Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
Hubo un tiempo —no tan lejano— en que el fútbol femenino del Valle Inferior del Río Chubut no era una excepción ni una curiosidad de calendario. Era una fuerza en expansión. Una marea. Un fenómeno que avanzaba partido a partido, cancha a cancha, barrio a barrio, hasta transformar lo que durante décadas había sido territorio exclusivo de varones. Fue hace una década y un poquito más.
Era una revolución con botines embarrados.
Un ejército de pibas tomando por asalto cada rincón de la Liga del Valle con la certeza de quien ya no pide permiso para existir.
Primero fueron unas pocas. Después más. Y después tantas que ya nadie podía mirar para otro lado.
Dieciocho equipos llegaron a competir en la máxima categoría. Dieciocho camisetas distintas defendiendo el mismo derecho. Dieciocho escudos abriendo una puerta histórica. Dieciocho instituciones diciendo, al menos en apariencia, que el fútbol también les pertenecía a ellas.
Barraca Central, Germinal, Alberdi, Racing, Ever Ready, Deportivo Madryn, Los Aromos, Huracán, Independiente, Defensores de la Ribera, Alumni, Alianza Fontana Oeste, Guillermo Brown, J.J. Moreno, Defensores del Parque, Gaiman FC, CEC, Atlas, Roca.
Cada club que sumaba una rama femenina era una conquista. Cada nuevo plantel era una pared menos en un deporte construido durante décadas para excluirlas.
Cada partido disputado era una pequeña victoria cultural contra quienes insistían en preguntar si “eso iba a durar”.
Duró. Y creció. Y parecía imparable.
Pero algo ocurrió. Algo empezó a romperse lentamente, casi en silencio. Primero desapareció un equipo. Después otro. Y otro más. Hasta que la hemorragia se volvió costumbre.
Hoy, en 2026, el primer torneo del año de la Liga del Valle tendrá apenas cinco equipos en Primera División tras la baja de Defensores de la Ribera.
Cinco. Cinco equipos donde alguna vez hubo dieciocho. Cinco voces donde antes había un rugido colectivo. Cinco faros intentando alumbrar una ruta que muchos dirigentes se empeñaron en apagar.
Deportivo Roca. Moreno. Huracán. Brown. Independiente. Cinco faros resistiendo en una costa que antes brillaba entera.
La caída de Defensores de la Ribera no es un hecho aislado. Es otro ladrillo que se desprende de una pared que hace años viene agrietándose mientras demasiados miran para otro lado.

Y entonces la pregunta ya no puede maquillarse: ¿Qué carajo pasó? Porque no desaparecieron las jugadoras. No desapareció el talento. No desapareció el entusiasmo. No desapareció el amor por la pelota.
Las pibas siguen ahí. Siguen jugando en los patios de las escuelas. Siguen organizando picados en plazas y playones. Siguen entrenando después de estudiar, después de trabajar, después de cumplir con obligaciones que muchas veces les exigen más que a cualquier futbolista varón de la misma institución.
El problema no está abajo. Está arriba. Está en los escritorios. En las prioridades. Está en una dirigencia que muchas veces se llena la boca hablando de inclusión, de igualdad y de crecimiento institucional, pero que cuando llega la hora de ajustar, de recortar, de elegir qué proyecto sostener y cuál sacrificar, sigue mirando primero hacia el fútbol femenino. Como si fuera accesorio. Como si fuera decorado. Como si fuera prescindible.
No lo dicen. Pero lo demuestran.
Porque cuando un club baja un equipo femenino no está solamente dando de baja una categoría. Está cerrando un vestuario. Está apagando una cancha. Está rompiendo una promesa. Está diciéndole a una jugadora, de manera brutal aunque no lo verbalice que “tu lugar acá siempre fue condicional.”
Y ese es el problema más profundo.
Porque el retroceso del fútbol femenino del Valle no se explica por una cuestión deportiva.
Se explica por falta de convicción. Por estructuras que acompañaron mientras era novedad, mientras daba prestigio, mientras quedaba bien en la foto, pero que
dejaron de sostener cuando hubo que invertir de verdad, planificar de verdad, comprometerse de verdad.
Mientras tanto, el resto del país avanzó. La disciplina se profesionalizó; ganó visibilidad, llegó a estadios más grandes. Se multiplicaron las capacitaciones. Aparecieron nuevas competencias. Creció el respaldo institucional y se consolidó como una parte irrenunciable del fútbol argentino moderno.
Y mientras todo eso ocurre, el Valle camina en dirección contraria. Retrocede.
Retrocede como una región que supo estar a la vanguardia y que hoy parece observar desde atrás cómo otros entienden antes lo que acá algunos todavía se niegan a aceptar- Que el fútbol femenino no es una moda ni una concesión; es parte estructural del deporte y del futuro.
¿Fue desidia? ¿Fue machismo? ¿Fue falta de recursos? ¿Fue comodidad dirigencial? ¿Fue la vieja mentalidad de quienes siguen creyendo que el fútbol de mujeres “no convoca”, “no genera” o “no vale la pena”?
Probablemente haya un poco de todo. Pero cualquiera sea la explicación, el resultado es el mismo. Una disciplina que supo florecer hoy sobrevive. Malherida. Resistiendo y sostenida por el esfuerzo de jugadoras, entrenadoras, familias y dirigentes que todavía creen.
Porque si algo mantiene vivo al fútbol femenino del Valle no son las estructuras ni los presupuestos. No son los grandes anuncios; sino la terquedad de quienes no se resignan; de las que siguen yendo a entrenar aunque las posterguen en los horarios. De las que usan camisetas heredadas. De las que se cambian en vestuarios prestados y de las que juegan sabiendo que para muchos todavía tienen que demostrar el doble para recibir la mitad.
Por eso este presente no debería generar indiferencia. Debería generar vergüenza. Porque una liga que supo tener 18 equipos y hoy presenta 5 no está atravesando una simple reorganización. Está mostrando una crisis. Una derrota institucional. Un fracaso colectivo.
Pero la historia todavía no terminó. Porque las mareas, incluso cuando retroceden, siempre conservan memoria. Y el fútbol femenino del Valle también.
Late en cada nena que todavía sueña con ponerse una camiseta. Late en cada gol gritado en una cancha secundaria. Late en cada jugadora que se niega a aceptar que este sea el techo.
La pelota volverá a rodar con fuerza. Más temprano que tarde. Y cuando eso ocurra, cuando la próxima ola vuelva a golpear las puertas de los clubes, habrá que ver quiénes estuvieron a la altura… y quiénes eligieron cerrarlas.
Porque el fútbol femenino no vino a pedir permiso. Vino a quedarse y tarde o temprano volverá a arrasar con las estructuras que todavía creen que pueden contenerlo.
La pregunta ya no es si el fútbol femenino va a romper las murallas. Eso ya empezó.
La verdadera batalla será descubrir quién blandirá la espada cuando caigan las viejas estructuras. La Liga, ahogada en sus propias contradicciones, o los clubes, cansados de marchar detrás de dirigentes que todavía viven mirando el pasado.
Porque toda cadena termina encontrando a quien la haga estallar. Y el fútbol femenino ya sabe dónde clavar el golpe. Si no lo entienden a tiempo, no estarán frenando un deporte. Estarán incendiando el futuro.

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
Hubo un tiempo —no tan lejano— en que el fútbol femenino del Valle Inferior del Río Chubut no era una excepción ni una curiosidad de calendario. Era una fuerza en expansión. Una marea. Un fenómeno que avanzaba partido a partido, cancha a cancha, barrio a barrio, hasta transformar lo que durante décadas había sido territorio exclusivo de varones. Fue hace una década y un poquito más.
Era una revolución con botines embarrados.
Un ejército de pibas tomando por asalto cada rincón de la Liga del Valle con la certeza de quien ya no pide permiso para existir.
Primero fueron unas pocas. Después más. Y después tantas que ya nadie podía mirar para otro lado.
Dieciocho equipos llegaron a competir en la máxima categoría. Dieciocho camisetas distintas defendiendo el mismo derecho. Dieciocho escudos abriendo una puerta histórica. Dieciocho instituciones diciendo, al menos en apariencia, que el fútbol también les pertenecía a ellas.
Barraca Central, Germinal, Alberdi, Racing, Ever Ready, Deportivo Madryn, Los Aromos, Huracán, Independiente, Defensores de la Ribera, Alumni, Alianza Fontana Oeste, Guillermo Brown, J.J. Moreno, Defensores del Parque, Gaiman FC, CEC, Atlas, Roca.
Cada club que sumaba una rama femenina era una conquista. Cada nuevo plantel era una pared menos en un deporte construido durante décadas para excluirlas.
Cada partido disputado era una pequeña victoria cultural contra quienes insistían en preguntar si “eso iba a durar”.
Duró. Y creció. Y parecía imparable.
Pero algo ocurrió. Algo empezó a romperse lentamente, casi en silencio. Primero desapareció un equipo. Después otro. Y otro más. Hasta que la hemorragia se volvió costumbre.
Hoy, en 2026, el primer torneo del año de la Liga del Valle tendrá apenas cinco equipos en Primera División tras la baja de Defensores de la Ribera.
Cinco. Cinco equipos donde alguna vez hubo dieciocho. Cinco voces donde antes había un rugido colectivo. Cinco faros intentando alumbrar una ruta que muchos dirigentes se empeñaron en apagar.
Deportivo Roca. Moreno. Huracán. Brown. Independiente. Cinco faros resistiendo en una costa que antes brillaba entera.
La caída de Defensores de la Ribera no es un hecho aislado. Es otro ladrillo que se desprende de una pared que hace años viene agrietándose mientras demasiados miran para otro lado.

Y entonces la pregunta ya no puede maquillarse: ¿Qué carajo pasó? Porque no desaparecieron las jugadoras. No desapareció el talento. No desapareció el entusiasmo. No desapareció el amor por la pelota.
Las pibas siguen ahí. Siguen jugando en los patios de las escuelas. Siguen organizando picados en plazas y playones. Siguen entrenando después de estudiar, después de trabajar, después de cumplir con obligaciones que muchas veces les exigen más que a cualquier futbolista varón de la misma institución.
El problema no está abajo. Está arriba. Está en los escritorios. En las prioridades. Está en una dirigencia que muchas veces se llena la boca hablando de inclusión, de igualdad y de crecimiento institucional, pero que cuando llega la hora de ajustar, de recortar, de elegir qué proyecto sostener y cuál sacrificar, sigue mirando primero hacia el fútbol femenino. Como si fuera accesorio. Como si fuera decorado. Como si fuera prescindible.
No lo dicen. Pero lo demuestran.
Porque cuando un club baja un equipo femenino no está solamente dando de baja una categoría. Está cerrando un vestuario. Está apagando una cancha. Está rompiendo una promesa. Está diciéndole a una jugadora, de manera brutal aunque no lo verbalice que “tu lugar acá siempre fue condicional.”
Y ese es el problema más profundo.
Porque el retroceso del fútbol femenino del Valle no se explica por una cuestión deportiva.
Se explica por falta de convicción. Por estructuras que acompañaron mientras era novedad, mientras daba prestigio, mientras quedaba bien en la foto, pero que
dejaron de sostener cuando hubo que invertir de verdad, planificar de verdad, comprometerse de verdad.
Mientras tanto, el resto del país avanzó. La disciplina se profesionalizó; ganó visibilidad, llegó a estadios más grandes. Se multiplicaron las capacitaciones. Aparecieron nuevas competencias. Creció el respaldo institucional y se consolidó como una parte irrenunciable del fútbol argentino moderno.
Y mientras todo eso ocurre, el Valle camina en dirección contraria. Retrocede.
Retrocede como una región que supo estar a la vanguardia y que hoy parece observar desde atrás cómo otros entienden antes lo que acá algunos todavía se niegan a aceptar- Que el fútbol femenino no es una moda ni una concesión; es parte estructural del deporte y del futuro.
¿Fue desidia? ¿Fue machismo? ¿Fue falta de recursos? ¿Fue comodidad dirigencial? ¿Fue la vieja mentalidad de quienes siguen creyendo que el fútbol de mujeres “no convoca”, “no genera” o “no vale la pena”?
Probablemente haya un poco de todo. Pero cualquiera sea la explicación, el resultado es el mismo. Una disciplina que supo florecer hoy sobrevive. Malherida. Resistiendo y sostenida por el esfuerzo de jugadoras, entrenadoras, familias y dirigentes que todavía creen.
Porque si algo mantiene vivo al fútbol femenino del Valle no son las estructuras ni los presupuestos. No son los grandes anuncios; sino la terquedad de quienes no se resignan; de las que siguen yendo a entrenar aunque las posterguen en los horarios. De las que usan camisetas heredadas. De las que se cambian en vestuarios prestados y de las que juegan sabiendo que para muchos todavía tienen que demostrar el doble para recibir la mitad.
Por eso este presente no debería generar indiferencia. Debería generar vergüenza. Porque una liga que supo tener 18 equipos y hoy presenta 5 no está atravesando una simple reorganización. Está mostrando una crisis. Una derrota institucional. Un fracaso colectivo.
Pero la historia todavía no terminó. Porque las mareas, incluso cuando retroceden, siempre conservan memoria. Y el fútbol femenino del Valle también.
Late en cada nena que todavía sueña con ponerse una camiseta. Late en cada gol gritado en una cancha secundaria. Late en cada jugadora que se niega a aceptar que este sea el techo.
La pelota volverá a rodar con fuerza. Más temprano que tarde. Y cuando eso ocurra, cuando la próxima ola vuelva a golpear las puertas de los clubes, habrá que ver quiénes estuvieron a la altura… y quiénes eligieron cerrarlas.
Porque el fútbol femenino no vino a pedir permiso. Vino a quedarse y tarde o temprano volverá a arrasar con las estructuras que todavía creen que pueden contenerlo.
La pregunta ya no es si el fútbol femenino va a romper las murallas. Eso ya empezó.
La verdadera batalla será descubrir quién blandirá la espada cuando caigan las viejas estructuras. La Liga, ahogada en sus propias contradicciones, o los clubes, cansados de marchar detrás de dirigentes que todavía viven mirando el pasado.
Porque toda cadena termina encontrando a quien la haga estallar. Y el fútbol femenino ya sabe dónde clavar el golpe. Si no lo entienden a tiempo, no estarán frenando un deporte. Estarán incendiando el futuro.