertamente enfrentada.

En Comodoro Rivadavia, el escenario no es menos grave. El derrumbe de una ladera del cerro Hermitte puso en evidencia la fragilidad urbana y la falta de planificación histórica, pero también la urgencia de una respuesta amplia. Familias evacuadas, viviendas inutilizables, barrios enteros bajo riesgo geológico y una ciudad petrolera clave para el país enfrentando sola una situación que excede largamente a cualquier municipio o provincia. La Nación, otra vez, ausente.

El presidente Milei ha hecho del ajuste fiscal extremo y del retiro del Estado una bandera ideológica que muchos libertarios de ocasión aplauden como focas mientras el fuego les quema las suelas o la tierra se lleva puestas sus casas o el coqueto campo de golf. Pero hay una frontera que ni siquiera los dogmas más radicales deberían cruzar: la de las catástrofes. En emergencias ambientales y sociales, la ausencia del Estado nacional no es neutralidad ni eficiencia: es abandono.

Vecinos del Sismográfica llevándose sus pertenencias. (Foto: Martin Levicoy)

Resulta llamativo que el mismo Milei que no duda en intervenir discursivamente en cualquier conflicto político externo (la masacre que Israel está cometiendo en Gaza o el secuestro de un presidente en Venezuela son dos de sus preferidos), elija el silencio cuando se trata de incendios, derrumbes y familias que lo pierden todo.

También la mansedumbre de las autoridades políticas locales, con el gobernador y los intendentes a la cabeza, llama a la reflexión. Esa excesiva corrección política para no decir todo lo que hay que decir para no romper lazos con la Casa Rosada esperando no se sabe qué cosa, es exasperante.

El intendente Macharashvili se puso al frente de la catástrofe, con nula ayuda de Nación.

El federalismo que Milei invoca cuando recorta fondos desaparece cuando las provincias necesitan respaldo. El mercado no apaga incendios. La motosierra no contiene cerros. El Excel no evacua vecinos.

Chubut no está pidiendo privilegios ni excepciones. Está pidiendo lo básico: recursos, coordinación, presencia. Está pidiendo que el Estado nacional cumpla el rol que le corresponde cuando los desastres superan las capacidades locales.

Lo que recibe, en cambio, es indiferencia envuelta en retórica libertaria. La consecuencia es clara y tangible: brigadistas exhaustos, municipios al límite financiero, provincias forzadas a reasignar recursos que no tienen y vecinos que sienten, con razón, que han quedado librados a su suerte.

Esa es la verdadera cara del ajuste llevado al extremo: cuando el Estado se retira, el costo no lo paga un número, lo pagan las personas.

En Chubut, el fuego sigue encendido y el cerro sigue inestable. Lo que ya está claro es otra cosa: cuando más se necesita a la Nación, el Gobierno de Milei elige no estar. Y esa decisión, tarde o temprano, debería tener consecuencias políticas.

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Una esquina, escenario de la catástrofe y el abandono. (Foto: Martín Levicoy)
24 ENE 2026 - 10:21

Chubut ya no sólo arde, ahora también se desmorona. Lo que no ha cambiado es que los ciudadanos de la provincia resisten prácticamente solos los efectos devastadores del fuego y de la tierra movediza. Que el Ejército u otras fuerzas federales presten su colaboración no puede ser tomado de ninguna manera como “un apoyo del Gobierno nacional”. Es lo menos que pueden hacer por todo lo que esta provincia y sus habitantes les han dado.

Mientras los incendios en la Cordillera avanzan sobre bosques nativos, viviendas y economías regionales, y el deslizamiento del cerro Hermitte en Comodoro Rivadavia obliga a evacuar barrios enteros y deja a cientos de familias en la incertidumbre, el Gobierno nacional de Javier Milei opta por una estrategia clara: no estar.

El fuego se apagó en El Hoyo pero sigue en Los Alerces. Nación, ausente.

No se trata de una percepción ni de una lectura malintencionada. Hasta ahora, no hubo un despliegue nacional acorde a la magnitud de las emergencias que ha sufrido Chubut en las últimas semanas, no se anunciaron partidas extraordinarias significativas, no se activaron planes federales de asistencia integral y tampoco se registró una presencia política concreta del Ejecutivo nacional en el territorio.

El mensaje es tan explícito como brutal: cada provincia debe arreglarse como pueda.

En la Cordillera chubutense, los brigadistas siguen combatiendo el fuego con recursos limitados, apelando a refuerzos tardíos y a la solidaridad comunitaria. El fuego no sólo consume miles de hectáreas de bosque nativo -un daño ambiental irreversible- sino que también destruye viviendas, emprendimientos turísticos, infraestructura básica y fuentes de trabajo.

Todo esto ocurre mientras el Estado nacional, responsable histórico de la coordinación de emergencias de esta escala, mira desde lejos. Los únicos que pisaron el terreno de los incendios, aunque con motivaciones distintas, fueron el ministro del Interior, Diego Santilli, más interesado en convencer al gobernador Nacho Torres que aporte sus manos en el Congreso (dos senadoras y un diputado nacional) para sacar la reforma laboral; y la vicepresidenta Victoria Villarruel, que llegó de incógnito, se sacó unas fotos con humo de fondo en Epuyén, pero sólo con el ánimo de hacer una picardía para hacerle un daño a la Casa Rosada, con la que está abiertamente enfrentada.

En Comodoro Rivadavia, el escenario no es menos grave. El derrumbe de una ladera del cerro Hermitte puso en evidencia la fragilidad urbana y la falta de planificación histórica, pero también la urgencia de una respuesta amplia. Familias evacuadas, viviendas inutilizables, barrios enteros bajo riesgo geológico y una ciudad petrolera clave para el país enfrentando sola una situación que excede largamente a cualquier municipio o provincia. La Nación, otra vez, ausente.

El presidente Milei ha hecho del ajuste fiscal extremo y del retiro del Estado una bandera ideológica que muchos libertarios de ocasión aplauden como focas mientras el fuego les quema las suelas o la tierra se lleva puestas sus casas o el coqueto campo de golf. Pero hay una frontera que ni siquiera los dogmas más radicales deberían cruzar: la de las catástrofes. En emergencias ambientales y sociales, la ausencia del Estado nacional no es neutralidad ni eficiencia: es abandono.

Vecinos del Sismográfica llevándose sus pertenencias. (Foto: Martin Levicoy)

Resulta llamativo que el mismo Milei que no duda en intervenir discursivamente en cualquier conflicto político externo (la masacre que Israel está cometiendo en Gaza o el secuestro de un presidente en Venezuela son dos de sus preferidos), elija el silencio cuando se trata de incendios, derrumbes y familias que lo pierden todo.

También la mansedumbre de las autoridades políticas locales, con el gobernador y los intendentes a la cabeza, llama a la reflexión. Esa excesiva corrección política para no decir todo lo que hay que decir para no romper lazos con la Casa Rosada esperando no se sabe qué cosa, es exasperante.

El intendente Macharashvili se puso al frente de la catástrofe, con nula ayuda de Nación.

El federalismo que Milei invoca cuando recorta fondos desaparece cuando las provincias necesitan respaldo. El mercado no apaga incendios. La motosierra no contiene cerros. El Excel no evacua vecinos.

Chubut no está pidiendo privilegios ni excepciones. Está pidiendo lo básico: recursos, coordinación, presencia. Está pidiendo que el Estado nacional cumpla el rol que le corresponde cuando los desastres superan las capacidades locales.

Lo que recibe, en cambio, es indiferencia envuelta en retórica libertaria. La consecuencia es clara y tangible: brigadistas exhaustos, municipios al límite financiero, provincias forzadas a reasignar recursos que no tienen y vecinos que sienten, con razón, que han quedado librados a su suerte.

Esa es la verdadera cara del ajuste llevado al extremo: cuando el Estado se retira, el costo no lo paga un número, lo pagan las personas.

En Chubut, el fuego sigue encendido y el cerro sigue inestable. Lo que ya está claro es otra cosa: cuando más se necesita a la Nación, el Gobierno de Milei elige no estar. Y esa decisión, tarde o temprano, debería tener consecuencias políticas.


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