Los que encienden la noche

Hace 78 años nació una organización que hizo de la solidaridad y la lucha colectiva su bandera. Hoy, el reconocimiento es para los trabajadores que iluminan la Patria y para un sindicato que convirtió derechos en conquistas.

Trabajadores de la energía eléctrica.
Trabajadores de la energía eléctrica.
12 JUL 2026 - 14:56 | Actualizado 13 JUL 2026 - 0:19

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Hay oficios que no esperan al amanecer. Hay hombres y mujeres que salen cuando todos vuelven. Cuando el viento ruge, la lluvia castiga y la oscuridad parece adueñarse del mundo, ellos emprenden el camino contrario. Marchan hacia la tormenta.

El 13 de julio no es una fecha cualquiera. Es el día en que la dignidad de un oficio levantó una bandera. En esa jornada, de 1948, nació la Federación Argentina de Trabajadores de Luz y Fuerza (FATLyF), y con ella una certeza que sigue iluminando al país. La energía eléctrica nunca fue solamente cables, postes y transformadores; siempre fue el trabajo de miles de obreros que le arrancan luz a la oscuridad.

Hace 78 años, 29 organizaciones gremiales dijeron presente. La fecha fue instituida un año después, en agosto de 1949, cuando la entidad federativa consigue la personería gremial y sesiona el primer congreso ordinario en la ciudad de Rosario. Y el 31 de agosto de ese año firman el primer Convenio Colectivo de Trabajo de alcance nacional con el sector eléctrico y se instituye el 13 de julio como Día del Trabajador de la Electricidad.

Por eso hoy no no se celebra una efeméride. Se rinde homenaje a una estirpe.

A los que dejaron la vida abrazados a un poste. A los que volvieron con las manos cortadas por el acero, con la piel quemada por la electricidad, con los huesos vencidos por el frío patagónico o por el sol que derrite el horizonte. A los que enfrentan aisladores rotos, transformadores caprichosos y temporales que parecen declararle la guerra a cada pueblo.

Mientras otros corren a refugiarse, ellos avanzan.

Son los soldados silenciosos de una batalla que casi nadie ve. Pelean contra el viento, la nieve, la lluvia, la distancia y el tiempo. Su enemigo no tiene uniforme y se llama apagón. Y cuando vencen, nadie aplaude. Apenas se enciende una lámpara. Pero detrás de esa lámpara vuelve la vida. Un hospital respira, una escuela abre sus puertas, una fábrica produce, una familia vuelve a reunirse alrededor de una mesa.

Ellos encienden mucho más que una bombita.

En este día vuelvo al viejo Reginaldo. Primer delegado gremial de Luz y Fuerza en Rawson. Primero en aquella casa de la calle Roberto Jones y después en el pasaje Juan Muzio. Un hombre que entendió que un sindicato no era un edificio, sino un escudo. Era la diferencia entre la dignidad y el abandono.

Lo imagino otra vez, junto al Negro Ismael, en aquella esquina de Moreno y Vacchina, en 1959, reparando un aislador castigado por el viento frente al viejo Correo. No estaban arreglando un cable. Estaban sosteniendo un pueblo.

Y la memoria me lleva también a aquella fotografía inmortal de 1967 en Jacksonville, Florida (Estados Unidos). Randall Champion suspendido en el aire después de recibir miles de voltios, mientras J. D. Thompson le devuelve la vida respiración tras respiración. El famoso "Beso de la Vida". Una imagen que demuestra que entre los trabajadores de la electricidad la solidaridad no es una palabra; más bien es un reflejo. Allí donde otros ven un compañero, ellos ven una vida que no puede apagarse.

Yo también regreso.

Porque uno siempre vuelve a los lugares donde aprendió a querer.

Vuelvo a la vieja usina municipal de Rawson. A ese galpón inmenso que para un chico parecía una catedral donde el ruido de los motores sonaba como el corazón de la ciudad y hacía temblar el piso.

Vuelvo a Yuyito Ruiz Díaz, a Esteban James, a Horacio Mayal, al viejo, a Juan Raffa, a Pablito Álvarez, a Miguel Palomino, a Santuco Pavón y al petiso Benedé y a Pancho Rosas.

Los veo otra vez.

Con aquellas camionetas armadas con pedazos de Dodge, Ford y Chevrolet. Con escaleras de madera sujetadas con alambre. Sin computadoras. Sin drones. Sin tecnología. Apenas con experiencia, coraje y una voluntad capaz de desafiar cualquier tormenta.

Eran tiempos donde la electricidad viajaba sobre los hombros de hombres de carne y hueso.

Hoy algunos descubren a los trabajadores de la energía solamente cuando se corta la luz. Entonces aparecen los insultos, las quejas y las condenas fáciles.

Pero nadie recuerda que, mientras muchos protestan desde un sillón, hay una cuadrilla peleando contra el viento para devolverle la luz a quien jamás conocerán.

Qué fácil es maldecir un apagón.

Qué difícil es treparse a un poste con diez grados bajo cero y ráfagas que intentan arrancarte de la escalera.

Por eso esta imagen no vive en un archivo.

Vive en mi corazón.

Muchos ya no están.

Pero siguen alumbrando el camino.

De allí vengo.

Y desde allí abrazo también a Guille, al Pupi y a Nico, porque la historia nunca termina. Cambia de nombres, pero no de valores.

Y si hablamos de esa historia, también hay que hablar de otro protagonista imprescindible. El Sindicato Regional de Luz y Fuerza de la Patagonia.

Porque los derechos nunca cayeron del cielo.

Hubo que arrancárselos al poder.

Cada convenio colectivo fue una conquista. Cada obra social, una batalla ganada. Cada colonia de vacaciones, cada hotel, cada tratamiento médico, cada beca, cada jubilado que pudo vivir con dignidad, fueron el resultado de trabajadores organizados.

Quienes atacan a los sindicatos suelen olvidar una verdad incómoda. Cuando el trabajador queda solo frente al poder económico, siempre pierde.

Porque saben que un trabajador aislado negocia desde la necesidad. Pero un trabajador organizado negocia desde la dignidad.

El movimiento obrero argentino jamás fue (y es) un espectador. Fue (y es) el corazón de la Argentina que produce. La columna vertebral de la Nación.

Y Luz y Fuerza ocupa un lugar de honor en esa historia.

Defendiendo el salario.

Defendiendo las empresas públicas cuando quisieron convertirlas en mercancía.

Defendiendo el acceso de cada familia a un servicio que no puede depender únicamente de la rentabilidad de un balance y defendiendo un derecho; esos que no cotizan en bolsa.

El sindicato no es un privilegio. Es una trinchera.

Es la memoria organizada de quienes se negaron a arrodillarse.

Gracias a Luz y Fuerza conocimos el país. Gracias a Luz y Fuerza muchas familias pudieron atender enfermedades que de otro modo hubieran sido una condena. Gracias a Luz y Fuerza miles de trabajadores encontraron respaldo cuando más lo necesitaban.

Eso no se regala. Se conquista. Y se defiende.

Porque la electricidad mueve motores, pero son los trabajadores quienes mueven la historia.

Feliz Día del Trabajador de la Energía Eléctrica.

A los que estuvieron. A los que están. Y a los que mañana volverán a desafiar la tormenta para que, mientras dormimos, la luz siga venciendo a la oscuridad. Porque esa antorcha no ilumina solamente calles. Ilumina conciencias.

Trabajadores de la energía eléctrica.
Trabajadores de la energía eléctrica.
12 JUL 2026 - 14:56

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Hay oficios que no esperan al amanecer. Hay hombres y mujeres que salen cuando todos vuelven. Cuando el viento ruge, la lluvia castiga y la oscuridad parece adueñarse del mundo, ellos emprenden el camino contrario. Marchan hacia la tormenta.

El 13 de julio no es una fecha cualquiera. Es el día en que la dignidad de un oficio levantó una bandera. En esa jornada, de 1948, nació la Federación Argentina de Trabajadores de Luz y Fuerza (FATLyF), y con ella una certeza que sigue iluminando al país. La energía eléctrica nunca fue solamente cables, postes y transformadores; siempre fue el trabajo de miles de obreros que le arrancan luz a la oscuridad.

Hace 78 años, 29 organizaciones gremiales dijeron presente. La fecha fue instituida un año después, en agosto de 1949, cuando la entidad federativa consigue la personería gremial y sesiona el primer congreso ordinario en la ciudad de Rosario. Y el 31 de agosto de ese año firman el primer Convenio Colectivo de Trabajo de alcance nacional con el sector eléctrico y se instituye el 13 de julio como Día del Trabajador de la Electricidad.

Por eso hoy no no se celebra una efeméride. Se rinde homenaje a una estirpe.

A los que dejaron la vida abrazados a un poste. A los que volvieron con las manos cortadas por el acero, con la piel quemada por la electricidad, con los huesos vencidos por el frío patagónico o por el sol que derrite el horizonte. A los que enfrentan aisladores rotos, transformadores caprichosos y temporales que parecen declararle la guerra a cada pueblo.

Mientras otros corren a refugiarse, ellos avanzan.

Son los soldados silenciosos de una batalla que casi nadie ve. Pelean contra el viento, la nieve, la lluvia, la distancia y el tiempo. Su enemigo no tiene uniforme y se llama apagón. Y cuando vencen, nadie aplaude. Apenas se enciende una lámpara. Pero detrás de esa lámpara vuelve la vida. Un hospital respira, una escuela abre sus puertas, una fábrica produce, una familia vuelve a reunirse alrededor de una mesa.

Ellos encienden mucho más que una bombita.

En este día vuelvo al viejo Reginaldo. Primer delegado gremial de Luz y Fuerza en Rawson. Primero en aquella casa de la calle Roberto Jones y después en el pasaje Juan Muzio. Un hombre que entendió que un sindicato no era un edificio, sino un escudo. Era la diferencia entre la dignidad y el abandono.

Lo imagino otra vez, junto al Negro Ismael, en aquella esquina de Moreno y Vacchina, en 1959, reparando un aislador castigado por el viento frente al viejo Correo. No estaban arreglando un cable. Estaban sosteniendo un pueblo.

Y la memoria me lleva también a aquella fotografía inmortal de 1967 en Jacksonville, Florida (Estados Unidos). Randall Champion suspendido en el aire después de recibir miles de voltios, mientras J. D. Thompson le devuelve la vida respiración tras respiración. El famoso "Beso de la Vida". Una imagen que demuestra que entre los trabajadores de la electricidad la solidaridad no es una palabra; más bien es un reflejo. Allí donde otros ven un compañero, ellos ven una vida que no puede apagarse.

Yo también regreso.

Porque uno siempre vuelve a los lugares donde aprendió a querer.

Vuelvo a la vieja usina municipal de Rawson. A ese galpón inmenso que para un chico parecía una catedral donde el ruido de los motores sonaba como el corazón de la ciudad y hacía temblar el piso.

Vuelvo a Yuyito Ruiz Díaz, a Esteban James, a Horacio Mayal, al viejo, a Juan Raffa, a Pablito Álvarez, a Miguel Palomino, a Santuco Pavón y al petiso Benedé y a Pancho Rosas.

Los veo otra vez.

Con aquellas camionetas armadas con pedazos de Dodge, Ford y Chevrolet. Con escaleras de madera sujetadas con alambre. Sin computadoras. Sin drones. Sin tecnología. Apenas con experiencia, coraje y una voluntad capaz de desafiar cualquier tormenta.

Eran tiempos donde la electricidad viajaba sobre los hombros de hombres de carne y hueso.

Hoy algunos descubren a los trabajadores de la energía solamente cuando se corta la luz. Entonces aparecen los insultos, las quejas y las condenas fáciles.

Pero nadie recuerda que, mientras muchos protestan desde un sillón, hay una cuadrilla peleando contra el viento para devolverle la luz a quien jamás conocerán.

Qué fácil es maldecir un apagón.

Qué difícil es treparse a un poste con diez grados bajo cero y ráfagas que intentan arrancarte de la escalera.

Por eso esta imagen no vive en un archivo.

Vive en mi corazón.

Muchos ya no están.

Pero siguen alumbrando el camino.

De allí vengo.

Y desde allí abrazo también a Guille, al Pupi y a Nico, porque la historia nunca termina. Cambia de nombres, pero no de valores.

Y si hablamos de esa historia, también hay que hablar de otro protagonista imprescindible. El Sindicato Regional de Luz y Fuerza de la Patagonia.

Porque los derechos nunca cayeron del cielo.

Hubo que arrancárselos al poder.

Cada convenio colectivo fue una conquista. Cada obra social, una batalla ganada. Cada colonia de vacaciones, cada hotel, cada tratamiento médico, cada beca, cada jubilado que pudo vivir con dignidad, fueron el resultado de trabajadores organizados.

Quienes atacan a los sindicatos suelen olvidar una verdad incómoda. Cuando el trabajador queda solo frente al poder económico, siempre pierde.

Porque saben que un trabajador aislado negocia desde la necesidad. Pero un trabajador organizado negocia desde la dignidad.

El movimiento obrero argentino jamás fue (y es) un espectador. Fue (y es) el corazón de la Argentina que produce. La columna vertebral de la Nación.

Y Luz y Fuerza ocupa un lugar de honor en esa historia.

Defendiendo el salario.

Defendiendo las empresas públicas cuando quisieron convertirlas en mercancía.

Defendiendo el acceso de cada familia a un servicio que no puede depender únicamente de la rentabilidad de un balance y defendiendo un derecho; esos que no cotizan en bolsa.

El sindicato no es un privilegio. Es una trinchera.

Es la memoria organizada de quienes se negaron a arrodillarse.

Gracias a Luz y Fuerza conocimos el país. Gracias a Luz y Fuerza muchas familias pudieron atender enfermedades que de otro modo hubieran sido una condena. Gracias a Luz y Fuerza miles de trabajadores encontraron respaldo cuando más lo necesitaban.

Eso no se regala. Se conquista. Y se defiende.

Porque la electricidad mueve motores, pero son los trabajadores quienes mueven la historia.

Feliz Día del Trabajador de la Energía Eléctrica.

A los que estuvieron. A los que están. Y a los que mañana volverán a desafiar la tormenta para que, mientras dormimos, la luz siga venciendo a la oscuridad. Porque esa antorcha no ilumina solamente calles. Ilumina conciencias.