El partido que nadie vio

Mientras la selección argentina femenina sostiene la cima rumbo al Mundial de Brasil 2027, el silencio mediático expone una desigualdad persistente. Bajo una indiferencia a pesar de los discursos de un género que ya no pide lugar, lo conquista.

Argentina ante Colombia. Foto: Club Lanús.
20 ABR 2026 - 14:10 | Actualizado 20 ABR 2026 - 19:54

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

No fue un empate. Fue un rugido contenido que rebotó contra paredes sordas. Un grito ahogado.

El último sábado, en el sur del conurbano bonaerense, dos selecciones se enfrentaron con la tensión de quienes saben que no están jugando un partido más, sino un pedazo de historia. Argentina y Colombia, dos equipos que no especulan, que no negocian el esfuerzo, que se plantan con la convicción de quienes vienen peleando cada centímetro ganado. Cero a cero en el marcador. Todo en juego en el alma. Y sin embargo, el silencio fue ensordecedor.

Nadie lo vio.

Nadie lo contó.

Nadie lo convirtió en tema de conversación.

En el estadio de Lanús, la Selección Argentina de fútbol femenino sostuvo la cima con la firmeza de quien aprendió a resistir antes que a brillar. Catorce puntos, invictas, con una diferencia de gol que las mantiene por encima de Colombia. Un dato frío para algunos. Una proeza para quienes entienden el contexto. Porque esto no es solo fútbol: es supervivencia en un ecosistema que todavía decide a quién iluminar y a quién dejar en penumbras.

Detrás vienen otros combinados, empujando como pueden, sosteniendo proyectos con alambre, con voluntad, con pasión. Venezuela, Chile, Ecuador, Paraguay, Perú, Uruguay, Bolivia. Todas corriendo la misma carrera desigual, todas formando parte de un mapa que existe, pero que casi nadie se toma el trabajo de mirar.

Este torneo —disfrazado de Liga de Naciones— no es un decorado. Es la puerta de entrada al Mundial que se jugará en Brasil el año que viene. Es el filtro que define quién accede al escenario máximo y quién queda en el camino. Dos clasifican directo. Dos pelean en repechaje. Brasil, anfitrión, mira desde adentro. El resto se desangra en cada fecha.

Pero el relato dominante eligió otra cosa.

Eligió el eco de siempre.

Eligió amplificar lo conocido hasta volverlo inevitable.

Eligió repetir nombres, camisetas, resultados, como si el fútbol fuera un territorio exclusivo, como si la pelota tuviera dueño, como si la pasión necesitara permiso.

Se habló del torneo local. Del superclásico. De los goles que ya vimos mil veces. Se habló de ligas extranjeras, de equipos lejanos, de partidos que no nos pertenecen. Y mientras tanto, acá, en casa, la selección seguía construyendo algo enorme… en silencio.

El fútbol femenino no juega contra once rivales.

Juega contra la invisibilidad.

Y contra el olvido.

Es una llama que arde en medio de un desierto de cámaras. Es una tormenta que descarga sin que nadie mire el cielo. Es un tambor que marca el ritmo de una revolución lenta pero irreversible. Porque cada partido ignorado no es un paso atrás: es una deuda que se acumula.

Y aun así, avanza.

Avanza con botines gastados y convicciones intactas. Con canchas prestadas y sueños propios. Con familias que acompañan, con cuerpos técnicos que sostienen, con jugadoras que entienden que cada minuto en cancha es también una pelea fuera de ella.

Lo del estadio Abel Sastre, en Puerto Madryn, fue otra postal de esta lógica absurda. Escenarios que aparecen y desaparecen, decisiones que se diluyen, oportunidades que se escapan sin explicación. Como si todo pudiera resolverse en voz baja. Como si no importara.

Pero importa.

Importa porque esto ya no es una promesa.

Es un proceso en marcha.

Es una semilla que no solo germinó, sino que empezó a romper la tierra con una fuerza que incomoda. Es un árbol joven que crece en suelo hostil, que se dobla con los vientos de la indiferencia, pero que no se arranca. Sus raíces son profundas pues están hechas de esfuerzo, de historia y de lucha silenciosa. Y su tronco se engrosa con cada partido, con cada entrenamiento, con cada paso que nadie ve pero que todo lo sostiene.

El fútbol femenino no pide lugar. Lo ocupa.

No espera reconocimiento. Lo construye.

Y mientras tanto, de este lado, seguimos jugando a la simulación. A la deconstrucción de superficie. A la igualdad declamada y la desigualdad practicada. Nos llenamos la boca de discurso mientras vaciamos de contenido las acciones.

La contradicción es brutal.

Y también es insostenible.

Porque este movimiento ya no depende de la voluntad de quienes lo ignoran. Es un río que encontró su cauce después de años de esquivar piedras. Y ahora baja con fuerza. Arrastra prejuicios, erosiona estructuras y abre camino donde antes había muro.

Cada niña que se ata los botines sin pedir permiso es parte de esa corriente. Cada equipo que sale a la cancha sin garantías es parte de esa corriente. Cada partido que se juega aunque nadie lo mire es parte de esa corriente.

Y los ríos, cuando crecen, no piden permiso para desbordar.

El fútbol femenino está dejando de ser un susurro para convertirse en un estruendo. Todavía hay quienes no quieren escucharlo. Todavía hay quienes miran para otro lado. Pero el sonido está ahí, creciendo, acumulando potencia.

No fue un empate. Fue una señal. Fue la confirmación de que hay algo vivo, latiendo con fuerza, empujando desde abajo. Algo que no va a detenerse.

El problema no es que hoy nadie lo mire.

El problema es que, cuando finalmente decidan mirarlo, ya va a ser demasiado grande para ignorarlo… y demasiado fuerte para frenarlo.

Aunque sigamos jugando a la hipocresía elegante. A la deconstrucción de discurso fácil y práctica nula y a celebrar la igualdad en palabras mientras la ignoramos en la agenda.

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Argentina ante Colombia. Foto: Club Lanús.
20 ABR 2026 - 14:10

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

No fue un empate. Fue un rugido contenido que rebotó contra paredes sordas. Un grito ahogado.

El último sábado, en el sur del conurbano bonaerense, dos selecciones se enfrentaron con la tensión de quienes saben que no están jugando un partido más, sino un pedazo de historia. Argentina y Colombia, dos equipos que no especulan, que no negocian el esfuerzo, que se plantan con la convicción de quienes vienen peleando cada centímetro ganado. Cero a cero en el marcador. Todo en juego en el alma. Y sin embargo, el silencio fue ensordecedor.

Nadie lo vio.

Nadie lo contó.

Nadie lo convirtió en tema de conversación.

En el estadio de Lanús, la Selección Argentina de fútbol femenino sostuvo la cima con la firmeza de quien aprendió a resistir antes que a brillar. Catorce puntos, invictas, con una diferencia de gol que las mantiene por encima de Colombia. Un dato frío para algunos. Una proeza para quienes entienden el contexto. Porque esto no es solo fútbol: es supervivencia en un ecosistema que todavía decide a quién iluminar y a quién dejar en penumbras.

Detrás vienen otros combinados, empujando como pueden, sosteniendo proyectos con alambre, con voluntad, con pasión. Venezuela, Chile, Ecuador, Paraguay, Perú, Uruguay, Bolivia. Todas corriendo la misma carrera desigual, todas formando parte de un mapa que existe, pero que casi nadie se toma el trabajo de mirar.

Este torneo —disfrazado de Liga de Naciones— no es un decorado. Es la puerta de entrada al Mundial que se jugará en Brasil el año que viene. Es el filtro que define quién accede al escenario máximo y quién queda en el camino. Dos clasifican directo. Dos pelean en repechaje. Brasil, anfitrión, mira desde adentro. El resto se desangra en cada fecha.

Pero el relato dominante eligió otra cosa.

Eligió el eco de siempre.

Eligió amplificar lo conocido hasta volverlo inevitable.

Eligió repetir nombres, camisetas, resultados, como si el fútbol fuera un territorio exclusivo, como si la pelota tuviera dueño, como si la pasión necesitara permiso.

Se habló del torneo local. Del superclásico. De los goles que ya vimos mil veces. Se habló de ligas extranjeras, de equipos lejanos, de partidos que no nos pertenecen. Y mientras tanto, acá, en casa, la selección seguía construyendo algo enorme… en silencio.

El fútbol femenino no juega contra once rivales.

Juega contra la invisibilidad.

Y contra el olvido.

Es una llama que arde en medio de un desierto de cámaras. Es una tormenta que descarga sin que nadie mire el cielo. Es un tambor que marca el ritmo de una revolución lenta pero irreversible. Porque cada partido ignorado no es un paso atrás: es una deuda que se acumula.

Y aun así, avanza.

Avanza con botines gastados y convicciones intactas. Con canchas prestadas y sueños propios. Con familias que acompañan, con cuerpos técnicos que sostienen, con jugadoras que entienden que cada minuto en cancha es también una pelea fuera de ella.

Lo del estadio Abel Sastre, en Puerto Madryn, fue otra postal de esta lógica absurda. Escenarios que aparecen y desaparecen, decisiones que se diluyen, oportunidades que se escapan sin explicación. Como si todo pudiera resolverse en voz baja. Como si no importara.

Pero importa.

Importa porque esto ya no es una promesa.

Es un proceso en marcha.

Es una semilla que no solo germinó, sino que empezó a romper la tierra con una fuerza que incomoda. Es un árbol joven que crece en suelo hostil, que se dobla con los vientos de la indiferencia, pero que no se arranca. Sus raíces son profundas pues están hechas de esfuerzo, de historia y de lucha silenciosa. Y su tronco se engrosa con cada partido, con cada entrenamiento, con cada paso que nadie ve pero que todo lo sostiene.

El fútbol femenino no pide lugar. Lo ocupa.

No espera reconocimiento. Lo construye.

Y mientras tanto, de este lado, seguimos jugando a la simulación. A la deconstrucción de superficie. A la igualdad declamada y la desigualdad practicada. Nos llenamos la boca de discurso mientras vaciamos de contenido las acciones.

La contradicción es brutal.

Y también es insostenible.

Porque este movimiento ya no depende de la voluntad de quienes lo ignoran. Es un río que encontró su cauce después de años de esquivar piedras. Y ahora baja con fuerza. Arrastra prejuicios, erosiona estructuras y abre camino donde antes había muro.

Cada niña que se ata los botines sin pedir permiso es parte de esa corriente. Cada equipo que sale a la cancha sin garantías es parte de esa corriente. Cada partido que se juega aunque nadie lo mire es parte de esa corriente.

Y los ríos, cuando crecen, no piden permiso para desbordar.

El fútbol femenino está dejando de ser un susurro para convertirse en un estruendo. Todavía hay quienes no quieren escucharlo. Todavía hay quienes miran para otro lado. Pero el sonido está ahí, creciendo, acumulando potencia.

No fue un empate. Fue una señal. Fue la confirmación de que hay algo vivo, latiendo con fuerza, empujando desde abajo. Algo que no va a detenerse.

El problema no es que hoy nadie lo mire.

El problema es que, cuando finalmente decidan mirarlo, ya va a ser demasiado grande para ignorarlo… y demasiado fuerte para frenarlo.

Aunque sigamos jugando a la hipocresía elegante. A la deconstrucción de discurso fácil y práctica nula y a celebrar la igualdad en palabras mientras la ignoramos en la agenda.