Por Bulín Fernández
Nadie podría oponerse a la visión social del deterioro de los partidos políticos ante el conjunto de la ciudadanía. No alcanzarían las páginas para detallar los un y mil errores cometidos por la dirigencia partidaria tradicional para llegar a conclusiones de la crisis que se atraviesa.
Al repasar la historia reciente de la vuelta definitiva del sistema democrático en nuestro país, los noventa fueron el gran cachetazo a ese formato estructurado en donde los partidos nacionales y, en menor medida, los provinciales, analizaban, debatían y fijaban posiciones con cada tema de relevancia en la sociedad y, con ello, la dirigencia, los representantes y también la militancia actuaban en consecuencia.
Desde las posturas con respecto a la soberanía, a los recursos naturales, la educación federal o la atención de la salud, a los cambios constitucionales, hasta el cambio de sede de la Capital Federal o los formatos de campaña, se definían para activar la organización.
El menemismo no solo implantó otro modelo de rumbo del país, pensado en unos pocos con el esfuerzo de la mayoría, sino que además, con ropaje de peronismo y métodos liberales conservadores, dio lugar al “vale todo” que abrió puertas y fue responsable del deterioro de la estructura partidaria. Después sucumbieron todos detrás, con la desaparición de muchos partidos, la “independencia” de sus legisladores o la suplantación de los debates por los “quinchos de definiciones”, donde un selecto grupo incrementó sus determinaciones hasta convertirse casi en dueño de las decisiones.
Hoy no solo hay cientos de partidos inscriptos en municipios, provincias o Nación con la sola lógica de obtener un sello que permita una alianza determinada por “colocar” a su dirigencia en las listas.
Con noventa días de actividad alcanza ese sello para la vida útil a esos fines.
La legislación es permisiva para que con unas cien hojas doble faz y cierta documentación alcance para formar parte de una contienda electoral vacía de contenido y sin actividad social. Mucha de la dirigencia y militancia ha sido cómplice necesaria para esos objetivos.
Hoy algún dirigente resume en la simpleza de que “la gente (o el pueblo) no elige más partidos, elige las personas a las que les cree” y en ese simplismo reside la gran posible estafa, porque, en definitiva, viene la desaprobación y el rechazo cuando los mandatos vencen y nadie se hace cargo, ni siquiera los electores que con su voto lo pusieron en el sitio.
El rechazo reciente y mayoritario del tejido social hacia la posible extranjerización de nuestra tierra, la bandera de Malvinas que movilizaron los pibes de la Selección, el compromiso que rompió ese acuerdo de escritorio y el alentador reflejo de la Patria como un símbolo podrían ser motor, al menos, de la reflexión.
Quienes tienen responsabilidad partidaria tienen, ante una nueva elección, la posibilidad de iniciar un nuevo camino donde la persona sea solo un vocero momentáneo del debate interno, donde el representante legal aplique una firma posterior al debate y donde nadie en particular se convierta en dueño temporario de esa herramienta que debe ser indispensable en el sistema democrático.
Que las bancas o representaciones no sean personales, que los ingresos económicos por ocupar un sector de la sociedad no sean el resultado de un acuerdo de sombras por unos pocos, que los programas y proyectos sean producto de la participación de afiliados y adherentes, que los bienes de uso y los presupuestos resulten transparentes y con graves sanciones por su incumplimiento o desvíos; que aquellos que renuncien a un cargo electivo no ocupen otro a la vuelta de la esquina y mucho menos con canje partidario; en definitiva, volver a tener reglas claras de juego y sanciones específicas.
Puede sonar a utopía que los partidos políticos vuelvan a ser eje de la política y sus consecuencias, pero mientras tanto las alternativas no han hecho más que deteriorar el sistema, perder calidad de la representación y hasta un desinterés extremo que solo beneficia a unos pocos y fortalece aquella vieja idea de que votar no sirve para nada, o para muy poco.
Que la dirigencia se haga cargo porque, así como pasó con un proyecto de ley que a todas luces intentó vender la patria, el escarmiento podrá tronar mucho más en poco tiempo y no será que se vayan todos, será que no quede ni uno solo.
Por Bulín Fernández
Nadie podría oponerse a la visión social del deterioro de los partidos políticos ante el conjunto de la ciudadanía. No alcanzarían las páginas para detallar los un y mil errores cometidos por la dirigencia partidaria tradicional para llegar a conclusiones de la crisis que se atraviesa.
Al repasar la historia reciente de la vuelta definitiva del sistema democrático en nuestro país, los noventa fueron el gran cachetazo a ese formato estructurado en donde los partidos nacionales y, en menor medida, los provinciales, analizaban, debatían y fijaban posiciones con cada tema de relevancia en la sociedad y, con ello, la dirigencia, los representantes y también la militancia actuaban en consecuencia.
Desde las posturas con respecto a la soberanía, a los recursos naturales, la educación federal o la atención de la salud, a los cambios constitucionales, hasta el cambio de sede de la Capital Federal o los formatos de campaña, se definían para activar la organización.
El menemismo no solo implantó otro modelo de rumbo del país, pensado en unos pocos con el esfuerzo de la mayoría, sino que además, con ropaje de peronismo y métodos liberales conservadores, dio lugar al “vale todo” que abrió puertas y fue responsable del deterioro de la estructura partidaria. Después sucumbieron todos detrás, con la desaparición de muchos partidos, la “independencia” de sus legisladores o la suplantación de los debates por los “quinchos de definiciones”, donde un selecto grupo incrementó sus determinaciones hasta convertirse casi en dueño de las decisiones.
Hoy no solo hay cientos de partidos inscriptos en municipios, provincias o Nación con la sola lógica de obtener un sello que permita una alianza determinada por “colocar” a su dirigencia en las listas.
Con noventa días de actividad alcanza ese sello para la vida útil a esos fines.
La legislación es permisiva para que con unas cien hojas doble faz y cierta documentación alcance para formar parte de una contienda electoral vacía de contenido y sin actividad social. Mucha de la dirigencia y militancia ha sido cómplice necesaria para esos objetivos.
Hoy algún dirigente resume en la simpleza de que “la gente (o el pueblo) no elige más partidos, elige las personas a las que les cree” y en ese simplismo reside la gran posible estafa, porque, en definitiva, viene la desaprobación y el rechazo cuando los mandatos vencen y nadie se hace cargo, ni siquiera los electores que con su voto lo pusieron en el sitio.
El rechazo reciente y mayoritario del tejido social hacia la posible extranjerización de nuestra tierra, la bandera de Malvinas que movilizaron los pibes de la Selección, el compromiso que rompió ese acuerdo de escritorio y el alentador reflejo de la Patria como un símbolo podrían ser motor, al menos, de la reflexión.
Quienes tienen responsabilidad partidaria tienen, ante una nueva elección, la posibilidad de iniciar un nuevo camino donde la persona sea solo un vocero momentáneo del debate interno, donde el representante legal aplique una firma posterior al debate y donde nadie en particular se convierta en dueño temporario de esa herramienta que debe ser indispensable en el sistema democrático.
Que las bancas o representaciones no sean personales, que los ingresos económicos por ocupar un sector de la sociedad no sean el resultado de un acuerdo de sombras por unos pocos, que los programas y proyectos sean producto de la participación de afiliados y adherentes, que los bienes de uso y los presupuestos resulten transparentes y con graves sanciones por su incumplimiento o desvíos; que aquellos que renuncien a un cargo electivo no ocupen otro a la vuelta de la esquina y mucho menos con canje partidario; en definitiva, volver a tener reglas claras de juego y sanciones específicas.
Puede sonar a utopía que los partidos políticos vuelvan a ser eje de la política y sus consecuencias, pero mientras tanto las alternativas no han hecho más que deteriorar el sistema, perder calidad de la representación y hasta un desinterés extremo que solo beneficia a unos pocos y fortalece aquella vieja idea de que votar no sirve para nada, o para muy poco.
Que la dirigencia se haga cargo porque, así como pasó con un proyecto de ley que a todas luces intentó vender la patria, el escarmiento podrá tronar mucho más en poco tiempo y no será que se vayan todos, será que no quede ni uno solo.