La discusión es legítima pero inoportuna. Mientras Comodoro Rivadavia, el histórico motor industrial y económico de Chubut, atraviesa una de las crisis más profundas de su historia, la dirigencia política libra una batalla cada vez más intensa por los bienes que YPF dejó atrás.
Edificios, tierras, inmuebles históricos, clubes, camionetas que durante décadas formaron parte del inventario de la petrolera de bandera hoy se convirtieron en el centro de una disputa entre el Gobierno provincial y el Municipio.
El intendente Othar Macharashvili cuestionó duramente la decisión de YPF de transferir esos activos a Chubut y reclamó que sean cedidos a la ciudad. Argumentó que la ciudad fue protagonista fundamental del desarrollo petrolero argentino y que esos bienes forman parte de una historia construida por generaciones de comodorenses.
Del otro lado, el gobernador Nacho Torres respondió que el patrimonio permanecerá al servicio de instituciones locales y no de la Municipalidad. La polémica escaló rápidamente y sumó a legisladores, dirigentes y referentes de distintos espacios políticos. No parece haber sido una buena idea del Gobierno provincial juntar del otro lado a un grupo de dirigentes peronistas que hasta hace pocos días vivían haciendo zancadillas entre ellos y que ahora les agarró un súbito ataque de “comodorismo”.

De los ocho legisladores nacionales que Chubut tiene en el Congreso (tres senadores y cinco diputados), siete son oriundos de Comodoro. Que la mayor crisis de la ciudad coincida con esta hegemonía parlamentaria comodorense es una paradoja difícil de explicar. O no tanto.
En definitiva, ninguna de las partes pareciera estar discutiendo el futuro de Comodoro sino alimentando las diferencias personales y políticas, sobre todo en tiempos en donde se vienen definiciones electorales.
La verdadera noticia no debería ser la transferencia de un edificio, un centenar de camionetas usadas ni la titularidad de un terreno. La verdadera noticia es que YPF ya no está. Que abandonó la ciudad en donde se hizo grande y dejó un tendal de desempleo y un pasivo ambiental enorme. De eso habría que haber discutido. Y no ahora, por cierto.
La empresa que durante más de un siglo definió la identidad económica, social y cultural de la ciudad abandonó sus operaciones convencionales en Chubut para concentrar sus inversiones en Vaca Muerta.
La llegada de Javier Milei a la presidencia aceleró el proceso de desinversión en Chubut y con la venta del yacimiento Manantiales Behr terminó de cerrarse un capítulo histórico que había comenzado mucho antes de la creación formal de YPF.
Comodoro nació al petróleo en 1907. YPF nació en 1922. Desde entonces, sus historias quedaron entrelazadas de manera inseparable. La petrolera no sólo perforó pozos. Construyó barrios enteros, hospitales, escuelas, clubes, bibliotecas y espacios comunitarios. Organizó la vida cotidiana de miles de familias y moldeó una identidad colectiva que todavía atraviesa a la ciudad.
Por supuesto que nadie puede minimizar el valor simbólico del edificio de Kilómetro 3 ni del resto de los inmuebles en discusión. Son parte del patrimonio histórico de Comodoro. Merecen ser preservados.

Lo que no debería el árbol es tapar el bosque. Porque mientras la política debate quién administrará las migajas que dejó YPF, siguen sin aparecer respuestas claras sobre los desafíos que deja su retirada. ¿Cómo se reemplazará la inversión que se fue? ¿Cuál será la nueva matriz productiva de la ciudad? ¿Qué ocurrirá con los pasivos ambientales?
Sobre esas preguntas reina un silencio llamativo de buena parte de la dirigencia política que en estos días se ha encolumnado a uno y otro lado de la disputa.
Aunque el tiempo perdido es importante habría que poner sobre la mesa, de una vez por todas, la confiabilidad del diagnóstico ambiental sobre las áreas que la petrolera dejó en Comodoro. Si, como sostienen desde el municipio, el estudio impulsado por la Provincia subestima la magnitud de los pasivos ambientales y nunca contó con el aval técnico del intendente y su equipo de gobierno, la discusión adquiere una dimensión mucho más delicada.
No se trata de una diferencia de criterios, sino de establecer cuál es el punto de partida sobre el que se determinarán las obligaciones de remediación. Cualquier acuerdo sobre la salida de YPF debería sustentarse en un diagnóstico ambiental preciso.
Antes de definir quién se queda con los bienes, es indispensable saber con precisión cuál es el verdadero pasivo que queda enterrado bajo ellos. Sólo así podrá exigirse una reparación económica acorde a la magnitud del impacto ambiental acumulado durante décadas de explotación petrolera.

Los 25 millones de dólares que YPF se compromete a pagar parecen muy poco al lado del rédito económico que la compañía se ha llevado de Chubut y del daño ambiental que ha dejado.
La paradoja es brutal. La empresa que por más de un siglo simbolizó el desarrollo, la expansión y el futuro de Comodoro y, por ende, de Chubut, hoy parece reducida a una pelea por escrituras, catastros, edificios y cédulas verdes.
Mientras el debate de fondo sigue pendiente, la política continúa disputándose las ruinas.

La discusión es legítima pero inoportuna. Mientras Comodoro Rivadavia, el histórico motor industrial y económico de Chubut, atraviesa una de las crisis más profundas de su historia, la dirigencia política libra una batalla cada vez más intensa por los bienes que YPF dejó atrás.
Edificios, tierras, inmuebles históricos, clubes, camionetas que durante décadas formaron parte del inventario de la petrolera de bandera hoy se convirtieron en el centro de una disputa entre el Gobierno provincial y el Municipio.
El intendente Othar Macharashvili cuestionó duramente la decisión de YPF de transferir esos activos a Chubut y reclamó que sean cedidos a la ciudad. Argumentó que la ciudad fue protagonista fundamental del desarrollo petrolero argentino y que esos bienes forman parte de una historia construida por generaciones de comodorenses.
Del otro lado, el gobernador Nacho Torres respondió que el patrimonio permanecerá al servicio de instituciones locales y no de la Municipalidad. La polémica escaló rápidamente y sumó a legisladores, dirigentes y referentes de distintos espacios políticos. No parece haber sido una buena idea del Gobierno provincial juntar del otro lado a un grupo de dirigentes peronistas que hasta hace pocos días vivían haciendo zancadillas entre ellos y que ahora les agarró un súbito ataque de “comodorismo”.

De los ocho legisladores nacionales que Chubut tiene en el Congreso (tres senadores y cinco diputados), siete son oriundos de Comodoro. Que la mayor crisis de la ciudad coincida con esta hegemonía parlamentaria comodorense es una paradoja difícil de explicar. O no tanto.
En definitiva, ninguna de las partes pareciera estar discutiendo el futuro de Comodoro sino alimentando las diferencias personales y políticas, sobre todo en tiempos en donde se vienen definiciones electorales.
La verdadera noticia no debería ser la transferencia de un edificio, un centenar de camionetas usadas ni la titularidad de un terreno. La verdadera noticia es que YPF ya no está. Que abandonó la ciudad en donde se hizo grande y dejó un tendal de desempleo y un pasivo ambiental enorme. De eso habría que haber discutido. Y no ahora, por cierto.
La empresa que durante más de un siglo definió la identidad económica, social y cultural de la ciudad abandonó sus operaciones convencionales en Chubut para concentrar sus inversiones en Vaca Muerta.
La llegada de Javier Milei a la presidencia aceleró el proceso de desinversión en Chubut y con la venta del yacimiento Manantiales Behr terminó de cerrarse un capítulo histórico que había comenzado mucho antes de la creación formal de YPF.
Comodoro nació al petróleo en 1907. YPF nació en 1922. Desde entonces, sus historias quedaron entrelazadas de manera inseparable. La petrolera no sólo perforó pozos. Construyó barrios enteros, hospitales, escuelas, clubes, bibliotecas y espacios comunitarios. Organizó la vida cotidiana de miles de familias y moldeó una identidad colectiva que todavía atraviesa a la ciudad.
Por supuesto que nadie puede minimizar el valor simbólico del edificio de Kilómetro 3 ni del resto de los inmuebles en discusión. Son parte del patrimonio histórico de Comodoro. Merecen ser preservados.

Lo que no debería el árbol es tapar el bosque. Porque mientras la política debate quién administrará las migajas que dejó YPF, siguen sin aparecer respuestas claras sobre los desafíos que deja su retirada. ¿Cómo se reemplazará la inversión que se fue? ¿Cuál será la nueva matriz productiva de la ciudad? ¿Qué ocurrirá con los pasivos ambientales?
Sobre esas preguntas reina un silencio llamativo de buena parte de la dirigencia política que en estos días se ha encolumnado a uno y otro lado de la disputa.
Aunque el tiempo perdido es importante habría que poner sobre la mesa, de una vez por todas, la confiabilidad del diagnóstico ambiental sobre las áreas que la petrolera dejó en Comodoro. Si, como sostienen desde el municipio, el estudio impulsado por la Provincia subestima la magnitud de los pasivos ambientales y nunca contó con el aval técnico del intendente y su equipo de gobierno, la discusión adquiere una dimensión mucho más delicada.
No se trata de una diferencia de criterios, sino de establecer cuál es el punto de partida sobre el que se determinarán las obligaciones de remediación. Cualquier acuerdo sobre la salida de YPF debería sustentarse en un diagnóstico ambiental preciso.
Antes de definir quién se queda con los bienes, es indispensable saber con precisión cuál es el verdadero pasivo que queda enterrado bajo ellos. Sólo así podrá exigirse una reparación económica acorde a la magnitud del impacto ambiental acumulado durante décadas de explotación petrolera.

Los 25 millones de dólares que YPF se compromete a pagar parecen muy poco al lado del rédito económico que la compañía se ha llevado de Chubut y del daño ambiental que ha dejado.
La paradoja es brutal. La empresa que por más de un siglo simbolizó el desarrollo, la expansión y el futuro de Comodoro y, por ende, de Chubut, hoy parece reducida a una pelea por escrituras, catastros, edificios y cédulas verdes.
Mientras el debate de fondo sigue pendiente, la política continúa disputándose las ruinas.