La escuela de Boca que sobrevivió al fuego y volvió a latir en Chubut

La histórica “Escuela Redonda” de 28 de Julio fue reinaugurada tras su remodelación. Nacida de una inédita donación de Boca Juniors en 1967, el edificio resistió incendios, abandono y décadas de olvido para transformarse nuevamente en símbolo de educación, identidad y memoria patagónica.

La Escuela Redonda reconstruida.
La Escuela Redonda reconstruida.
27 MAY 2026 - 15:32 | Actualizado 27 MAY 2026 - 15:49

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Hay edificios que son apenas cemento. Otros, en cambio, son memoria. Son una bandera clavada en la tierra. Un pedazo de historia que se niega a morir aunque el tiempo, el abandono y hasta el fuego intenten borrarlo.

En 28 de Julio volvió a respirar una de esas construcciones que parecen hechas más de recuerdos que de ladrillos. La histórica “Escuela Redonda”, aquella nacida de una idea tan desmesurada como irrepetible de Boca Juniors, fue reinaugurada este martes tras una serie de remodelaciones destinadas a fortalecer la formación educativa y productiva de los estudiantes de la Escuela N° 773.

Pero detrás de esa obra hay mucho más que pintura nueva, refacciones y actos protocolares. Hay una historia que mezcla épica, política, fútbol, fuego, utopías argentinas y la obstinación de los pueblos chicos por no dejar morir aquello que les da identidad.

El acto fue encabezado por el intendente Luka Jones y contó con la presencia del ministro de Educación de Chubut, José Luis Punta, funcionarios municipales, docentes, alumnos, familias y vecinos. Durante la jornada, además, el Ministerio de Educación entregó la resolución oficial mediante la cual el espacio pasa formalmente a pertenecer a la Escuela N° 773, consolidando institucionalmente un sitio que para la comunidad ya era patrimonio emocional desde hacía décadas.

Jones habló de identidad, de raíces y de futuro. Y quizás allí estuvo el verdadero corazón del acto. Porque la “Escuela Redonda” no es solamente una construcción antigua. Es una cicatriz viva de la historia argentina.

Cuando Boca Juniors quiso cambiar el país con escuelas

La historia comienza en septiembre de 1967. La Argentina estaba gobernada por la dictadura de Juan Carlos Onganía. El país respiraba autoritarismo, centralismo y desigualdad. Y en medio de ese contexto apareció una idea absolutamente insólita.

El entonces presidente de Boca Juniors, Alberto J. (siempre existió la duda si era José o Jacinto) Armando, decidió que el club construiría y donaría una escuela a cada provincia argentina.

Veintitrés escuelas.

Una por provincia.

Un hecho sin antecedentes en la historia del fútbol argentino y prácticamente imposible de imaginar en el presente, donde los clubes apenas sobreviven entre sus propias crisis económicas y políticas y marketing futbolístico vacío.

Armando -conocido como “El puma”- era un personaje monumental. Excesivo. Ambicioso. Contradictorio. Un dirigente capaz de soñar estadios para 140 mil personas y ciudades deportivas gigantescas frente al Río de la Plata. Un hombre que entendía el fútbol como espectáculo, como industria, pero también como herramienta de construcción social.

Las escuelas tenían una forma hexagonal inspirada en los gajos de una pelota de fútbol, aunque la sabiduría popular las bautizó rápidamente como “redondas”.

Eran modestas, rurales, funcionales. Y estaban destinadas a lugares donde el Estado llegaba tarde o directamente no llegaba.

En Chubut, la elegida fue Tyr Halen, “tierra salada”, en la actual localidad de 28 de Julio, en pleno Valle Inferior del Río Chubut.

Allí, donde el viento parece pelearse eternamente con la tierra.

Allí, donde las chacras son mucho más que producción; más bien son una forma de vida.

Una escuela en medio del barro, los animales y el valle.

La “escuelita de Boca”, como la llamaban todos, funcionó desde 1972 hasta 1980. Y en esos años se convirtió en mucho más que un edificio escolar.

Era una postal brutalmente argentina.

La escuela con su techo redondo donada por Boca Juniors.

Los chicos llegaban entre caminos de tierra. Compartían el paisaje con gansos, gallinas y cerdos. El amanecer encontraba a los alumnos izando la bandera mientras el frío del valle cortaba la cara y los primeros rayos de sol teñían las chacras.

Había apenas dos aulas y dos maestra/os para todos los grados.

En una estaban primero, sexto y séptimo.

En la otra, segundo, tercero, cuarto y quinto.

La escuela enseñaba matemática, lengua e historia. Pero también enseñaba otras cosas como arraigo, comunidad y resistencia.

Era la patria mínima.

La verdadera.

No la de los discursos grandilocuentes de Buenos Aires sino la de los guardapolvos gastados, las manos curtidas y las maestras rurales que sostenían el país lejos de las cámaras y del poder.

El fuego quiso borrarla dos veces

Pero el destino fue despiadado con la “Escuela Redonda”. Se incendió dos veces.

Dos veces las llamas intentaron convertir en cenizas aquella pequeña utopía construida por Boca Juniors en el medio de la Patagonia.

Y dos veces sobrevivió. Como sobreviven los pueblos chicos; a fuerza de memoria y terquedad.

Cuando en 1980 se inauguró un nuevo edificio escolar, la vieja escuela dejó de funcionar como establecimiento educativo y pasó a convertirse en residencia docente. Sin embargo, nunca perdió su nombre ni su peso simbólico.

Seguía siendo “la escuela de Boca”. Seguía siendo la redonda.

Seguía siendo ese lugar donde varias generaciones aprendieron a leer, escribir y entender el mundo.

Con los años, el edificio comenzó a transformarse en una especie de reliquia silenciosa. Un vestigio de otro país. De otra Argentina. Una donde todavía existían proyectos colectivos capaces de atravesar provincias enteras.

Rescatar la memoria

Por eso lo ocurrido esta semana en 28 de Julio tuvo algo más profundo que una simple obra pública.

La remodelación no solamente recupera un espacio físico destinado a fortalecer la formación educativa y productiva de los estudiantes. Recupera una historia.

“Esta escuela también nos da identidad propia como pueblo. Nos recuerda de dónde venimos y cuáles son nuestras raíces”, expresó Luka Jones durante el acto.

Y probablemente allí resida el verdadero valor de la reconstrucción.

Porque los pueblos que pierden la memoria terminan perdiendo también el futuro.

La recuperación de la “Escuela Redonda” aparece entonces como una especie de rebelión contra el olvido. Contra esa costumbre argentina de dejar caer todo aquello que alguna vez tuvo sentido colectivo.

Punta, Jones, alumnos y vecinos cortando cintas.

La epopeya inconclusa de Armando

La historia también tiene sus ironías.

Mientras construía escuelas rurales en todo el país, Alberto J. Armando impulsaba al mismo tiempo otro sueño gigantesco cual era la Ciudad Deportiva de Boca en la Costanera Sur de Buenos Aires.

Quería un estadio para 140 mil personas. Un coloso frente al río.

“A las 11 de la mañana del 25 de mayo de 1975 se inaugura, llueva o truene”, prometió.

Nunca ocurrió. Para colmo de males, ese año, River, su némesis, Salió campeón tras 18 años de sequía.

El proyecto terminó en un escándalo político, económico y urbanístico. Décadas después, el predio sería vendido y aquel sueño quedaría enterrado bajo negocios inmobiliarios y frustraciones.

Sin embargo, mientras el megaestadio jamás existió, las pequeñas escuelas rurales sí fueron reales.

Alberto J. Armando, expresidente de Boca y creador de las escuelas rurales de ese club.

Quizás ahí esté la paradoja más hermosa de toda esta historia.

Los grandes monumentos quedaron en promesas.

Las escuelitas humildes, en cambio, sobrevivieron al tiempo.

Las últimas sobrevivientes

Hoy quedan apenas seis escuelas “redondas” en pie en toda la Argentina.

Seis sobrevivientes de aquella idea descomunal que mezcló fútbol, educación y federalismo en un mismo gesto.

Durante la gestión de Daniel Angelici hubo un intento de recuperar el vínculo con esos establecimientos a través de un programa llamado “Armando Escuelas”.

Hubo contactos, buenas intenciones y discursos emotivos. Pero el proyecto jamás logró consolidarse.

Y las escuelas siguieron resistiendo casi solas. Como resiste el interior profundo argentino cada vez que el país se acuerda de él únicamente para los actos patrios.

La patria verdadera

En 28 de Julio la vieja escuela volvió a ponerse de pie.

Y eso, en tiempos donde casi todo parece descartable, tiene algo profundamente conmovedor.

Porque las paredes restauradas no hablan solamente de educación.

Hablan de memoria, de identidad y de infancia.

Hablan de una Argentina que alguna vez creyó que incluso en el rincón más olvidado del mapa debía existir una escuela.

Y hablan también de esos pueblos patagónicos donde el viento podrá doblar los árboles, destruir techos o provocar incendios, pero nunca termina de llevarse la historia.

Ni siquiera cuando las llamas lo intentan dos veces.

Porque hay lugares que nacieron para enseñar.

Y otros que además nacieron para resistir.

La Escuela Redonda reconstruida.
La Escuela Redonda reconstruida.
27 MAY 2026 - 15:32

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Hay edificios que son apenas cemento. Otros, en cambio, son memoria. Son una bandera clavada en la tierra. Un pedazo de historia que se niega a morir aunque el tiempo, el abandono y hasta el fuego intenten borrarlo.

En 28 de Julio volvió a respirar una de esas construcciones que parecen hechas más de recuerdos que de ladrillos. La histórica “Escuela Redonda”, aquella nacida de una idea tan desmesurada como irrepetible de Boca Juniors, fue reinaugurada este martes tras una serie de remodelaciones destinadas a fortalecer la formación educativa y productiva de los estudiantes de la Escuela N° 773.

Pero detrás de esa obra hay mucho más que pintura nueva, refacciones y actos protocolares. Hay una historia que mezcla épica, política, fútbol, fuego, utopías argentinas y la obstinación de los pueblos chicos por no dejar morir aquello que les da identidad.

El acto fue encabezado por el intendente Luka Jones y contó con la presencia del ministro de Educación de Chubut, José Luis Punta, funcionarios municipales, docentes, alumnos, familias y vecinos. Durante la jornada, además, el Ministerio de Educación entregó la resolución oficial mediante la cual el espacio pasa formalmente a pertenecer a la Escuela N° 773, consolidando institucionalmente un sitio que para la comunidad ya era patrimonio emocional desde hacía décadas.

Jones habló de identidad, de raíces y de futuro. Y quizás allí estuvo el verdadero corazón del acto. Porque la “Escuela Redonda” no es solamente una construcción antigua. Es una cicatriz viva de la historia argentina.

Cuando Boca Juniors quiso cambiar el país con escuelas

La historia comienza en septiembre de 1967. La Argentina estaba gobernada por la dictadura de Juan Carlos Onganía. El país respiraba autoritarismo, centralismo y desigualdad. Y en medio de ese contexto apareció una idea absolutamente insólita.

El entonces presidente de Boca Juniors, Alberto J. (siempre existió la duda si era José o Jacinto) Armando, decidió que el club construiría y donaría una escuela a cada provincia argentina.

Veintitrés escuelas.

Una por provincia.

Un hecho sin antecedentes en la historia del fútbol argentino y prácticamente imposible de imaginar en el presente, donde los clubes apenas sobreviven entre sus propias crisis económicas y políticas y marketing futbolístico vacío.

Armando -conocido como “El puma”- era un personaje monumental. Excesivo. Ambicioso. Contradictorio. Un dirigente capaz de soñar estadios para 140 mil personas y ciudades deportivas gigantescas frente al Río de la Plata. Un hombre que entendía el fútbol como espectáculo, como industria, pero también como herramienta de construcción social.

Las escuelas tenían una forma hexagonal inspirada en los gajos de una pelota de fútbol, aunque la sabiduría popular las bautizó rápidamente como “redondas”.

Eran modestas, rurales, funcionales. Y estaban destinadas a lugares donde el Estado llegaba tarde o directamente no llegaba.

En Chubut, la elegida fue Tyr Halen, “tierra salada”, en la actual localidad de 28 de Julio, en pleno Valle Inferior del Río Chubut.

Allí, donde el viento parece pelearse eternamente con la tierra.

Allí, donde las chacras son mucho más que producción; más bien son una forma de vida.

Una escuela en medio del barro, los animales y el valle.

La “escuelita de Boca”, como la llamaban todos, funcionó desde 1972 hasta 1980. Y en esos años se convirtió en mucho más que un edificio escolar.

Era una postal brutalmente argentina.

La escuela con su techo redondo donada por Boca Juniors.

Los chicos llegaban entre caminos de tierra. Compartían el paisaje con gansos, gallinas y cerdos. El amanecer encontraba a los alumnos izando la bandera mientras el frío del valle cortaba la cara y los primeros rayos de sol teñían las chacras.

Había apenas dos aulas y dos maestra/os para todos los grados.

En una estaban primero, sexto y séptimo.

En la otra, segundo, tercero, cuarto y quinto.

La escuela enseñaba matemática, lengua e historia. Pero también enseñaba otras cosas como arraigo, comunidad y resistencia.

Era la patria mínima.

La verdadera.

No la de los discursos grandilocuentes de Buenos Aires sino la de los guardapolvos gastados, las manos curtidas y las maestras rurales que sostenían el país lejos de las cámaras y del poder.

El fuego quiso borrarla dos veces

Pero el destino fue despiadado con la “Escuela Redonda”. Se incendió dos veces.

Dos veces las llamas intentaron convertir en cenizas aquella pequeña utopía construida por Boca Juniors en el medio de la Patagonia.

Y dos veces sobrevivió. Como sobreviven los pueblos chicos; a fuerza de memoria y terquedad.

Cuando en 1980 se inauguró un nuevo edificio escolar, la vieja escuela dejó de funcionar como establecimiento educativo y pasó a convertirse en residencia docente. Sin embargo, nunca perdió su nombre ni su peso simbólico.

Seguía siendo “la escuela de Boca”. Seguía siendo la redonda.

Seguía siendo ese lugar donde varias generaciones aprendieron a leer, escribir y entender el mundo.

Con los años, el edificio comenzó a transformarse en una especie de reliquia silenciosa. Un vestigio de otro país. De otra Argentina. Una donde todavía existían proyectos colectivos capaces de atravesar provincias enteras.

Rescatar la memoria

Por eso lo ocurrido esta semana en 28 de Julio tuvo algo más profundo que una simple obra pública.

La remodelación no solamente recupera un espacio físico destinado a fortalecer la formación educativa y productiva de los estudiantes. Recupera una historia.

“Esta escuela también nos da identidad propia como pueblo. Nos recuerda de dónde venimos y cuáles son nuestras raíces”, expresó Luka Jones durante el acto.

Y probablemente allí resida el verdadero valor de la reconstrucción.

Porque los pueblos que pierden la memoria terminan perdiendo también el futuro.

La recuperación de la “Escuela Redonda” aparece entonces como una especie de rebelión contra el olvido. Contra esa costumbre argentina de dejar caer todo aquello que alguna vez tuvo sentido colectivo.

Punta, Jones, alumnos y vecinos cortando cintas.

La epopeya inconclusa de Armando

La historia también tiene sus ironías.

Mientras construía escuelas rurales en todo el país, Alberto J. Armando impulsaba al mismo tiempo otro sueño gigantesco cual era la Ciudad Deportiva de Boca en la Costanera Sur de Buenos Aires.

Quería un estadio para 140 mil personas. Un coloso frente al río.

“A las 11 de la mañana del 25 de mayo de 1975 se inaugura, llueva o truene”, prometió.

Nunca ocurrió. Para colmo de males, ese año, River, su némesis, Salió campeón tras 18 años de sequía.

El proyecto terminó en un escándalo político, económico y urbanístico. Décadas después, el predio sería vendido y aquel sueño quedaría enterrado bajo negocios inmobiliarios y frustraciones.

Sin embargo, mientras el megaestadio jamás existió, las pequeñas escuelas rurales sí fueron reales.

Alberto J. Armando, expresidente de Boca y creador de las escuelas rurales de ese club.

Quizás ahí esté la paradoja más hermosa de toda esta historia.

Los grandes monumentos quedaron en promesas.

Las escuelitas humildes, en cambio, sobrevivieron al tiempo.

Las últimas sobrevivientes

Hoy quedan apenas seis escuelas “redondas” en pie en toda la Argentina.

Seis sobrevivientes de aquella idea descomunal que mezcló fútbol, educación y federalismo en un mismo gesto.

Durante la gestión de Daniel Angelici hubo un intento de recuperar el vínculo con esos establecimientos a través de un programa llamado “Armando Escuelas”.

Hubo contactos, buenas intenciones y discursos emotivos. Pero el proyecto jamás logró consolidarse.

Y las escuelas siguieron resistiendo casi solas. Como resiste el interior profundo argentino cada vez que el país se acuerda de él únicamente para los actos patrios.

La patria verdadera

En 28 de Julio la vieja escuela volvió a ponerse de pie.

Y eso, en tiempos donde casi todo parece descartable, tiene algo profundamente conmovedor.

Porque las paredes restauradas no hablan solamente de educación.

Hablan de memoria, de identidad y de infancia.

Hablan de una Argentina que alguna vez creyó que incluso en el rincón más olvidado del mapa debía existir una escuela.

Y hablan también de esos pueblos patagónicos donde el viento podrá doblar los árboles, destruir techos o provocar incendios, pero nunca termina de llevarse la historia.

Ni siquiera cuando las llamas lo intentan dos veces.

Porque hay lugares que nacieron para enseñar.

Y otros que además nacieron para resistir.